¿Ha sucedido o no ha sucedido? En mi cabeza se ha formado un vacío ambiguo, que podría deberse igualmente al trauma de lo que ha ocurrido o al cambio que significa lo que está por ocurrir; y no acierto a llenar ese vacío. Sin embargo, la cosa en cuestión me concierne directa e inmediatamente: si no sucedió hace quince minutos, debe suceder dentro de quince minutos. Pero las dos posibilidades tienen en común un mismo sentimiento de impaciencia casi frenética, que me impide esperar que los hechos me proporcionen la explicación definitiva que necesito. No puedo esperar ni siquiera un minuto no sólo porque debo prepararme para enfrentar dos situaciones muy distintas, o sea, aquella de lo ya ocurrido y aquella de lo no ocurrido todavía, sino también y sobre todo porque debo indispensablemente superar lo antes posible esta especie de bloqueo que me impide hacer algo para mí fundamental: tomar conciencia. En efecto, precisamente de eso se trata, y no hay quien no vea la enorme diferencia que hay entre tomar conciencia antes de la acción y tomar conciencia después de la acción. Pero, ¿cómo se hace para tomar conciencia cuando la acción está, por así decirlo, en la punta de la lengua y no se decide a adoptar el aspecto sea de lo ya visto, ya hecho, ya padecido, sea el de lo todavía no visto, todavía no hecho, todavía no padecido?
Con una mano sola me llevo el cigarrillo a la boca; lo tomé del paquete que está sobre el tablero y lo prendo con el encendedor del automóvil. Entretanto, sigo apretando con el brazo izquierdo, doblado, el cierre relámpago de la chaqueta, que, no sé cómo, se ha trabado y quedó abierta, de modo que la empuñadura de la pistola se asoma visiblemente. Se me ocurre que para saber si la cosa ha sucedido o aún debe suceder yo podría, en vista de que la memoria está bloqueada, interrogar la realidad, buscar indicios de lo ya ocurrido o lo no ocurrido todavía. Por ejemplo, el cierre relámpago trabado. Ayer funcionaba, por lo tanto se trabó esta mañana. Pero, ¿se trabó después de algo hecho, o antes de algo que todavía falta hacer, debido a un tirón demasiado brusco, causado por la sorpresa de lo ya ocurrido, o por la nerviosidad de lo que todavía no ocurrió?

Abandono de pronto el tema porque reconozco allí la misma ambigüedad indescifrable que hay en el principio de la amnesia; y me digo que hay una sola manera de comprobar inmediatamente si el hecho se ha consumado ya o no: examinar la pistola, verificar si ha disparado. El alivio con que recibo este proyecto me dice que he pensado con exactitud. ¿Cómo no se me había pasado ya por la cabeza una solución tan lógica y tan simple?

Pero el alivio dura poco. Sí, la pistola puede proporcionarme la prueba que tan afanosamente estoy buscando; pero es una prueba “exterior”. Es como si le pidiera a las ropas que llevo puestas, a los zapatos que calzo, la prueba de mi existencia. Prueba que debe ahora, en cambio, residir en la certeza de que existo sin necesidad alguna de pruebas: en el hecho mismo de que nadie busca pruebas. Por otra parte, la prueba de la pistola me espanta, porque confirmaría esta disociación mía, funesta e insoportable. Después de la prueba, sabré con certeza que la cosa ha sucedido o no ha sucedido; pero tendré al mismo tiempo otra certeza, desconcertante, la de que la cosa ya ha sucedido o no “a otro”, puesto que yo, “dentro” de mí, seguiré ignorando si el hecho se ha verificado o no.

Sin embargo, debo saber, no puedo esperar. Es como si me hubiera sumergido hasta el fondo del mar, mi escafandra de buzo se hubiera averiado, y yo me sofocara y supiese que sólo tengo pocos segundos para salir a flote. Mi urgencia de saber, por lo demás, es justificada por un embotellamiento de tránsito donde mi automóvil se ha encastrado, según todas las apariencias, irremediablemente y como para siempre. Estamos en un gran camino periférico que no conozco. Los automóviles están quietos, en cuatro filas de ambos lados, adelante y detrás. Exactamente frente a mí, la visión es interrumpida por el rectángulo negro y amarillo de un colosal camión de transporte. A la derecha del camión, allá lejos, la luz del semáforo ya se tornó tres veces alternativamente verde y roja, sin que los vehículos se hayan movido. Debe de tratarse de un accidente; o bien de uno de esos bloqueos inextricables que pueden durar varias horas. Y yo, antes de que el embotellamiento se resuelva, tengo absoluta necesidad de llegar a saber sólo por mis propios medios, es decir, exclusivamente con ayuda de la memoria, y no gracias a indicios proporcionados por objetos, si la cosa ya sucedió o todavía debe suceder.

