La preocupación de La novela de Perón por el problema de la “verdad” se centra sobre todo en las “inexactitudes” de índole biográficas en que incurre el líder.  Trasladado este trasfondo personal al plano de lo propiamente político, se explicarían desde esa perspectiva los engaños en los que incurrió Perón para convencer a parte de sus seguidores. En este artículo el objetivo es analizar la manera en que Montoneros establece la relación con el líder, cuya complejidad con respecto a “la verdad” aparece sólo esbozada en la novela.

                                            ” Las clases populares habían emergido                                                                       desde el Primer Peronismo con una identidad política e ideológica consolidada”

Las clases populares habían emergido del Primer Peronismo con una identidad política e ideológica consolidada, la del populismo nacionalista, y sus expectativas consistían en un “regreso” a la Argentina de 1949, cuando todavía no se cernían negros nubarrones sobre la economía y estaba en plena expansión la redistribución entre los asalariados y la ayuda social a los necesitados: “Perón cumple y Evita dignifica”.   La situación excepcional vivida por la Argentina de posguerra le había permitido a Perón llevar a cabo un “Estado benefactor a la criolla”; sin embargo, cuando fue derrocado esa bonanza ya se había disipado y se percibían los límites del modelo. La interrupción del mandato presidencial impidió que las masas populares transitaran una experiencia diferente que, impulsada desde el peronismo, permitiera encarar una economía tecnológicamente atrasada y una sociedad animada por la puja sectorial redistributiva. En realidad, la proscripción del peronismo reforzó dentro del imaginario el deseo de que alguna “voluntad fuerte” interviniera en la conducción política, se hiciera cargo de resolver los problemas de la población y repartiera las inagotables riquezas de la Argentina.

La idea de nación que se había instalado en el imaginario de la sociedad anteponía la satisfacción de los deseos de sus integrantes, a cualquier análisis de las condiciones objetivas.  Esta creencia se generalizó no sólo entre las clases populares, sino también entre las clases medias que se radicalizaron y confluyeron en el peronismo, particularmente en la llamada Tendencia Revolucionaria que respondía a Montoneros.

¿A qué se debió la atracción del peronismo de Montoneros, por un momento, la guerrilla urbana más importante de América Latina?

Para Gillespie (1988: 78-188) esta organización, al proporcionar conjuntamente al catolicismo radicalizado, al nacionalismo y al peronismo una expresión populista de socialismo, aglutinó tal riqueza de legitimidad histórica que logró atraer a católicos militantes, nacionalistas populares, nacionalistas autoritarios pero populistas, militantes de la izquierda tradicional y peronistas combativos. No tuvieron teóricos de relieve pero todos coincidían en que la “principal contradicción” que afectaba a la Argentina era la del nacionalismo frente al imperialismo.  Al relegar la lucha de clases a un plano secundario, la armonía de las clases como preconizaba Perón, se ajustaba a sus necesidades.

Su carta de presentación pública y de formulación de identidad peronista, fue el secuestro de Aramburu cuando la organización contaba sólo con 12 personas .  Si bien estuvieron a punto de ser aniquilados en julio-agosto de 1970 cuando cayeron sus principales jefes, su supervivencia se vio favorecida por el apoyo popular procedente del Movimiento de los Sacerdotes del Tercer Mundo, de amplios sectores del peronismo y de grupos juveniles. En “Hablan Los Montoneros”, se presentaban a sí mismos como “parte de la síntesis final de un proceso histórico con ciento sesenta años de historia”.  Tomaban del nacionalismo revisionista la visión maniqueísta que enfrentaba a “la oligarquía liberal, antinacional y vendepatria” con el pueblo que defendía por definición,  los intereses nacionales.  Conectaban en una misma línea histórica a San Martín, las montoneras, los inmigrantes que formaron los sindicatos, Irigoyen y Perón y añadían:

 

Cuando decimos Perón, hablamos del líder, del Movimiento y de las luchas de liberación de los pueblos del Tercer Mundo, y cuando decimos Muerte afirmamos nuestra decisión de ser leales hasta el fin a la causa popular (Baschetti, 1995: en Altamirano, 2001)

 

En febrero de 1971 y a tono con la agenda del momento, Perón se dirigió “A los compañeros de la juventud” (Baschetti, 1995: en Altamirano, 2001 452-457) introduciendo un conjunto de temas encaminados a congraciarse con ellos y su forma de lucha: el recambio generacional;  la “guerra revolucionaria” cuyos objetivos eran “la liberación del país entregado al neocolonialismo desde 1955”;  la propulsión de las Formaciones Especiales, tanto para “autodefensa”, como para “la lucha de todos los días, dentro de las formas impuestas por la guerra revolucionaria”; la oportunidad de dar entrada a “la nueva sangre generosa” de “los muchachos que han aprendido a morir por sus ideales” a los que se exhortaba “a la acción más decidida porque bien vale París una misa”.

