Gerard Gennete denomina paratexto a la vía de acceso al texto, a la que define como una gran zona indecisa entre un adentro y un afuera, donde se mezclan los códigos sociales que rigen el “afuera” del texto con los códigos productores que regulan su “dentro”. Esta mezcla, puntualiza el narratólogo francés, implica y significa siempre una transacción donde se deciden las estrategias y protocolos de recibimiento por los que se acogerá al texto en la sociedad (1)  .

Resulta así que la aparición (social) del texto se cumple siempre de modo preaconcicionado: a su lectura se anticipa una pre-lectura, realizada con conciencia más o menos plena, que los conocedores del autor, o de su complejo contorno literario, social, político, etc., harán de su escrito en función, precisamente, de los paratextos.
Con intención de una lectura crítica de Santa Evita, la célebre novela de Tomás Eloy Martínez, nos gustaría atender a su paratexto de modo tal que nuestras reflexiones se cumplan más allá de los procedimientos paratextuales internos (título, dedicatoria, epígrafes, reconocimientos) para abarcar también parte de los externos. La recepción paratextual externa que podría haber precondicionado la lectura de Santa Evita obedece a muchos factores. El primero –quizás el más importante–: la asunción “en serio” que seguramente iba a hacerse del discurso dirigido a una figura histórica sobre la que al parecer no cabía sino asumir actitudes extremas, despectiva o laudatoria: prostituta o santa. Esto fue lo que llevó al autor, según él mismo ha declarado, a exigir que sus editores pusieran bajo el título, la denominación literaria genérica: novela.

TEM sabía, cómo no, que todo lo que su texto dijera sobre Eva Duarte encontraría un contexto socio-político  y escritural ya establecido. Por eso quiso exigir que la recepción de lo por él escrito fuera la que había decidido su voluntad autorial. El mundo narrado en Santa Evita es, definitivamente, ficticio(2) . Hasta un punto tal que, como lo atestigua el novelista, en su obra hay sólo un hecho narrado que se corresponde totalmente con el referente: es el capítulo final en que se cuenta cómo llegaron a manos del autor los principales materiales e informaciones sobre la suerte del cadáver de Evita (3)  .
Esta génesis inmediata de la novela –no la más profunda, claro está, y a la que también nos referiremos– la contó TEM en más de una ocasión en las muchas entrevistas que se le hicieron. Relata que en el invierno de 1989 se le presentaron tres militares afirmándole que conocían la verdad sobre el cadáver de Evita. Como en esos mismos momentos había una gran polémica con los historiadores argentinos por su libro anterior, La novela de Perón, que suscitó un debate sobre los derechos de los novelistas a modificar la historia oficial (4)  , antes de comenzar Santa Evita, escribió la novela lírica La mano del amo, lo que demostraba  y a él mismo lo convencía, de que “era capaz de la diversidad y de que no [se] iba a convertir inmediatamente en peronólogo” (son palabras suyas). Pero poco después –La mano del amo es de 1991– dice que le volvió la preocupación por Evita, en cuya historia establecida detectó puntos oscuros, por lo que se le ocurrió “narrar una historia ficticia con las técnicas del periodismo”. Para poder escribirla se tomó un año sabático en Rutgers University, donde era profesor.El escritor cuenta: “mi mujer me mantenía con sus clases: la llamó la beca  Santa Evita”. Estaban llenos de deudas (le debían 10.000 dólares al editor de Seix Barral) y cuando terminó de escribirla se dijeron: “si al menos nos alcanzara para pagar…”. No sabían –no podían saberlo, que la novela iba a convertirse en uno de los mayores best-sellers de la literatura argentina, traducida a treinta y seis lenguas.
Volvamos a ese año 1989 en que TEM se entera de la verdad sobre el cadáver de Evita. Transcribo la reconstitución de lo narrado por él al semanarioNoticias, tal como éste lo publicó (5) :
En una turbia medianoche de invierno de 1989 sonó el teléfono en la casa de San Telmo de Tomás Eloy, que decidió atender “por letargo o por desconcierto”. Era el Coronel Héctor A.Cabanillas (en la novela se llama Tulio Ricardo Corominas), era el hombre que había pivoteado, por expresa disposición de Pedro Eugenio Aramburu, el “Operativo Traslado” de los restos de Eva Perón a lugar seguro. Cabanillas había tenido un predecesor frustrado y demencialmente castigado por la obsesión de Evita: el teniente coronel Carlos Moori Koenig (en la novela aparece con su nombre real). Moori Koenig nunca pudo dar cristiana sepultura al cuerpo de la segunda esposa de Perón. Una cadena de enigmáticas desgracias lo derrotaron antes y lo ahogaron en un río de ginebra y de delirio. Esa noche, la del llamado, fue una noche de cita. Tomás Eloy fue al café Tabac de Libertador y Coronel Díaz. Y allí se encontro con Cabanillas (Corominas); con Jorge Rojas Silveyra –embajador en España en los tiempos de Alejandro Agustín Lanusse. Rojas fue el encargado de devolver a Juan Perón el cuerpo de su mujer después de décadas de secretos ambulatorios. También estaba otro testigo crucial, fantasmagórico y desdoblado, que la cautela del novelista decidió llamar “Maggi”. Ellos le entregaron toda la documentación que tenían en sus manos, porque “el secreto los ahogaba”. La historia del cuerpo de Evita empezaba a develarse.  Aclarada la génesis “externa” de la novela, procuremos acercarnos a algunos de los problemas que su lectura suscita a una reflexión crítica.  Las novelas de TEM, tal
como ellas se presentan a la lectura y a la recepción crítica, y según fueron elaboradas, de acuerdo a unos presupuestos claramente establecidos por su autor, en definitiva niegan la distinción que, según Hyden White, existe entre las historias “históricas” y las “ficcionales” y que consistiría en que el contenido de las primeras son los hechos reales, hechos que sucedieron realmente y en la segunda son hechos imaginarios, inventados por el narrador(6)  .
TEM postulaba, y realizó en su obra, lo que con respecto al efecto de realidad ha sostenido Barthes:
hay que descartar las afirmaciones relativas al realismo de la narrativa (…) La función de la narrativa no es representar, es construir un espectáculo (…) La narrativa no muestra, no imita. “Lo que tiene lugar” en una narrativa desde el punto referencial (realidad) es literalmente nada, “lo que sucede” es sólo lenguaje (7)  .