Recuerdo en este momento (mi memoria funciona tanto mejor cuanto más lejos están los hechos que intento recordar) que hace algunos años atravesé el Sahara, de Túnez a Agadesh, y que varias veces me extravié por perder el camino. ¿Qué hacía entonces para encontrar el camino correcto? De acuerdo con una regla dictada por la experiencia, volvía atrás hasta el punto de donde había partido. De allí partía de nuevo y, en efecto, al cabo de un recorrido más o menos largo, descubría el lugar preciso donde me había desviado. Una vez debí recorrer tres o cuatro veces el mismo camino equivocado antes de descubrir el error. Me perdía siempre de la misma manera, siempre en el mismo lugar. Al fin, sin embargo, cuando estaba ya por desesperar, con el sol cerca del poniente y la perspectiva de quedar sin gasolina, de pronto encontraba el camino. Estaba tras un matorral no más alto que un niño, y borrado por un tramo no mayor de tres o cuatro metros. Es fácil perderse en el desierto.

Ahora haré lo mismo. Volveré atrás hasta el punto en que mi memoria dejó de funcionar; hasta el punto en que empieza el vacío (estuve por decirme “el desierto”). Pero debo apresurarme a emprender esta operación mnemónica, porque de un momento a otro el embotellamiento de la ruta puede resolverse; y en ese caso es muy probable que minutos después llegue a saber con certeza si la cosa ya sucedió o todavía debe suceder. Pero no llegaré a saberlo por mérito propio, sólo gracias a mis fuerzas, sino por obra del choque con la realidad: eso jamás podré perdonármelo, y por otra parte no resolvería nada, porque mi problema ya no consiste en saber sino en recordar.

Veamos, entonces, en qué momento de la mañana (ahora son cerca de las doce) mi memoria dejó de funcionar. Entonces, con súbito sentimiento de estupor, descubro que no recuerdo nada hasta… hasta el momento del despertar. Esto quiere decir que sólo recuerdo el despertar, y nada más, porque antes del despertar está el vacío de la noche, que pasé durmiendo; y después del despertar está el vacío del bloqueo mental. Pero el despertar, esos pocos o muchos minutos que pasé en la oscuridad esta mañana, antes de levantarme, ese instante lo recuerdo muy bien y puedo describirlo con todos sus particulares. De modo que, ahora, lo describiré, y mediante esa descripción, estoy seguro, recobraré la punta de la madeja de la memoria; descubriré, como en el desierto, el pequeño matorral tras el cual se esconde el camino.

Por lo tanto, coraje. Me desperté más o menos a la hora fijada, pero por mí mismo, antes de que sonara el despertador. Encendí la luz, miré el reloj de pulsera y vi que faltaban cinco minutos; mi primer impulso fue apagar la luz, acurrucarme y dormirme de nuevo. Pero no era posible; no se puede dormir nada más que cinco minutos; de modo que apagué la luz, pero me quedé sentado en la cama, con los ojos perdidos en la oscuridad. No pensaba en nada; o, más bien, pensaba en el color de la oscuridad. ¿Qué color tenía la oscuridad? ¿Color café muy tostado? ¿Color negro de humo? ¿Color ébano? ¿Color tinta? ¿Y qué consistencia tenía, de qué estaba hecha? ¿Era un hormigueo de moléculas negras sobre un fondo imperceptiblemente luminoso, o en un hormigueo de partículas luminosas sobre un fondo uniformemente negro?