Mientras Montoneros en la Argentina se convencía de que Perón se había convertido en una forma nacional de socialismo, se puede suponer que Perón desde Madrid impulsaba las actividades de la guerrilla porque descartaba la idea de que los trabajadores pudieran unirse en masa a las filas de los guerrilleros. La participación de Perón en “La Hora del Pueblo”, acuerdo entre los principales partidos políticos para solicitar elecciones, produjo el primer sacudón entre los Montoneros; sin embargo,  éstos se tranquilizaron diciendo que era una treta del líder con vistas a profundizar los niveles organizativos y sus métodos de lucha para emprender las próximas etapas de la guerra. Al ponerse en vigencia como forma del saber, “el malentendido”, se legalizó la tendencia a leer “entre líneas” e interpretar las acciones y discursos de Perón en función de las propias creencias. Así,  puede suponerse que Montoneros creía distinguir en el discurso del  líder lo que Greimas (1984) denominó “camuflaje”.  Si se partía de lo verdadero definido como la conjunción del ser y el parecer, la negación de este último término producía el estado de secreto   y los únicos en condiciones de interpretar esos mensajes, producto de la astucia de Perón eran ellos, dando por descontado que tales manipulaciones se ejercitarían solamente sobre otros interlocutores.

En sintonía con esta idea, el nombramiento de Héctor Cámpora en reemplazo del anterior delegado, Paladino, fue interpretado como un giro a la izquierda; sin embargo, esta decisión puede  leerse también como una advertencia al régimen militar para que, en caso de que no hubiera elecciones, éste supiera que Perón estaba preparado “para algo más”, como había declarado en Roma.

De todas maneras, el triunfo electoral de Cámpora le permitió a Montoneros extender su influencia política con actividades legales, sobre todo luego de que la Juventud Peronista,  unificada bajo  Rodolfo Galimberti, creciera espectacularmente  en número y capacidad de movilización.

Sin embargo, la reacción de la Tendencia cuando Perón sacó del cargo a este último, luego de que pidiera la creación de milicias populares, marcó la hipocresía corriente de las respuestas.    Galimberti, al ser llamado a Madrid, aunque dijo que la milicia no debía ir armada tuvo que sufrir la humillación de que la jefatura de la JP, respaldara la decisión de Perón, luego de condenarlo por sus intentos de introducir “una política de extrema izquierda” y de acusarlo de infantilismo y cierto elitismo.

Altamirano (1996: 1-9) también se pregunta sobre la cuestión de la credibilidad de Montoneros en un doble sentido:  ¿ellos creían? Y también ¿eran creíbles? Muchos de los convertidos al peronismo, ¿creían realmente en que Perón adhería al “socialismo nacional”? Y ellos ¿eran realmente peronistas o sólo una manera de acercarse a las masas con el objetivo de “escamoteárselas” al líder? Altamirano añade: “Conocer la maestría de Perón” en la mala fe, el disimulo, los subterfugios “era un capítulo del hacerse peronista y sus anécdotas integraban el repertorio risueño y pícaro de la cultura  montonera”. En Perón o muerte, Sigal y Verón (1986), a pesar de que su objetivo al realizar el análisis del discurso de los textos de Perón y Montoneros, es mantenerse a distancia de toda pregunta relativa a la sinceridad subjetiva de sus emisores, también la cuestión aparece: “fue desde el comienzo, una mezcla de creencia y mala fe, que dejó sus marcas en la economía discursiva del grupo”.

El mensaje de Perón el 21 de junio de 1973 luego de los acontecimientos de Ezeiza, leído al día de hoy es muy claro: habla de revolución “pero para que ella sea válida ha de ser de reconstrucción pacífica y sin que “cueste la vida de un solo argentino”; con respecto a la ideología: “somos lo que las veinte verdades peronistas dicen”.  Y más adelante, en tono de amenaza:

 

Los que ingenuamente piensan que pueden copar nuestro movimiento o tomar el poder que el pueblo  ha reconquistado, se equivocan.  Ninguna simulación o encubrimiento por ingeniosos que sean, podrán engañar a un pueblo que ha sufrido lo que el nuestro, y que está animado por una firme voluntad de vencer.  Por eso, deseo advertir a los que tratan de infiltrarse en los estamentos populares o estatales, que por ese camino van mal  (Clarín, 22-6-73: en Altamirano: 2001:460-463).