Para Barthes la estructura narrativa es reveladora de que el discurso histórico –el de la historiografía, como modo de representación narrativa– es una de las formas de elaboración ideológica o imaginaria, y llama la atención al hecho de que:   la estructura narrativa que surgió originalmente de la caldera de la ficción
devino en la historiografía tradicional, tanto el signo como la prueba de realidad.

Al igual que el teórico francés, TEM cuestionaría tanto la distinción tajante entre lo histórico y lo ficticio, como la presunción de objetividad de la historiografía que se ofrece en los modos de representación narrativos. Vale decir, los discursos no son para él meros vehículos para transmitir un contenido: ellos producen significados.
La narración realiza el tránsito del acontecimiento  al discurso(8)  por un procedimiento tropológico, que TEM llamaba transfiguración y que White define como “un desplazamiento de los hechos a las ficciones literarias (…)la transición se efectúa mediante un proceso de transcodificación” (op.cit ).
TEM se enfrentó a la idea establecida de que a la verdad se llega sólo por medio de la objetividad científica, adscribiéndose al pensamiento de quienes sostienen que lo verdadero también puede transmitirse por medio de discursos figurativos, los propios de la ficción literaria y que también lo son de la narración historiográfica y mitológica. Al igual que Barthes, pensaba que las ficciones (no sólo la “verdaderas”, pero sobre todo ellas) son más que un mero medio para proporcionar información: representan  el significado de los acontecimientos, lo que se logra con la simbolización  . En términos suyos, refiriéndose a lo que en la actualidad está haciendo la historia –entendida como historiografía– con la literatura:
la “nouvelle histoire” o “intellectual history” ha adoptado las herramientas técnicas y las tradiciones narrativas de la literatura para hacer a su modo la historia tradicional (…) Cuando digo que la novela sobre la historia tiende a reconstruir, estoy diciendo también que intenta recuperar el imaginario y las tradiciones culturales de la comunidad y que, luego de apropiárselas, les da vida de otro modo (…) La ficción crea otra realidad y, a la vez, renueva el mito. Forjamos imágenes, esas imágenes son modificadas por el tiempo y al final no importa ya si lo que creemos que fue es lo que de veras fue (10) .

Y no le resultaba extraño que el género privilegiadio fuera el de la novela, lo que se entiende bien si se tiene en cuenta el concepto de Bajtin que ella es un macrogénero en el que están contenidos otros géneros y que tiene la capacidad de decir la verdad por medio de su discurso figurativo(11)  . La ficción concebida entonces en su aptitud para mostrar en toda su complejidad una realidad que otros discursos (el historiográfico, el de la biografía no novelesca, el de la ensayística de orientación psicológica, social o política, el del reportaje periodístico tradicional) no alcanzan a diseñar como definitivamente verdadera, aunque así programáticamente lo postulen. El novelista, escritor con licencia para mentir, como solía destacar TEM, puede hacer uso de todos esos discursos y en su entrecruzamiento encontrar cómo darle vida a la verdad que se busca establecer y que no es nunca definitiva (en La novela de Perón leemos: “esa pasión de los hombres por la verdad le ha parecido siempre insensata”). Por eso: no importa ya si lo que creemos que fue es lo que de veras fue.
Retengamos también lo dicho por TEM acerca de que la novela histórica (“sobre la historia”, precisaba el autor) por un lado reconstruye recuperando el imaginario y las tradiciones culturales; por otro, dándole vida de modo distinto y con ello renueva el mito. Todos los términos son decisivos si se quiere entender hacia dónde se dirige el tipo de novela que este escritor produjera: lo hacía reconstruyendo la “realidad” que los documentos pretenden ofrecer como verdadera. Los instrumentos serán la imaginación recreadora y el lenguaje forjador de imágenes, con lo cual se renueva el mito.Atendamos a esto último en Santa Evita.
Es muy bien sabido que desde sus orígenes la historia y la literatura estuvieron unidas por el mito. El historiador Mario Cancel explica tal hecho así:
lo que daba unidad a aquellos géneros era el fondo mítico que estructuraba la visión del mundo del ser humano. Detrás del deseo de “ordenar” la realidad circundante en un todo coherente estaba también la necesidad de saber cómo las cosas llegaron a ser (…) Por eso la historia se compenetraba con el mito y tomaba ese cuerpo literario que le permitió convertirse en un instrumento de poder, en un mecanismo útil para justificar las estructuras políticas, aunque difícilmente hubiera podido convertirse en lo contrario (12) .

El que un mito cuente la historia, o sea parte significativa de ella, tiene una gran trascendencia cuando se trata de la historia de una nación o de un momento significativo de ella. TEM encontraba vigente la apreciación mítica que de Evita tenía el pueblo argentino. Lo que él hizo fue recoger ese mito, atendiendo a componentes fundamentales suyos, y contribuir, con su reelaboración, a mantenerlo vivo. Proponiéndoselo o no, magnifica aquello ya existente, con lo cual se logra producir una identificación cabal de la figura de la “Santa Evita” por parte de quienes creen en ella con veneración y de la otra Evita que ven los que la demonizan. También logra actualizar el mito al relacionarlo con la lucha política entablada durante el largo período de presencia activa del peronismo. Argentina vivió — ¿vive?– dos historias: una de aceptación plena de la dimensión mítica de la defensora de los descamisados y otra que impugna tal aceptación para, en las antípodas, reducirla con los peores calificativos. Unos y otros usan el mito de Evita en sus pugnas por el poder.
La apropiación del mito en Santa Evita tiene un sentido que nos parece muy claro: relativizar las historias oficiales de tantos ensayos –y ficciones– que se han escrito sobre el personaje real y proponer una nueva versión, que incluirá, según decimos, los modos de apreciación de grupos sociales y políticos de la misma figura. Re-elabora relatos con los cuales un contingente significativo de argentinos se identifican y que les da, o confirma, un sentido a su existencia. Todo relato mítico, toda narración de tal dimensión, toca de alguna manera al receptor, que se siente así parte del pasado que se le narra, pues le da seguridad a sus propias creencias y concepciones, otorgándole un sentido de pertenencia a una comunidad que comparte o contrasta las mismas apreciaciones del  hacer de sus héroes o anti-héroes. El mito, al revés de la historia, que se distancia con frialdad o serenidad “científica” de los personajes, permite la acción de lo imaginario y produce un relato con el cual esos sectores de la comunidad podrán identificarse. El pueblo peronista mira la historia de Evita como su historia, cuando ella es contada en todo su poderío mítico. No estoy afirmando que TEM haya pensado en ceder a las exigencias de determinados lectores –sabemos que él sostenía que un escritor, a diferencia del periodista, no debe tener nunca en cuenta el “para quién se escribe” –, pero sí estimo que, al respetar la dimensión mítica de Evita, pudo crear un personaje literario –esa entidad ficticia que es todo personaje novelesco– que llega a sus lectores como éstos (acepten o no la validez de tal concepción), saben que es vivido el personaje histórico que sirvió de referente al ficticio. En sus ensayos sobre Eva Perón, TEM tocó con distancia crítica ese componente mítico suyo, pero en la novela aparece plenamente encarnado.
Y el mito de Eva Perón es complejo, por lo que habrá que verse cómo lo renueva la novela de TEM. Pensamos que lo hace desarticulando los elementos que más marcadamente componen ese mito. Al igual de lo que  acontece con La novela de Perón, Santa Evita se compone de varios discursos que se imbrican, yuxtaponen, cruzan y fecundan: a las reflexiones metaliterarias que recurren en toda la obra, se suman e integran relatos de vidas fictivas que tienen referentes reales (el más importante lo es el referido al Coronel Carlos Moori Koenig y junto a él el de muchos otros), y la ficcionalización medular sobre las investigaciones que buscaban informarse del destino del cuerpo embalsamado. A todo ello se agrega el escrutinio y comentario de parte significativa de los escritos sobre el tema:
en Santa Evita intenté recuperar la esencia mítica de un personaje central de historia argentina reuniendo en un solo texto todo lo que los argentinos hemos imaginado y sentido sobre Eva Perón durante dos o tres generaciones (13) .