Recuerdo que descarté una tras otra esas definiciones porque no me satisfacían; pero sentí, en compensación, que la oscuridad me “apetecía”, que tenía hambre de ella, como se tiene hambre de comida después de un largo ayuno. Recuerdo también que de vez en cuando encendía la lámpara, miraba el reloj, veía que habían pasado dos minutos, después tres, después cuatro, y cada vez apagaba de nuevo la lámpara, para gozar, aunque fuera durante un minuto, durante treinta segundos, de esa oscuridad deliciosa.

Por fin encendí la lámpara sabiendo que era la última vez que lo hacía y que ya era hora de que me levantara. Fue justamente en ese instante, precisamente en esa diminuta fracción de tiempo en que encendí la luz, cuando dejé de registrar lo que hacía, porque a partir de entonces no recuerdo nada más de lo sucedido.

Observo el rectángulo amarillo y negro de la parte trasera del camión de transporte; veo que no se ha movido; por otra parte, la luz del semáforo, allá lejos, pasado el camión, está roja; tal vez me quede todavía un minuto; tal vez, si al prenderse la luz verde los vehículos no avanzan, haya todavía dos minutos. Entonces reanudo con encarnizamiento la reconstrucción del despertar. La memoria, pues, se apagó en el preciso instante en que se encendió la lámpara. ¿Qué significa esto? ¿Cómo puede haber ocurrido semejante cosa? ¿Y por que precisamente a mí?

Me digo que no es difícil imaginar lo que hice. Soy una persona más bien rutinaria: he de haberme levantado, he de haberme duchado, he de haberme afeitado, etcétera, etcétera, etcétera. Pero todo esto, como lo advierto de pronto, no lo recuerdo; me limito a reconstruirlo sobre la base del recuerdo de mis otros despertares anteriores. Y en cambio debo recordar precisamente el momento de asearme esta mañana, no el de alguna otra. Sólo si lo recuerdo podré recordar lo que aconteció después; es como encontrar de nuevo el matorral tras el cual se esconde el camino.

Hago un gran esfuerzo; me repito: “Entonces encendí la lámpara… entonces encendí la lámpara… entonces encendí la lámpara…”

Ya demasiado tarde. La luz del semáforo ahora es verde; y, casi instantáneamente, toda la calle se pone en marcha. Se mueven los automóviles que están delante, detrás y a ambos lados del mío; se mueve el rectángulo amarillo y negro del camión de transporte. Así pues, muy pronto sabré si la cosa ya ocurrió o aún debe ocurrir. Pero comprendo con angustia que no seré yo, con mi memoria, quien lo descubrirá; en cambio, me lo revelarán los objetos y las circunstancias.

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LA LUZ Y LA OSCURIDAD EN UN CUENTO DE MORAVIA, por Marina Burana

“La reflexión pertenece a un momento sucesivo o anterior al de la acción. Durante la acción nos guían reflexiones pasadas y ya olvidadas,
transformadas en pasiones en nuestro ánimo”.
Alberto Moravia en “El desprecio”

