Hoy por hoy, puedo llegar a decir sin dudar, que ya nadie se acuerda de Dios en Navidad. Hay tantos estruendos de cohetes y fuegos artificiales, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pollos, pavos, cabritos, chanchos y cuánto animal anda suelto, cuyo fin es morir, inocentemente degollado; y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales –sin mencionar el endeudamiento al que nos sometemos muchas veces- que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante desquicio es para celebrar el cumpleaños de un niño que nació hace más de dos mil años en una pesebre de miseria, a poca distancia de donde había nacido, unos mil años antes, el rey David.

 

Más de mil millones de cristianos creen que ese niño era Dios encarnado, pero muchos lo celebran como si en realidad no lo creyeran. Lo celebran además muchos millones que no lo han creído nunca, pero les gusta la pachanga, y muchos otros que estarían dispuestos a dar vuelta el mundo al revés para que nadie lo siguiera creyendo. Sería interesante averiguar cuántos de ellos creen también en el fondo de su alma que la Navidad de ahora es una fiesta abominable, y no se atreven a decirlo por un prejuicio que ya no es religioso, sino social.

 

Lo más grave de todo es el desastre cultural que estas Navidades pervertidas están causando en América Latina. Antes, cuando sólo teníamos costumbres heredadas de España, los pesebres domésticos eran prodigios de imaginación familiar. El niño Dios era más grande que el buey, las casitas encaramadas en las montañas eran más grandes que la Virgen, y nadie se fijaba en anacronismos: el paisaje de Belén era completado con un tren de cuerda, con un pato de peluche más grande que un león, o con un agente de tránsito que dirigía un rebaño de corderos en una esquina de Jerusalén. Encima de todo se ponía una estrella de papel dorado con un foquito en el centro, y un rayo de seda amarilla que había de indicar a los Reyes Magos el camino de la salvación. El resultado era más bien feo, pero se parecía más a nosotros, y desde luego era mejor que tantos cuadros del estafador John Drewe, que junto al pintor John Myatt vendió imitaciones de obras de maestros como Chagall, Matisse y Picasso a casas de subastas y coleccionistas y tras estar en la cárcel, ha logrado fama al conducir su propio programa: Falsificadores.

 

La mistificación empezó con la costumbre de que los juguetes no los trajeran los Reyes Magos -como sucede en España con toda razón-, sino el niño Dios. Los chicos nos acostábamos más temprano para que los regalos llegaran pronto, y éramos felices oyendo las mentiras poéticas de los adultos. Sin embargo, yo no tenía más de ocho años, cuando en casa de mis abuelos el niño Dios piso la colilla de un cigarrillo semi-encendido (uno de los tantos) tirado a medianoche por mi abuela, que hizo que se quemara y gritara: “figlio di puttana, ma va la feas di la tua sorella”, cosa que pese a ser dicha en distinguido siciliano, comprendí en su totalidad, por lo que se decidió que ya era tiempo de revelarme la verdad.

 

Fue una desilusión no sólo porque yo creía de veras que era el niño Dios quien traía los juguetes, sino también porque hubiera querido seguir creyéndolo. Además, por pura lógica de adulto, pensé entonces que también los otros misterios católicos eran inventados por los padres para entretener a los chicos, y me quedé pensando en silencio.

Aquel día como decían mis catequistas -perdía la inocencia-, pues descubrí que tampoco a los chicos los traían las cigüeñas de París, que es algo que todavía me gustaría seguir creyendo para pensar más en el amor y menos en los anticonceptivos.

 

Todo aquello cambió en los últimos cincuenta años, mediante una operación comercial de proporciones mundiales que es al mismo tiempo una devastadora agresión cultural. El niño Dios fue destronado por el Santa Claus de la Coca-Cola de los yanquis, que es el mismo Papa Noél de los franceses, y a quienes todos conocemos demasiado.

 

Nos llegó con todo: el trineo tirado por un alce, y el arbolito cargado de juguetes bajo una fantástica tempestad de nieve. En realidad, este usurpador con nariz colorada de borracho no es otro que el buen san Nicolás, pero que no tiene nada que ver con la Navidad, y mucho menos con la Nochebuena tropical de América Latina.

 

Según la leyenda nórdica, san Nicolás reconstruyó y revivió a varios escolares que un oso había descuartizado en la nieve, y por eso lo proclamaron el patrón de los niños. Pero su fiesta se celebra el 6 de diciembre y no el 25. La leyenda se volvió institucional en las provincias germánicas del Norte a fines del siglo XVIII, junto con el árbol de los juguetes, y hace poco más de cien años pasó a Gran Bretaña y Francia. Luego pasó a Estados Unidos, y éstos nos lo mandaron para América Latina, con toda una cultura de contrabando: la nieve artificial, las luces de colores, el pavo relleno, y estos quince días de consumismo frenético al que muy pocos nos atrevemos a escapar más allá de los empachos que nos provocamos por ingerir cosas inadecuadas por la cantidad de calorías que estas comidas tienen, puesto que son comidas de invierno con mucha nieve, y no para una noche que aquí siempre está rondando los cuarenta grados.

 

Con todo, tal vez lo más fatal de estas Navidades de consumo sea la estética miserable que trajeron consigo: esas tarjetas postales indigentes, esas ristras de foquitos de colores, esas campanitas de vidrio, esas coronas de muérdago colgadas en el umbral, esas canciones de retrasados mentales que son los villancicos traducidos del inglés; y tantas otras estupideces gloriosas para las que ni siquiera valía la pena de haber inventado la electricidad.

 

Todo eso, en torno a la fiesta más espantosa del año. Una noche infernal en que los chicos no pueden dormir con la casa llena de borrachos que se equivocan de puerta buscando dónde evacuar, o persiguiendo a la esposa de otro que acaso tuvo la buena suerte de quedarse dormido en la sala.

 

Mentira: no es una noche de paz y de amor, sino todo lo contrario. Es la ocasión solemne de la gente que no se quiere. La oportunidad providencial de salir por fin de los compromisos aplazados por indeseables: la invitación al pobre ciego que nadie invita, a la prima Isabel que se quedó viuda hace quince años, a la abuela paralítica que nadie se atreve a mostrar.

 

Es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones. Es la hora feliz de que los invitados se beban todo lo que sobró de la Navidad anterior: el vino espumante, el licor de chocolate, el champagne o las sidras. No es raro, como sucede a menudo, que la fiesta termine a tiros, basta corroborar en los noticieros al día siguiente. Ni es raro tampoco que los chicos -viendo tantas cosas atroces- terminen por creer de veras que el niño Jesús no nació en Belén, sino en Estados Unidos.

Written by

Liter-aria. Revista de escritura

María del Pilar Moreno Martínez es profesora en Letras, egresada de la UNT. Comparte su actividad como escritora de relatos y poemas con la producción de ensayos. Publicó en diversas Antologías . LA RAMA DORADA , POEMAS Y MUROS COMO PUENTES y DE RESTOS Y DE RETOS son TRES de sus libros publicados hasta ahora. Además creó y administra desde 2009 esta revista literaria en internet, LITER-ARIA, www.liter-aria.com.ar, que difunde escritura de jóvenes y adultos de nuestra provincia y del exterior. Fue Coordinadora de Talleres de Expresión y comparte su tarea escrituraria con la dirección teatral. Creó y coordina el grupo de arte EL CANDIL.