Y, en efecto, en ella se recogen escritos de Rodolfo Walsh, , Julio Cortázar, Borges, Perlonghen, Ezequiel Martínez Estrada, entre muchísimos otros. TEM recepcionó, entonces, una variedad amplia de discursos y re-escribió –el autor sabía que la suya era una re-escritura más, no la definitiva–el mito (los mitos) de Evita, renovándolo(s). Su narrador reconoce que está “armando un rompecabezas”, consciente que hace una historia que es literatura, ficción, pero ficción verdadera. Lo que la historiografía mostró como su impotencia, quizás pueda darlo la novela. El vacío, el silencio de la historia frente al cuerpo de Evita, será llenado, hablado, con la palabra de lo imaginario. Hasta que aparezcan otras renovaciones del mismo mito…
El mito de Eva Perón tiene sus elementos progenitores en los relatos sobre su origen oscuro, la muerte prematura (como Cristo, como el Che), sus “milagros”, la momia profanada. Pero hay que actuar con precaución ante lo que sucedió con estos mitos después de la muerte de Evita, si se quiere entender tanto lo que Sabreli ha llamado su “cosificación” como lo que TEM hiciera en su novela al revivificarlo. Sabreli en su obra clásica Eva Perón ¿aventurera o militante? nos ha permitido ver, y cito en extenso, que:
El mito de Evita como expresión simbólica de los anhelos de justicia e igualdad de las mujeres y los trabajadores argentinos, sólo a medias realizados en la realidad, y a la vez como expresión del temor por la pérdida de sus privilegios por parte de las clases burguesas, fue como tal un mito de carácter dinámico, creador y progresivo, estaba dirigido hacia el futuro y no hacia el pasado, como los regresivos. Pero después de la muerte de Evita comenzó el proceso de cosificación del mito, la tendencia a convertir la imagen del mito en algo fijo e inamovible, esencia eterna de un pueblo ahistórico, estático y sin desarrollo (14) .

TEM no permite que el mito se vuelva regresivo: proponiéndoselo o no, lo hace recuperar su fuerza impulsora de nuevos procesos de desarrollo histórico. Su renovación desvela conflictos no resueltos de la sociedad argentina; no “remite a un pasado cristalizado que la evolución incesante de los acontecimientos históricos va dejando atrás” (Sebreli) y, por lo tanto, permite “enriquecernos con nuevas experiencias de nuevas situaciones ahora más extremas” (Sebreli).
Y es que, en efecto, la imagen que nos da Santa Evita es que la muerte de  la abanderada de los descamisados coincidió con el fin del poder de lo que el mismo Sabreli ha designado como “el ala plebeya del peronismo”, el debilitamiento de la Central General de Trabajadores obrera y el surgimiento de la Central General de Empresarios y la claudicación –no sin resistencias, aunque su entrega del poder en 1955 se dio sin lucha ninguna– de Perón ante la burguesía, las Fuerzas Armadas y el imperialismo.
Frente al sector populista de la burguesía desarrollista que trata de apropiarse de la figura de Evita, la novela de TEM rescata –entre otras, como veremos– su imagen plebeya. Santa Evita muestra la lucha de clases –lo mismo había hecho en la novela anterior–. La imagen que nos da no es la de una integración neutralizadora y despolitizada del fenómeno peronista y de Eva Perón. A ésta se la ve en relación vital con la realidad política y social: no es un mero objeto de contemplación, admiración y repudio, como lo son las grandes personalidades “fuera de serie”, sino que se la presenta dentro de contenidos ideológicos concretos en permanente pugna entre ellos. Así, la novela rescata el verdadero contenido histórico de la figura de Evita. Esto es, intentando el autor recuperar “la esencia mítica de un personaje central de la historia argentina” logra negar su musealización, su neutralización y despolitización. Cito nuevamente a Sebreli:
contra la necrofilia  de ciertos peronistas que reclaman la momia de Evita para convertirla en un objeto mágico de adoración mística, prefiero que la tumba de Evita siga abierta y que su tumba siga perturbando las conciencias.

Lo cumplido por TEM en Santa Evita –así nos parece– ha sido desacralizar el mito (atrevimiento suyo fue titular su obra como lo hizo: induce a creer que en ella la imagen de la figura histórica es unívoca, cuando, por el contrario, se la ofrece en toda su multivocidad). Desacralización tanto de su versión angélica como de su versión diabólica. Es así como ha hecho aflorar, a la conciencia de sus lectores (sobre todo los más interiorizados y comprometidos con una definita visión)
que una severa censura interna y externa nos impone ocultar, es una de las maneras –la que corresponde al escritor más que al político–de contribuir al esclarecimiento de la conciencia de la clase trabajadora y de las mujeres argentinas, o por lo menos de sus posibles dirigentes, de los cuadros, de quienes depende que la transformación social del país, el cambio histórico deje de ser un mito nostálgico en el que se proyectan las esperanzas y los sueños más ardientes de una gran parte del pueblo (15) .