No saber si se ha hecho o no, entrar en las tinieblas del olvido, buscar en los rincones de la mente cualquier indicio que confirme o niegue que ha sucedido o que aún debe suceder. Ese es el camino que recorre el protagonista de “Un horrible bloqueo de la memoria” de Alberto Moravia, al no poder recordar si ha hecho algo que no sabemos bien qué es. Sólo se nos da la pista de que se trata de una acción relacionada con una pistola, pero mientras el personaje intenta volver atrás en su memoria para reconstruir el derrotero que siguió hasta encontrarse en medio de un embotellamiento sin saber en verdad si ejecutó lo que tenía que ejecutar, uno se deja llevar por una impaciencia casi frenética al querer saber qué pasó o qué pasará.
Se arman, así, dos mundos paralelos y convergentes. Por un lado, el narrador presenta la realidad “externa” como un espacio desde el cual le llegará el conocimiento de si en verdad se realizó o no la acción. En esa realidad buscará pistas, indicios que lo ayuden a entender su situación, pero sólo serán respuestas externas a su incertidumbre, y no un trabajo de la memoria. Ésta se encuentra activa en otro espacio que podríamos llamar “interior”, desde el cual el narrador alcanzará el fin de su dilema sólo en base a una puja intelectual e íntima. El mundo externo es presentado como luminoso. Es el de las luces del semáforo, el de la ciudad. El mundo interno es oscuro, intrincado. Sin embargo, en la luz está la real oscuridad, el verdadero generador de vacío: es cuando se levanta y prende la lámpara de su habitación cuando el personaje pierde la memoria. La memoria, pues, se apagó en el preciso instante en que se encendió la lámpara. En su interior él se encuentra satisfecho, cómodo, casi en su centro. (…) Sentí, en compensación, que la oscuridad me “apetecía”, que tenía hambre de ella, como se tiene hambre de comida después de un largo ayuno.
El personaje pretende dejar al mundo interior, es decir, a la memoria, esclarecer su problema. Su búsqueda frenética empieza cuando decide él mismo desandar el camino andado para comprender dónde comenzó su amnesia. De este modo, a lo largo del cuento se desdobla su realidad en la oscuridad y la luz; la verdad exterior, por un lado, que sin tregua lo ataca, lo atosiga mientras él prosigue con su imperiosa búsqueda personal, interior; y por otro lado, ese mundo íntimo que no se deja atrapar y que es rico e intrincado como el desierto, la oscuridad deliciosa. Alguien podría encontrar paralelos en las filosofías que pregonan una búsqueda equilibrada desde adentro hacia afuera y no desde afuera hacia adentro. En el cuento, la realidad está tanto afuera como adentro, pero el camino en ambas es distinto. No es poco frecuente encontrar en Alberto Moravia la idea de que las “circunstancias”, los “objetos” dictaminan de forma invasiva y abusiva los pasos de los hombres, acaso acosándolos, en sus intentos por encontrarse a sí mismos dentro de sus desiertos personales.
El narrador es impaciente, pero perseverante. Y yo, antes de que el embotellamiento se resuelva, tengo absoluta necesidad de llegar a saber sólo por mis propios medios, es decir, exclusivamente con ayuda de la memoria, y no gracias a indicios proporcionados por objetos, si la cosa ya sucedió o todavía debe suceder. Antes de que el embotellamiento se resuelva (un paralelo de su bloqueo mental), debe triunfar por sobre las fuerzas externas.  Debe, de alguna manera, hacer de su entorno, un producto de sí mismo y no al revés.
Por otro lado, esa necesidad increíble de saber lo que sucederá o sucedió, plantea un espacio de incertidumbre para el lector, quien adopta la misma actitud del protagonista pero respecto a la resolución del cuento. El narrador deliberadamente empuja al que lo lee a que se abstraiga de su realidad hasta que el cuento termine, y que así, llegue al final del dilema rápidamente, antes de retornar a su realidad. El cuento es el embotellamiento del que no parece haber salida, pero del cual en el fondo se espera, eventualmente, escapar.
La acción no se recuerda porque forma parte de la inconsciencia. Debo indispensablemente superar lo antes posible esta especie de bloqueo que me impide hacer algo para mí fundamental: tomar conciencia. La acción, como diría Moravia mismo en otro escrito, es el producto de un mecanismo espontáneo, lejano a la reflexión, a la búsqueda intelectual. Sucede en el ámbito de la luz, pero no como producto de ese mundo ni del mundo de la oscuridad, sino como un momento preciso que nace luego de la conciencia, pero que en sí mismo es inconsciente; fluye sin ataduras de ningún tipo.
El final es trágico, ya que los autos comienzan a moverse y el personaje entiende que no será él quien, finalmente, descubra si pasó o no la cosa. Se lo revelarán los objetos y las circunstancias. Y de este modo, no sólo se sella su destino, sino el de todos los hombres, quienes, en general, aunque intenten con todas sus fuerzas, siempre serán víctimas de la intromisión del engañoso mundo de la luz, de las crueles artimañas de lo externo.
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¿QUÉ SUCEDIÓ POR FIN?, por Augusto Lázaro

¿Qué es lo que ha sucedido o no ha sucedido? Esta es la pregunta que se hace el lector del cuento Un horrible bloqueo de la memoria, de Alberto Moravia, y que se seguirá haciendo durante todo el desarrollo de la trama donde lo misterioso se confunde con lo absurdo y a la vez logra una atmósfera de incertidumbre que al final deja a quien se enfrenta a ella con un palmo de narices.

