No lo vieron llegar. Ni tuvieron tiempo de escuchar el aletear del helicóptero que lo trajo desde el portaviones. Tras éste venían otros diez, pero el suyo volaba a la cabeza. A su vez, él también parecía un acorazado con todo el equipo destructor que llevaba encima. Estaba muy orgulloso de la técnica que lo apoyaba y de su inmenso y voraz poderío.

Abajo, acercándose y borrándose vertiginosamente por la carrera del vuelo, se veían las tiendas y carros de guerra del desierto infame y desproporcionado. Y dentro de las tiendas estaban los enemigos, los fanáticos, los podía ver entrando y saliendo, con la media luna del horror adivinada en las frentes brillantes de sudor, bajo los turbantes, más allá de las barbas, y aún más allá de la Palabra del Profeta cincelada en sus corazones. Estarían con las armas siniestras al alcance de las manos. Y seguramente, como todos ellos, con el odio carcomiéndoles las entrañas. Los aborreció como nunca antes, con el mayor desprecio, con asco. Una alegría feliz le inundaba el pecho. No quedaría nadie con vida. Y oprimió los botones. Y vio cómo los medianos cohetes acertaban para que todo saltara en mil pedazos. Cuando un segundo después observó las explosiones que quedaron atrás, y que hicieron vibrar su nave mientras se alejaba, se sintió un justiciero exterminador. Pudo imaginarse los cuerpos desmembrados saltando por los aires. En la frente sin turbante, a su vez, sin saberlo, se le adivinaba la Cruz del hijo de María, que nunca mató nada ni ordenó matar.

Y en su cerebro corrían las imágenes que le habían dibujado y sembrado con sus discursos los llamados líderes de la Democracia, que allá a lo lejos, donde no se escuchaban las explosiones ni se podía oler la carne chamuscada, eran los que acariciaban planes y habían oprimido y oprimirían botones más grandes aún. El ejército de palabras e imágenes que apuntalaron esa siembra eran las noticias que desparramaban a su manera por las radios y las cadenas televisoras. Se supo todo un héroe. Ya antes, él, y sus compañeros, al igual o peor que lo habían hecho los rivales que atacaba, que estaban y morían en las tiendas regadas sobre las arenas hostigadas, habían asesinado a cientos de niños indefensos e inocentes de otras regiones con sus bombas y cohetes. Niños y mayores que no tuvieron posibilidades de otras creencias y que al igual que los suyos no tenían culpa alguna ni merecían ese horrendo castigo. Igual que él muchos habían sido formados para odiar y matar, con armas y con sentimientos. Y lo peor, lo peor de lo peor, ni tan siquiera lo imaginaban y así podían creerse inocentes. Los que los aplaudían y se sentían orgullosos de ellos, y los llamaban héroes, de ambas orillas, lejos también, sin sentirlo en carne propia, tampoco lo sabían. Eran los cómplices y asesinos sin armas de la oscuridad. No comprendían nada. Pero los pocos soldados que llegaban a descubrir esa infamia de manipulación regresaban enloquecidos de las batallas a sus pueblos.

No podían perdonarse lo que habían hecho. Lo mismo los que iban de vuelta a Nueva York o Los Ángeles que los que regresaban a los suburbios de Damasco o Bagdad. Después del bombardeo nuestro soldado agarró el crucifijo que le colgaba al cuello y le dio un beso. Seguía contento. Detrás quedaba la sangre de la matanza y los estremecimientos de las fiebres y de los cuerpos mutilados. Cristo a su vez se estremeció de vergüenza al sentir ese beso. En el otro frente se estremecía Alá cada vez que escuchaba su nombre tras un ataque similar o peor donde otros morían. Y todos, vivos y muertos, estaban convencidos de que contaban con su dios, y con las respectivas bendiciones del mismo apoyando sus acciones y bendiciéndolos desde las alturas. Eso les inocularon y grabaron en la piel. Y como ovejas ciegas lo creyeron.

Y así se mataban. Y el poder oculto del dinero, el verdadero dios, en sus escondrijos de miles de iglesias regadas con sus cruces y sus cantos, y de enormes rascacielos y mansiones, y de orgullosos palacios y mezquitas a orillas del desierto, disfrutaba y se reía de los peones y microbios que tan fácilmente manejaba. Sí, ladinamente, el poder del dinero, tan oculto para tanta ceguera, se reía. Y se reía aún más de los fanáticos seguidores, combatientes por televisión, que sentados en mullidos cojines viendo y escuchando las noticias decían y dicen, y continuarán diciendo: “eso es lo único que se merecen”. Y mucho más se seguirá riendo ese poder siniestro de los que leen este escrito y lo consideran una pendejada.

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Liter-aria. Revista de escritura

María del Pilar Moreno Martínez es profesora en Letras, egresada de la UNT. Comparte su actividad como escritora de relatos y poemas con la producción de ensayos. Publicó en diversas Antologías . LA RAMA DORADA , POEMAS Y MUROS COMO PUENTES y DE RESTOS Y DE RETOS son TRES de sus libros publicados hasta ahora. Además creó y administra desde 2009 esta revista literaria en internet, LITER-ARIA, www.liter-aria.com.ar, que difunde escritura de jóvenes y adultos de nuestra provincia y del exterior. Fue Coordinadora de Talleres de Expresión y comparte su tarea escrituraria con la dirección teatral. Creó y coordina el grupo de arte EL CANDIL.