TEM era escéptico con respecto a esa supuesta responsabilidad del escritor o, por lo menos, de la eficacia de su decir:
en verdad un libro, la literatura en general, por eficaz que sea, raramente contribuye a cambiar nada ni a que nadie tome conciencia de nada. Contribuye solamente a establecer un lento diálogo, a operar como un sedimento en la conciencia. Pero no a plazo inmediato, sino muy largo. Si uno piensa en la obra de Kafka, que tuvo que esperar más de treinta años para que se dieran las consecuencias de narraciones como La colonia penitenciaria en los campos de concentración…Ni la obra de Hemingway, ni la obra de Faulkner, ni la de Borges modifican nada en los imaginarios nacionales(16)  .

Pero, a pesar de tales reticencias, no cabe dudas de que TEM con sus obras ha logrado cambiar la imagen que tanto de Perón como de Evita se tenía.  Con La novela de Perón, “fue apareciendo un Perón que nadie había querido ver: no el de la historia sino el de la intimidad”(17)  . Así como sabía que la Evita que hoy valoramos no es la misma que conocíamos antes de su propuesta imaginaria, hasta el punto de que pocos ahora dudan de que los hechos de las “zanjas ciegas” cubiertas por la ficción no hayan sido “verdaderos”, “realmente acontecidos”. Quien quiera saber sobre lo que pensó y sintió la muchachita ante la muerte de su padre o lo que ella le dijera al Coronel Perón al conocerlo o el sentir de la Primera Dama ante las exigencias del pueblo a que aceptara la candidatura a la Vicepresidencia en el 52, le basta leer lo que la novela le indica como hechos irredarguibles… Es así como TEM fue recreando el mito. Con datos ciertos de lo acontecido, hechos documentables y, sobre todo, con su poderosa imaginación  que, por lo demás, no le es de “propiedad exclusiva”, pues atiende, con responsabilidad, como él mismo reconoce, “al imaginario y las tradiciones de la comunidad”, a las que, tras apropiárselas, “les da vida de otro modo”.
Cuando se le pedía esclarecer –y esto lleva, fatalmente, a una simplificación extrema– en qué consiste el mito de Evita, TEM  respondía, enlazando su figura a las del Che Guevara y Cristo:
Latin American myths are more resistant that they seem to be. Not even the mass exodus of the Cuban people or the rapid descomposition and isolation of Fidell Castro’s regime had eroded the triunphal myth of Che Guevara, which remains alive in the dreams of thousands of young people in Latin America, Africa and Europe. Che as well as Evita symbolize certain naïve, but effective, beliefs: the hope for a  better world; a life sacrificed on the altar of the desinherited, the humiliated poor of the earth. They are myths which somehow reproduce the image of Christ(18)  .

Y más adelante, en la misma respuesta que daba a quien le desafiara a reflexionar sobre el hecho de que si antiguamente el imperialismo se apropiaba de recursos como el cobre y el caucho, en el presente Hollywood se estaría apropiando de mucho más, de “los mismos mitos de su cultura nacional”, el novelista respondía:
the myth of the real Eva Perón will begin after the fires of the film have died. Her image is already installed in history with such force and with as many lights and shadows as tat of Henry the VIII, Marie Antinette or JFK. The immortality of great personages begins when they become a methaphore with which people can identify. Evita is already several methaphores: she is the Robin Hood of the 20 th century, she is the Cinderella of the tango and the Sleeping Beautty of Latin America (19)  .

Como puede verse con claridad, TEM tenía muy nítidas sus ideas acerca de lo que

el mito de Evita representa, en toda su complejidad. Es por ello que puede proceder a su reformulación en una novela en que tal mito, según hemos dicho, se resemantiza y afirma.

– II –

TEM se instala y nos instala en la realidad argentina a través de la configuración de su lenguaje narrativo, dando cumplimiento así a lo que Michel Foucault  ha señalado como la manera en que el hombre forja y reconoce su “real”:
los códigos fundamentales de una cultura –los que rigen sus lenguajes, sus esquemas perceptivos, sus cambios, sus técnicas, sus valores, las jerarquías de sus prácticas– fijan de antemano para cada hombre, los órdenes empíricos con los cuales tendrá algo que ver y dentro de lo que se reconocerá (20) .

Y es así como el escritor tucumano, en esas proposiciones de
“verdad” sobre Perón, Evita y el peronismo, que constituyen sus novelas, debe responder a todo un conjunto de condiciones bajo las cuales tales proposiciones van a estimarse precisamente como tales, como verdaderas. En ese conjunto de condiciones importan de sobremanera las “presuposiciones”. Según Ducrot y Lyotard los presupuestos deben ser verdaderos para que la proposición pueda ser considerada verdadera o falsa (21)  . El carácter “verdadero” de una  proposición se sostiene en la verificación(22)   y en la credibilidad: el oyente, el lector. Presupone la intención de verdad (o engaño) en el emisor del discurso, como condición para que se cumpla el acto de comunicación. TEM insistía en que toda novela es mentira –“narrar significa licencia para mentir” es frase suya que reiterara en ensayos y entrevistas– y, sin embargo, pretende que su lector acceda a la verdad de lo que se le narra. Es que la verdad puede guarecerse, enmascararse, en la mentira a través del amparo de la convención social. Cuando San Agustín sostiene “mentir es decir lo contrario de lo que uno piensa, con la intención de engañar” está dando paso a la posibilidad  de concebir “mentiras lícitas”, junto a las mentiras “con intención de engañar” (de perjudicar hablaba Nietsche). Por otra parte la credibilidad, decíamos, hace que aceptemos con facilidad como verdad, lo que son ciertas mentiras. TEM tenía una larga y reconocida carrera como periodista cuando escribió Santa Evita y había sido siempre fiel a su convicción de que en el p;eriodismo es mandato ético el decir sólo la verdad. Esto es, la credibilidad de su palabra –de cualquier palabra suya– estaba garantizada por un prestigio establecido. Y como en su novela empleó las técnicas del periodismo, logró lo que no pretendía: que todo lo que allí cuenta fuera estimado verdadero. Pero lo decisivo es que la verdad que a él más le interesaba establecer quedó enmascarada en las mentiras de su ficción. Y esto no sólo por su confianza en el poder de la imaginación para acceder a zonas recónditas de la realidad, sino porque también tenía como convicción suya de que la fabulación es una vertiente del lenguaje donde no sólo es posible sino necesaria, la libertad:
yo creo que la novela es el género de la libertad, y en esa medida cualquier confusión genérica es posible, cualquier elemento bastardo, marginal de la realidad es introducible en la novela (…)La única fidelidad del novelista es a sí mismo, a su propia libertad (23)  .

