“Plantó las semillas como le dijeron o lo había leído porque de allí                     nacerá el árbol de los cuentos. Sacó entonces las  semillas del  cofre: redondas, azules, raras, como  habas, en forma de  riñones que llamaban la atención y fueron a parar a un pozo  especialmente preparado en un rincón de la huerta del fondo de la casa.                                                        Cuando levantó la cabeza, descubrió unas papayas inmensas que  colgaban del árbol de la vecina que asomaba detrás de la tapia de la casa;    eran gigantescas. Entonces imaginó que en vez de frutas podrían colgar      aquellos cuentos y que lo harían en forma jugosa de su árbol especial.”

 

Tenía la impresión de haber soñado esa historia la noche anterior y ahora, parada en medio de las plantas de  tomates, pensó con mayor detenimiento en esas imágenes que parecen tan naturales mientras ocurren y tan raras cuando se las contempla a la distancia. Fue en ese momento que la llamaron para ir a hacer un mandado.

Otra vez tendría que ir a la casa de su abuela, esa viejita gruñona que decía cada vez que me sentaba al borde de la galería o en el umbral de su vereda  “¿no tienes nada que hacer en tu casa?”

 

Siempre resultaban molestas las recriminaciones  y los retos pero los grandes tienen derecho a decir lo que quieren mientras nosotros no. Y como mi única pretensión era irme lo más rápidamente posible, desaparecí  de su vista y con una sensación de alivio comencé a vagar por las calles del pueblo hasta que llegué a la plaza y a aquel lugar, que me atraía como la cacerola al imán:  la fuente, que se encontraba en una zona retirada, rodeada de palmeras y plantas con flores;  un surtidor de agua que caía sobre una cascada de piedras por la que el agua en chorros calculados y en periodos cortos, lavaba minuciosa las piedras hasta ponerlas opacas y porosas por un lado; a la vez que por el otro se cubrían con una pátina que las dejaban brillantes como peces colocados unos encima de los otros.

 

Me senté en el borde de aquella fuente y mi mirada se adentró en el agua  que transparentaba el moho acumulado a los costados y cuando estaba a punto de viajar a través de una “cucharita” (mis flores acuáticas preferidas; claro que eran las únicas que conocía; excepto por alguna otra fotografiada en alguna enciclopedia)  se me acercó un niño que en ese momento traía un pequeño libro entre las manos.

En  realidad casi no me veía y  por muy poco me choca “qué estás leyendo” “un cuento, el de un árbol gigantesco que creció a partir de un poroto”. Lo miré y un sonido de campanilla raro me sonó adentro “era un árbol gigantesco que creció a partir de un poroto mágico” “Ah, dije en forma boba” y en ese momento me trajo a la memoria la figura que me había impresionado; aquella del árbol que tiene un agujero tan grande que por el medio se había hecho un puente; o aquella otra de la que no me acuerdo el nombre pero se me grabó la imagen de un árbol añejo retorcido y enorme “que se elevaba hasta un lugar donde vivía un ogro” lejanamente percibí que algo me inquietaba. Bueno “un ogro puede ser algo gracioso, depende del ogro”, “no, éste no lo era, arriba de aquel árbol existía algo así como  la ciudad del ogro porque sus habitantes, muy  semejantes a nosotros, tenían que conseguir abundante comida para que aquella horrible y gigantesca criatura no se inquietara ya que si le llegaba a faltar la comida, no tenía problemas en deglutirlos a ellos uno por uno cuando no tenían alimentos para darle. Así que era muy importante mantener las alacenas llenas.”  

 

Pero porqué no huían; qué hacían allí, me pareció un desastre que no lo hicieran y fueran sus prisioneros. Me miró, creo en ese momento y prosiguió

“ Todos se organizaban para trabajar de sol a sol en el cultivo de las huertas; los criaderos de animales, y la gran cocina donde se preparaban casi con total sincronización los alimentos que había de comer el ogro”  Medité incómoda en la escena del árbol de la vecina; en el sueño allí, con el árbol de los cuentos “Además, continuó, todos corrían apenas escuchaban el primer estornudo con el que se despertaba todas las mañanas; luego sonaba el gong para llamar a la preparación del desayuno ya que si no lo hacían a tiempo…” Aquella fiera enfurecida debía ser como todas las hambres juntas.

 

Yo me imaginaba, mientras él seguía leyendo en el hambre atroz de las plantas que devoran carne humana; esa que Morticia, la de Los locos Adams, tenía como su preferida; las palabras seguían por otros lugares, dibujaban sonidos como los de la cascada de agua que se acrecentaba en ese momento y me recordó el árbol y la semilla de mis sueños y pensé que no tardaría en plantarla; quizá me podría dar un cuento como aquel con ogro y mucha hambre incluidos en el menú.

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Liter-aria. Revista de escritura

María del Pilar Moreno Martínez es profesora en Letras, egresada de la UNT. Comparte su actividad como escritora de relatos y poemas con la producción de ensayos. Publicó en diversas Antologías . LA RAMA DORADA , POEMAS Y MUROS COMO PUENTES y DE RESTOS Y DE RETOS son TRES de sus libros publicados hasta ahora. Además creó y administra desde 2009 esta revista literaria en internet, LITER-ARIA, www.liter-aria.com.ar, que difunde escritura de jóvenes y adultos de nuestra provincia y del exterior. Fue Coordinadora de Talleres de Expresión y comparte su tarea escrituraria con la dirección teatral. Creó y coordina el grupo de arte EL CANDIL.