 

El término “infiltrado” se convirtió en un apelativo corriente, por más que Montoneros decidiera ignorarlo como puede interpretarse  de la lectura de un documento de julio de 1973 donde aclararon que ellos no veían ninguna diferencia entre la Patria Peronista y la Patria Socialista.  Dado que el Movimiento Peronista dirigido por el general Perón servía a los intereses de los trabajadores, por ello mismo coincidía con la construcción del socialismo nacional (El Descamisado número 4, 12 julio 1973: en Gillespie, 1987)

Para Gillespie, la opción más perjudicial en la lectura del peronismo realizada por Montoneros, fue creer que el peronismo debía su dinamismo a la íntima unión entre el líder y las masas. Tan extendida estaba esa creencia que inclusive en La novela de Perón, el narrador expresa luego de que Nun Antezana fuera a visitar al líder en Madrid:

 

Nun salió de allí con la certeza de que si las masas se desbordaban exigiendo la revolución, el General no vacilaría –como en 1945- en aferrarse a esa bandera.  Quien primero gane la calle tendrá en el puño a Perón, reflexionó Nun.  Será necesario demostrarle que los peronistas de 1973 no son tan incondicionales como los del 55, que a la doctrina justicialista le hace falta ponerse a tono con los nuevos vientos (Martínez; 1985; 65).

 

Los monólogos de Perón eran considerados como parte de un diálogo simbólico con las masas, mediante el cual el líder interpretaba los deseos del pueblo; sus “errores” posteriores a 1952 se debían a que el nexo con las masas habría desaparecido con la muerte de Evita, a quien Montoneros admiraba y utilizaba como bandera para marcar la diferencia con Isabel Martínez de Perón: “Si Evita viviera, sería montonera”.

José Pablo Feinmann (1998), también señala sus dudas en relación a la sinceridad de las alabanzas  hacia Perón:

 

Era el precio del entrismo.  Para ser peronista –como era peronista el pueblo- había que decir maravillas de Perón.  Tantas, como para poder, ante todo, creérselas uno.  En 1970, no se podía hacer política popular con otras argucias.  Había que ponerse la máscara del peronismo y los jóvenes de izquierda se la pusieron con tanto fervor que hasta llegaron a creer sinceramente en ella   (80).

 

De acuerdo con esa hipótesis, los que usaban la máscara del peronismo al encontrarse ligados a una red de posiciones, de pertenencia y de conflicto, de fobias y filiaciones, lo que al comienzo podía ser sólo una actuación, con el transcurrir del tiempo pasó a formar parte del ser y del actuar. De otro modo no podría explicarse el alcance que esa máscara tuvo, al llevar a la adhesión de posiciones tales como “La vida por Perón” o “Perón o muerte”, proposiciones que efectivamente muchos pusieron en práctica.

Tan grande era la fe de los Montoneros en Perón, o por lo menos en que llegado el momento podían manipular sus decisiones, que durante algunos meses sus “desviaciones” fueron pasadas por alto o sólo criticadas en todo moderado. De allí que durante el bienio 1973-74 tuvieran una política de acomodamiento al gobierno. Por ejemplo, la nominación de Isabel como candidata a la vicepresidencia los sorprendió y aunque expresaron su desacuerdo, decidieron callarse “disciplinadamente” confiando en que Perón pronto pondría las cosas en su lugar.  El 12 de octubre cuando Perón se hizo cargo de la presidencia, llenos de optimismo declararon: “Perón hoy es Argentina.  Es Soberanía.   Es Patria”.  Al mismo tiempo en El Descamisado pretendían que Perón no tenía nada que ver con un documento publicado después del asesinato de José Rucci, secretario de la CGT, verdadera declaración de guerra contra los “grupos marxistas terroristas y subversivos, infiltrados en el Movimiento”, aunque Perón había anunciado públicamente el documento y su firma figuraba al pie del mismo.