La lógica moderna –desde Fregue y Russel a Ducrot y Van Dijk– ha probado que el lenguaje, al hablar de lo falso –su vertiente fabuladora– no atenta contra la lógica del lenguaje sino que atiende a su poder más legítimo: el de crear mundos alternativos en el mismo proceso de la tarea de designación. Vale decir: la creación de mundos posible, un discurso que se libera de su compromiso directo con el referente al poner en escena las posibilidades de sentido. Cuando Foucault reflexiona que la verdad está allí no sólo para limitar una posibilidad creadora sino también para instaurar un poder   abre la opción a que se postule una vindicación del poder de lo falso , como lo hace George Steiner al señalar:
lo falso no es, salvo en el sentido más formal o puramente sistemático, una falta de adecuación a los hechos. La facultad humana para enunciar cosas falsas, para mentir, para negar lo que es, está en el núcleo mismo del lenguaje y anima la reciprocidad entre las palabras y el mundo (25)

Maurice Blanchot, por su parte, al señalar que el novelista –idea que habría aceptado plenamente TEM– “es un hombre sometido por entero a la ley de verosimilitud”(26)  , nos está diciendo que la ficción tiene una secreta aspiración a desprenderse completamente de las imposiciones de la verdad. Las postulaciones de TEM y su realización en las novelas permiten ver que las ficciones verdaderas –de esa índole son La novela de Perón y Santa Evita– poseen el poder de contestación a los “regímenes de verdad”, así como tienen el de desmitificar (en el sentido de que atentan contra el mito establecido) y de desemascarar las verdades establecidas: se enfrenta, como sabemos, subversivamente a la historiografía oficial. Lo ha dicho Carlos Fuentes, en palabras… de TEM que él cita:
“Mito e historia se bifurcan y en medio queda el reino desafiante de la ficción”. [TEM] quiere darle a su heroína [Evita] una ficción porque la quiere, en cierto modo, salvar de la historia: “Si pudieramos vernos dentro de la historia –dice TEM–, sentiríamos terror. No habría historia porque nadie querría moverse”. Para superar ese terror, el novelista nos ofrece, no vida, sólo relatos (27) .

Del escritor argentino podrían traerse a colación gran cantidad de afirmaciones suyas  que aluden precisamente a lo que considera Carlos Fuentes con respecto a Santa Evita. Así, por ejemplo, en un ensayo medular suyo, sugerentemente titulado “Mito, historia y ficción: idas y vueltas”. En él, citando obras “históricas” de Carlo Guinzburg, Robert Darnton y Philippe Aries y otras “ficcionales” de D. M. Thomas y Julian Barnes concluye que en ellas “la ilusión lo envuelve todo y el hielo de los datos va formando un solo nudo con el sol de la narración”(28) , y se pregunta, retóricamente:
¿Con qué argumentos negar a la novela, que es una forma no encubierta de ficción, su derecho a proponer también una versión propia de la verdad histórica? ¿Cómo no pensar que, por el camino de la ficción, de la mentira que osa decir su nombre, la historia podría ser contada de un modo también verdadero o, al menos, tan verdadero de los documentos? (p.119).

Con estas preguntas parece estar dando respuestas convincentes al inquirir de su maestro Barthes –TEM efectivamente fue discípulo del teórico y pensador francés– que cuestionaba:
La narración de los acontecimmientos del pasado, que en nuestra cultura, desde los griegos en adelante, ha estado sujeta a la sanción de la “ciencia” histórica ligada al estándar subyacente de lo “real”, y justificada por los principios de la exposición “racional”, ¿difiere, en realidad, esta forma de narración, en lagún rasgo específico, con alguna característica indudablemente distintiva, de la narración imaginaria, como la que encontramos en la épica, la novela o el drama? (29) .

El mismo Barthes que en otro lado señalara que la escritura también es “un acto de solidaridad histórica” queriendo decir que hay que integrar la práctica del lenguaje como una dicotomía y una interacción entre texto y contexto histórico. Afirmación de la cual parece glosa, profundización y ampliación, lo sostenido por TEM en el ensayo suyo que hemos recién citado:
La ficción y la historia se escriben para corregir el porvenir, para labrar el cauce de río por el que navegará el porvenir, para situar el porvenir en el lugar de los deseos. Pero tanto la historia como la ficción se construyen con las respiraciones del pasado, reescriben un mundo que hemos perdido y, en esas fuentes comunes en las que abrevan, en esos espejos donde ambas se reflejam mutuamente, ya no hay casi fronteras: las diferencias entre ficción e historia se han ido tornando cada vez más lábiles, menos claras (p.109).

Con admirable lucidez TEM supo hacernos ver lo que significa ese apuntar hacia el porvenir de la ficción y la historia:
No significa, por supuesto, la intención de crear una sociedad nueva por el imperio transformador de la palabra escrita, como se pretendía mesiánicamente (e incautamente) hace tres décadas; las novelas no mueven un solo pelo de la realidad, ni con su estrépito ni con su silencio. Puede, sin embargo, recuperar los mitos de una comunidad, no invalidándolos ni idealizándolos, sino reconociéndolos como tradición, como fuerza que ha ido dejando su sedimento sobre el imaginario. Todo mito expresa, al fin de cuentas, el deseo común. Y nada pertenece al porvenir con tanta nitidez como el deseo (30)  .