Escrito en primera persona, desde el primer párrafo Moravia trasmite esa atmósfera de misterio, duda, desequilibrio mental del que narra e insiste en algo que no ha sucedido o que sucederá, dejando un margen de conocimiento de sujeto y causa, donde sólo se percibe que hay alguien que teme, porque no recuerda si algo ha sucedido o no ha sucedido.

Sólo en el segundo párrafo nos enteramos de que quien sigue con su letanía tiene una pistola, lo que nos hace suponer que lo sucedido o por suceder es algo grave, quizás un asesinato, porque no se da ni una pizca de posibilidad para la averiguación o la adivinación de lo que el hombre mantiene como leit motiv en su monólogo interior. Por otra parte, tampoco sabemos si esa pistola ha sido disparada o no, porque el narrador no lo dice ni lo da a entender claramente, uniendo esa duda a la otra, la grande, la de ignorar si “eso” ha sucedido, o no.
Más adelante se muestra que el hombre está metido en un embotellamiento (situación topográfica que se añade a las anteriormente señaladas sólo con rasgos mínimos de suposición y de imaginación), donde se mezcla la situación real que vive con la situación mental que imagina sin determinar lo que realmente sucedió, ni cómo ni dónde ni cuándo ni por qué. Porque lo que se propone Moravia no es otra cosa que intrigar al lector para al final dejarlo con el sabor de boca de haber sido arrastrado hacia una situación de búsqueda que lo ha conducido a algo así como a una tomadura de pelo.
Alberto Moravia (Roma 1907 – ídem 1990), pseudónimo de Alberto Pincherle (en verdad con semejante apellido mejor no hubiera sido escritor), es un autor que por su calidad debería conocerse mucho más. Con muchas obras y muchos reconocimientos en su haber, ha detallado crudamente las miserias humanas de la sociedad en que le tocó vivir, sin muchos miramientos ni compromisos que tanto lacran la literatura de valor. En este cuento se convirtió en lo que en Cuba se llama “un jodedor”, pues en definitivas esa es su intención con el texto: joder, molestar al lector, y mantenerlo en stand by esperando lo que no va a llegar ni acudiendo a la propia biografía del autor.
¿Qué cosa? ¿Quién habla? ¿Dónde ocurre? ¿Qué tipo de personaje? ¿De qué índole lo que ha ocurrido o va a ocurrir? Por favor, que sigo leyendo y este señor se está burlando de mí, con una literatura de alta calidad en un relato original, muy bien facturado, con un dominio que nos hace pensar en un Hitchcock literato ensartando pedacitos de misterios que nunca se aclaran, porque quien los fabrica no desea aclararlos. Salud para la mente imaginar, meditar, adivinar, ponerse en movimiento al compás de cada párrafo hasta llegar a la conclusión de que ha sido manipulado por un escritor cuya sagacidad y habilidad son extensivas hasta la sonrisa donde se mezcla una “rabia” agradecida de haber disfrutado de una lectura realmente agradable.
Moravia logra un personaje difícil de olvidar: un hombre atormentado por la duda, quizás amnésico de ocasión, quizás al borde de la esquizofrenia, metido en un embotellamiento circular y mental, con una pistola al alcance de la mano, que no sabe si algo ha ocurrido que lo involucra directamente o va a ocurrir y no se atreve a comprobarlo, y al final el lector se queda mirando la página como si al libro que lee le hubieran arrancado el desenlace. Pero eso sí: no hay dudas de que eso es la gran literatura. La otra, la que no nos hace pensar, no vale la pena consumirla.

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Liter-aria. Revista de escritura

María del Pilar Moreno Martínez es profesora en Letras, egresada de la UNT. Comparte su actividad como escritora de relatos y poemas con la producción de ensayos. Publicó en diversas Antologías . LA RAMA DORADA , POEMAS Y MUROS COMO PUENTES y DE RESTOS Y DE RETOS son TRES de sus libros publicados hasta ahora. Además creó y administra desde 2009 esta revista literaria en internet, LITER-ARIA, www.liter-aria.com.ar, que difunde escritura de jóvenes y adultos de nuestra provincia y del exterior. Fue Coordinadora de Talleres de Expresión y comparte su tarea escrituraria con la dirección teatral. Creó y coordina el grupo de arte EL CANDIL.