Durante algunas semanas Montoneros fantaseó sobre el “extraño” comportamiento de Perón.  Lo presentaron como inocente prisionero de una pandilla de agentes imperialistas, traidores y burócratas constituidos en un cordón que le rodeaba y aislaba de sus seguidores. Sin crítica al principio, Montoneros apoyó el Pacto Social  el cual, si bien en lo económico era una verdadera utopía, en lo político era potencialmente represivo porque las huelgas podían ser declaradas ilegales. Su actitud hacia las medidas de gobierno era demasiado crítica para que la tolerase la jefatura peronista, siempre a punto de exigir la ortodoxia y la lealtad tradicionalmente requerida de los adheridos al Movimiento, pero insuficiente para formular una genuina política alternativa al peronismo ortodoxo.

José López Rega pasó a formar parte del fantástico drama en el papel de villano principal, que tergiversaba las órdenes de Perón e impedía que llegara hasta él la opinión de las masas.  Montoneros creía que para rectificar ese proceso político bastaba utilizar su fuerza movilizadora y romper el cordón a fin de que se renovara el contacto directo entre Perón y las masas pues: “Cuando Perón y su pueblo se juntan, sólo triunfan Perón y el pueblo”. Convencidos de que Perón hacía lo que el pueblo le pedía, la Tendencia Revolucionaria realizó enormes movilizaciones, sin que ninguna lograra impresionarlo.  Tales movilizaciones, por otro lado, no se basaban en un análisis coherente de los problemas de la Argentina, o en una alternativa socialista definida con claridad. En su mayoría los militantes eran movilizados mediante consignas que por lo general no estaban vinculadas con ningún proyecto global de transformación de la sociedad, aunque eran atraídos emocionalmente por la magnitud de las concentraciones y marchas, los cantos, los redoblantes, el sentido de la fuerza y solidaridad y la extrema arrogancia.

Para Gillespie, la debilidad fundamental de Montoneros fue la falta de toda forma democrática interna que permitiera resolver las diferencias.  Para ellos la discusión era equiparable a la traición y la crítica a la hostilidad. Si a ello se le sumaba que Perón no decía lo que decía, sino que debía interpretárselo dentro de un contexto más amplio, vinculado con los principios de la “táctica” y la “estrategia”, la situación era todavía más complicada.  Aunque en privado Firmenich reconocía que “Perón es Perón y no lo que nosotros queremos”, la postura oficial de Montoneros, continuó siendo la de que, a pesar de algunos errores atribuibles a un análisis erróneo de la situación nacional, Perón era todavía un revolucionario y un antiimperialista, aun cuando  hubiera optado por “un proceso de liberación a muy largo plazo” para “engañar“ al imperialismo (El Descamisado 42, 12 marzo 1974: en Gillespie, 1987).

La retirada de la plaza el primero de mayo de 1974 reveló que algo se había roto después de 30 años: ese “algo” eran las mágicas relaciones revolucionarias que ellos creían existía entre Perón y las masas, creencia que con diversos grados de impostura en algunos casos, con profundos grados de obnubilación de origen mítico en otros, se analiza en el artículo La “mística” peronista.

 

Bibliografía

Altamirano, C. (2001). Bajo el signo de las masas. Buenos Aires.  Ariel.

Baczko. B. (1991). Los imaginarios sociales.  Memorias y esperanzas colectivas. Buenos Aires. Nueva Visión.

Feinmann.  J.P. (1998). La sangre derramada. Ensayo sobre la violencia política.  Buenos Aires. Ariel.

Gillespie. R. (1987). Soldados de Perón.  Los montoneros. Buenos Aires. Grijalbo.

Greimas, A.J y J. Courtés (1982). Semiótica. Diccionario razonado de la teoría del lenguaje. Madrid. Gredos.

Lanusse, L. (2005). Montoneros. El mito de sus 12 fundadores. Buenos Aires. Vergara.

Sigal, S. y E. Verón (1986). Perón o muerte.  Las estrategias discursivas del fenómeno peronista.  Buenos Aires. Legasa.

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Liter-aria. Revista de escritura

María del Pilar Moreno Martínez es profesora en Letras, egresada de la UNT. Comparte su actividad como escritora de relatos y poemas con la producción de ensayos. Publicó en diversas Antologías . LA RAMA DORADA , POEMAS Y MUROS COMO PUENTES y DE RESTOS Y DE RETOS son TRES de sus libros publicados hasta ahora. Además creó y administra desde 2009 esta revista literaria en internet, LITER-ARIA, www.liter-aria.com.ar, que difunde escritura de jóvenes y adultos de nuestra provincia y del exterior. Fue Coordinadora de Talleres de Expresión y comparte su tarea escrituraria con la dirección teatral. Creó y coordina el grupo de arte EL CANDIL.