En el ensayo del que extraemos esta última cita, el autor nos da todas las claves–las fundamentales– con la cuales debemos movernos para ver cómo él en su novela deconstruye el mito de Evita para luego reconstruirlo de otra manera. Reconoce que en el proceso de relectura por él emprendido de su propia obra –proceso que incluyó la lectura de otros: de críticos de la novela, de historiadores que  la consideraron para sus inquisiciones sobre el personaje y su circunstancia– encontró con claridad, claridad que no era tan plena en el momento de escribir, la trama con que a partir de un cuerpo ya mítico –el de Eva Perón–, había ido dibujando otro mito “el del cadáver nómade que de algún modo simboliza la errancia de la Argentina” (p.347).
Allí, en ese iluminador ensayo, reitera, ahora referidas directamente a Santa Evita, las reflexiones que, según hemos visto más atrás, ha relizado sobre lo que significan las transfiguraciones que un novelista hace de los elementos con los cuales trabaja en el proceso de su escritura. Y él mismo cita el artículo que el historiador Michael Wood dedicara a su obra en el London Review of Books, haciéndose eco de sus acertos. Transcribo la extensa cita que de Wood hace el autor:
Tomás Eloy usa la ficción no para derrotar a la historia o para negarla sino para llevarnos a la historia que está entrelazada con el mito. Sus fuentes son de confianza dudosa, él lo dice, pero sólo en el sentido de que también lo son la realidad y el lenguaje. En esa afirmación hay tanto un juego como un argumento interesante: algunas de sus fuentes no deben ser sólo ficcionalizadas sino también completamente ficticias (…) No se trata entonces de las licencias que se toma el realismo mágico o de las furtivas romantizaciones de las novelas de no ficción. Es el intento de utilizar la imaginación para alcanzar algo que de otra manera sería inalcanzable. Y la pregunta que aquí se formula es no sólo qué es la verdad sino qué podría ser verdad. O, más importante, aún, qué cuenta como verdad para nosotros, cuáles son los campos en que nosotros creemos en las promesas de la realidad o descreemos de ellas (ps. 347-348) .

Para TEM lo que señala Wood tiende a decir que donde antes había el mito de Evita hay ahora, además, una novela que deconstruye ese mito para reconstruirlo de otra manera. Algo que efectivamente acontece con Santa Evita, según demostráramos páginas atrás, cuando sugeríamos algunas dimensiones de ese mito transfigurado por la novela. Resulta de interés indiscutible ver ahora lo que el propio escritor pueda decirnos al respecto, no para simplemente someternos a la voluntad autorial, sino porque en sus palabras encontramos una propuesta de lectura de la novela que consideramos totalmente válida(31)  .
Es curioso –aunque no tanto, en realidad– que TEM se viera  a sí mismo como un Atila que a los historiadores les invalida su territorio de verdades con sus “fábulas locas”, las mismas con que fue dibujando otro mito, ése del cadáver errante de Evita. Si éste es el mito, su simbología –piensa TEM–, está en “la errancia de la Argentina” (347). Vale decir: el cuerpo embalsamado y en permanente y difícil desplazamiento de Evita es un signo cuya presencia evoca otra realidad sugerida o representada por él. Así como la rama de olivo representa en la cultura mediterránea la idea de paz (en la cultura bíblica quien la sugiere es la paloma), el mito de la momia de Eva Perón errante sugiere, evoca a la Argentina misma en búsqueda de sí misma. TEM escribió que
si Evita logró ser ella ella misma sólo desde que murió es porque esa muerte revela tanto su historia como la historia de la Argentina en los últimos cuarenta años. Fuimos como esa muerta, un país nómade, sin lugar, sin rumbo fijo: alguien que fue desaparecido, vejado, enterrado en el anonimato, sometido, oprimido, negado (32) .

En consonancia con la concepción de Saussure de que existe cierto vínculo analógico entre el símbolo y la realidad o idea simbolizada, Ducrot y Todorov    señalan que en todo símbolo, el simbolizante –el cadáver errante y maltratado de Evita– y lo simbolizado –la Argentina perdida de sí misma– presentan una relación motivada (el cadáver convertido en momia ambulante sugiere la relación analógica con la idea de un país de nombre femenino, la Argentina, que está congelado en un momento de la historia, viviendo una delirio de grandeza que hace ya mucho perdió), pero relación no necesaria (Argentina existe y tiene su propia “función” al margen de la idea de su “errancia” en el sentido que estamos viendo).
Quizás la ocasión en que más nítidamente TEM esclareció la dimensión simbólica del mito con su sustrato social, fue cuando se le pidió que explicara la definición que de Argentina diera alguna vez al semanario Noticias: “Argentina es un cuerpo de mujer embalsamado”, que resulta obvio asociar con lo que le ocurrió y ocurre a Eva Perón. Su respuesta fue:
Argentina, a comienzos del siglo XX, era un país que se creía destinado a cierta grandeza Y de hecho estaba en una situación económica inmejorable: en 1928 era la sexta potencia industrial del mundo. Tenía más automóviles que Francia y más teléfonos que Japón. Las enciclopedias decían que a finales de siglo iba a competir con Estados Unidos (…) Argentina nunca tuvo ni siquiera la posibilidad de competir con Estados Unidos. En este momento [1997] es una especie de país subordinado. Las sucesivas dictaduras militares, los gobiernos autoritarios, las corrupciones infinitas fueron destruyendo al país. Pero muchos argentinos siguen creyendo todavía en ese destino de grandeza del que sus padres y sus abuelos hablaban tiempo atrás. Entonces Argentina quedó como congelada, como embalsamada. A eso aludo, a esa memoria del cuerpo embalsamado de mujer: por eso se le dice la Argentina, porque es un país femenino. Está congelada en un momento de la historia intentando que alguien la despierte de ese delirio de grandeza que vive (34) .

Muy claro el símil, entonces. Pero, como se sabe, en el término simbolizante muy raramente se percibe o intuye tan directa, ni racionalmente, el término o concepto simbolizado. Esta intuición es puramente emotiva, es una emoción “envolvente e iracionalmente implicadora” de ese concepto simbolizado. Todo símbolo es “siempre un foco de indeterminaciones y entrevistas penumbras”, según ha insistido Bousoño  . Por eso el lenguaje simbólico constituye componente esencial de la expresión mítica y religiosa (36) . Atender a este hecho obliga a intentar un reconocimiento de la polivalencia y multivocidad del símbolo en que se piensa: el mito del cadáver momoficado de Evita como evocación de la Argentina.
TEM también sostuvo, completando y haciendo más complejas afirmaciones suyas que recién citáramos, lo siguiente: en el caso de Eva Perón era una metáfora que aludía a la Argentina en particular: el cuerpo de Evita, como el cuerpo de la nación, es desaparecido, vejado, mancillado, escondido, escrutado, en especial por las dictaduras militares (37) .

Ya no se trata tan sólo, entonces, de “la Argentina congelada en un momento de la historia”. Es eso y algo más. Si, como hemos visto, TEM ha recreado,  transfigurado, un mito de la cultura en la historia, lo ha hecho “para tratar de saber quiénes somos o qué hay de nosotros de Algún Otro”, según él mismo lo  afirmara (38) . Con su novela ha tocado el centro del mito, enriqueciéndolo, ensanchando el horizonte de lo que entendemos como el imaginario de un pueblo. Y de esto TEM tenía conciencia plena:
cuando digo que la novela sobre la historia tiende a reconstruir, estoy diciendo también que intenta recuperar el imaginario y las tradiciones culturales de la comunidad y que, luego de apropiárselas, les da vida de otro modo (…) La nueva novela sobre la historia (recrea íconos del pasado a partir de tradiciones, mitos, símbolos y deseos que ya estaban ahí (…) Se trata de una transfiguración [de los materiales de base].

A personajes de la historia, como lo son Perón y Eva Duarte, “los libera de su mármol” –los quita del museo, como quería Sebreli– y los hace regresar “para contar las cosas de otra manera, para recuperar otro relato del pasado” (39) . Con esa lucidez sobre todo lo que emprendía, que tantas veces le hemos reconocido, TEM puntualizaría:
mi eje, en Santa Evita, fue el reconocimiento casi topográfico de un mito nacional. Pero mi eje, sobre todo, fue la búsqueda de un cuerpo, no sólo el cuerpo yacente de Evita Perón, llevado y traído de una orilla a otra de Buenos Aires, sino también el cuerpo de mi pasado o, si se prefiere, el cuerpo de las cosas que llenaban mi imaginación del pasado (40) .

Ese cuerpo de Evita fue –lo es todavía– objeto de muchas fantasías, como la novela lo demuestra, fantasías de todos los argentinos, no sólo de TEM. Como él mismo enumera: el delirio de grandeza [al que ya nos refiriéramos], las quejas del tango, la nostalgia de haber sido lo que nunca fuimos, el odio de clases, la imagen de la mala actriz, de la bataclana, de la hija bastarda, de la pobre chica de pueblo que se elevó desde la nada, la mujer del látigo, la dama de la esperanza, la Argentina potencia, la novia imposible.
Lo que hizo TEM fue añadir, a todo eso, “otros tatuajes escriturarios” (la frase es suya). O, quizás, aunar todos los existentes, dándonos una imagen, hasta ahora, la más próxima al ícono esto es, un signo que está determinado por su objeto dinámico en virtud de su naturaleza interna (41)   .Y esto porque en la Evita de Santa Evita aparece la misma configuración de cualidades que en el objeto a que se refiere: es como una imagen del “objeto”, su retrato, su radiografía. Santa Evita nos da tanto el deseo de abominación y destrucción que sobre su cuerpo muerto escribieran Borges, Cortázar, Onetti, Silvina Ocampo, Martínez Estrada, como el deseo de beatificación, veneración y eternización que se reflejara en la conducta de los descamisados que la adoraban: los que hicieron misas y peregrinaciones por su salud, los que proclamaron el 18 de octubre como el día de Santa Evita, los que hicieron que el Parlamento la designara “Jefa Espiritual de la Nación”.
Decía TEM que el novelista trata de que los muertos “queden detenidos en algún gesto de su eternidad”, que a los cuerpos de la historia los devuelve a la realidad (“a la frágil realidad de las ficciones”) convertidos en íconos de la cultura, en otro avatar de la tradición. Pero, agregaba:
y, al hacerlo, muestra que el ícono es apenas una construcción, que las tradiciones son un tejido, un pedazo de tela, cuyos hilos cambian incesantemente la forma y el sentido del dibujo, tornándolo cada vez más fragmentario, más pasajero (42) .

Afirmación, reflexión, que no hace sino respetar la multivocidad, la plurivalencia semántica del mito de Evita y su posible significación simbólica. A la pregunta ¿qué aporta la novela de TEM a ese mito? (ya que no cabe duda de que éste existe), la respuesta del escritor resulta absolutamente atendible:
Santa Evita procura ser el inventario [subrayo yo] de un mito argentino pero a la vez, de manera involuntaria, es también una confirmación y una ampliación de ese mito (…) Las manos que mueven el telar de los mitos son ahora muchas y vienen de infinitas orillas, que ya ni siquiera es fácil distinguir dónde está el centro ni qué pertenece a quién. Así son las imágenes con las que el pasado reescribe, en las novelas, la historia del porvenir (43)

1- Vid Gerard Genett, Figures I, Paris, Edition du Seuil, 1987: 7-8.

2 Este proyecto, y su realización, nos hace ver a Santa Evita próxima a lo que Luis Costa Lima llama “una narrativa concebida y creada, siempre, a partir del otro lado”. Define el crítico brasileño: “lo que llamamos narrativa a partir del otro lado significa que el autor simula hablar de los percepta, para en verdad, construir una narrativa toda ella concebida por la focalización desde lo imaginario. Ahora bien, por supuesto, es innecesario insistir que esta tematización no excluye la realidad material e histórica. Recusa, eso sí, la documentalidad”. Luis Costa Lima, “Literatura e sociedade na América Hispánica (século XIX e comencos do século XX)”. Sociedade e discurso ficcional, Río de Janeiro, Ed. Guanabara, l986: 179.
3 Vid, p.ej., Miguel Mora, “Entrevista: TEM-Escritura”, Madrid, El País, 8 de noviembre del 2002.
4 Sobre esto léanse, del mismo TEM sus ensayos, “Ficción e historia en La novela de Perón”, Hispamérica, 17, abril de 1998:41-49; “Historia y ficción: dos paralelos que se tocan”, en K.Kohut (ed.), Literaturas del Río de la Plata hoy: de las utopías al desencanto, Frankfurt, Vervvert Verlag, 1996: 90-100;  “Mito, historia y ficción: idas y vueltas”, en VV.AA Visiones cortazarianas, Méxixo, Aguilar, 1996: 109-133.
5 Cfr. http://www.literatura.org/TEMartinez/Santa_Evita.html
6 Vid Hayden White, El contenido de las formas, Barcelona, Paidós, 1987: 42.
7 Cfr., R.Barthes “Introdución” ,   Análisis estructural del relato, Buenos Aires, Ed. Tiempo Contemporáneo1970,
8 Exactamente lo mismo acontece en otros sistemas de representación de la realidad: el mito, el relato historiográfico, a los que TEM se refiriera en varios ensayos suyos.
9Obra, la de TEM, que ha de entenderse como acto simbólico enfocado directamente hacia “el gran discurso colectivo y de clases en el cual un texto es poco más que una parole individual  o una utterance”. Vid F.Jameson, The Political Unconscious. Narrative as Socially Simbolic Act, New York, , Cornell University Press, 1981: 76-77.
10 Cfr. TEM, “Argentina entre la historia y la ficción”, Página 12, 5 de mayo de 1996.
11 Vid M.Bajtin, Estética de la creación verbal, México, Siglo XXI, 1998. Sobre todo el cap. “El problema de los géneros discursivos”.

12 Cfr. Mario Cancel, “Sobre la historia y la literatura: una visión de conjunto”, en Antonio Gatzambide (comp.), Historia y Literatura, San Juan Puerto Rico, Posdata, 1995, p. 43
13 Cfr. “Argentina entre la historia y la ficción”, art.cit.
14 Cfr. J.J.Sebreli, Eva Perón, ¿aventurera o militante? , Buenos Aires, Ed. La Pleyade, 1971, 4a. ed. ampliada. Cit. p. 109
15 La larga cita constituye el párrafo de cierre del libro de Sebreli.
16Cfr. Marcelo Coddou, Ana Figueroa, “El vuelo de la reina o el viaje al otro lado del espejo. Entrevista a TEM”, Alpha, Osorno, Univeridiad de los Lagos, 2003. .

17 Cfr. paratexto de la edición de la novela de Buenos Aires, Legasa, 1985.
18 Cfr. “Evita or Madonna: whom will history remember? Interview with TEM”, New Perspective Quarterly, 1997. Cfr. http://www.las mujeres.com/evaperon/evitamadonna.shtml
19 9 Id, ibid. Los subrayados, como en la cita anterior, son míos.

20 Cfr. Michele Foucault, Las palabras y las cosas, México, Siglo XXI, 1968 : 5.
21 Vid Oswald Ducrot, Dire et ne pas dire (1972) y J. F. Lyotard , Le differend (1983). Ambos han visto en profundidad la función de la presuposición –noción propuesta por Gottlob Fregue– en el habla. Wittgenstain en su Tractatus logico philosophicus (1975) sos tiene que “para poder decir: ‘p’ es verdadero (o falso), debo haber determinado en qu’e condiciones llamo verdader a ‘p'”.
22 Bertrand Russel ha señalado: cuando el enunciado se da primero y la evidencia después, hay un proceso que se llama verificación, que implica la confrontación de un enunciado y la evidencia”. Cfr. su Significado y verdad, Barcelona, Ariel, 1983 : 83.
23 Cfr. Juan Pablo Neyret., “Novela significa licencia para mentir. Entrevista con Tomás Eloy Martínez” Espéculo. Revista de Estudios Literarios, Universidad Complutense de Madrid, núm. 22, 2002.
24 Vid M. Foucault, El orden del discurso, Barcelona, Tusquets, 1974 y La verdad y las formas jurídicas, México, Gedisa, 1983.
25 Cfr. George Steiner, Después de Babel, México, FCE, 1980: 246.
26 Vid. Maurice Blanchot, “El enigma de la novela”, en su Falsos pasos, Valencia, Pre-Textos, 1977:203.
27 Cfr. Carlos Fuentes, “Santa Evita”, suplemento “Cultura” de La Nación, Buenos Aires, febrero de 1996.
28Cfr. TEM, “Mito, historia y ficción: idas y vueltas” en VVAA, Visiones cortazarianas. Historia, Política y Literatura hacia Fin del Milenio, México, Aguilar, 1996: 109-131. Cit p 109.
29fr. R. Barthes, El grado cero de la escritura, Buenos Aires, Siglo XXI, 1973:22.
30Cfr. del autor, “Evita: la construccioón de un ,ito”, en su libro El sueño argentino, Buenos Aires, Planeta, 199: 346-362. Cta p. 361.
31 Aunque TEM sostiene que “los autores de novelas no sabemos leer ni explicar nuestros propios textos” (346), la verdad es que en entrevistas y artículos suyos (a unas y otros hemos acudido frecuentemente aquí), da muestras de una penetrante capacidad de autoanálisis.
32Cfr. TEM, “La Argentina in fraganti”, en El sueño argentino, op.cit: 320-323. Cit. p. 322. El ensayo esta fechado en febrero de 1996.
33Vid T.O.Ducrot y T.Todorov, Diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje, Buenos Aires, Edcs. Siglo XXI, 1974 (1972).
34Cfr. César Güemes, “Argentina, en el engaño de creerse en Europa y no en América Latina; Eloy Martínez”, La Jornada, 19 de octubre de 1997.
35Vid Carlos Bousoño, El irracionalismo poético. El símbolo, Madrid, Gredos, 1977.
36Como es sabido del símbolo se ha tratado su relación con el mito en campos como la Antropología cultural (Levi-Strauss, Durand), la Mitología y la Mitocrítica (Dumézil, R.Caillois, N.Frye) y la Historia de las religiones (Mircea Eliade).
37Cfr. Marcelo Coddou y Ana Figueroa., “El vuelo de la reina o el viaje al otro lado del espejo” Alpha, Osorno, Universidad de los Lagos, 2003.
38Cfr. “Evita: la construcción de un mito”, art.cit.: 349.
39Son frases del mismo TEM, de su ensayo “Evita: la recuperación de un mito” : 356.&

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Liter-aria. Revista de escritura

María del Pilar Moreno Martínez es profesora en Letras, egresada de la UNT. Comparte su actividad como escritora de relatos y poemas con la producción de ensayos. Publicó en diversas Antologías . LA RAMA DORADA , POEMAS Y MUROS COMO PUENTES y DE RESTOS Y DE RETOS son TRES de sus libros publicados hasta ahora. Además creó y administra desde 2009 esta revista literaria en internet, LITER-ARIA, www.liter-aria.com.ar, que difunde escritura de jóvenes y adultos de nuestra provincia y del exterior. Fue Coordinadora de Talleres de Expresión y comparte su tarea escrituraria con la dirección teatral. Creó y coordina el grupo de arte EL CANDIL.