Sirama, la hija del cacique de los tahamíes, está sola en el bosque. Un leve llanto silencioso humedece sus mejillas mientras el musgo de los árboles destila gotas negras. Nadie es testigo de este llanto; sólo los árboles y los pájaros. Con una estaca de macana, ella sola había cavado una tumba en la húmeda tierra del bosque, y allí lo había sepultado. Había decidido que fuera así, sin ceremonias colectivas, ella sola con su muerto, con Yagiro, el hombre que había jurado amarla hasta más allá de la tumba. Y como si en el juramento hubiera estado presente de algún modo la sombra de un presentimiento, Yagiro murió tempranamente a causa de la mordedura de la más letal de las víboras, la llamada “serpiente negra”. Ahora Sirama hunde sus manos en el montículo de tierra de la tumba y hace hoyuelos para sembrar arbustos que florecen. Siembra cuatro, cinco arbustos, y dice: “Siempre habrá una alfombra de pétalos sobre tu sepultura, y siempre sonará mi flauta en memoria de nuestro eterno amor”; entonces el bosque entero y sus pájaros se quedan absortos, en suspenso, cuando Sirama toca en su flauta una extraña melodía.

Los días lentamente van pasando y llega mayo, el mes en que el bosque se llena de flores y de zumbidos de abejas. Arrodillada ante la tumba, Sirama habla tiernamente a su muerto. Cae la noche… y en el bosque flotan sombras silenciosas; pero Sirama no puede verlas porque está dormida. Tal vez una de esas sombras es Yagiro. Al amanecer, y todavía amodorrada por la niebla del sueño, Sirama dice quedamente: “Anoche tú y yo volamos juntos sobre praderas de un verde crepuscular, evanescente; y entre sombras sin rostros, flotamos en el profundo abismo del tiempo infinito”; y Sirama de nuevo se adormece, pero alcanza a escuchar ahogados sonidos de pasos sobre la hojarasca del bosque. Es un grupo de tahamíes con sus rostros pintados de achiote, al frente de los cuales se destaca la pétrea figura del padre de Sirama, que llega hasta donde está su hija, toca su piel y siente que el frío de la noche todavía permanece en el frágil cuerpo de la joven.

—Deberías volver a casa —dice el padre—. Las fiestas de mayo van a comenzar. Deja que el río del olvido lleve a sus muertos a la tierra del eterno reposo.

Sirama se levanta lentamente, mira la tumba, da media vuelta y acompaña al grupo. Al llegar a la plaza grande del caserío, Sirama observa que todos se afanan en los preparativos de la fiesta. Hay una alegre expectativa en los rostros, al tiempo que la tarde avanza en un creciente murmullo de voces y de risas; y en el preciso instante en que la luna sale, redonda y roja como fruta madura, estalla la gozosa algarabía de gritos y de cantos, acompañados por los agudos silbos de la flautas, por las zampoñas, las ocarinas de congolo y las tamboras. Hombres, mujeres y niños danzan jubilosos alrededor de la fogata, sobre la que arrojan puñados de maíz, mientras dicen: “Recibe nuestra ofrenda, oh Tahama, Madre luna, esquiva amante de nuestro Padre sol”. Y el aire se llena del aroma de la ofrenda.

—¡Que baile la bella! —dicen todos—, ¡que baile Sirama!

Y Sirama baila, moviendo bellamente su amplia falda roja y sus manos perfectas.

Al amanecer, todavía ebrios de chicha, los cuerpos yacen en el suelo sobre tibias mantas. También Sirama yace junto a su padre, cuyo rostro impenetrable es acariciado por las manos de la hija.

—Anoche comimos, bebimos, cantamos y danzamos —dice el padre—. Quizá mañana el día será negro, pero nada dura para siempre.

Una triste sonrisa se insinúa en el rostro de Sirama.

Los días, como granos de la mazorca del tiempo, se desgranan, se suceden, corroen la memoria, extienden musgo sobre la piel de los árboles.

Después de algunos meses, en los que no volvió al bosque, Sirama piensa de repente en las tumbas sin flores; piensa en los muertos —olvidados y muertos para siempre—, y un grito mudo agita su pecho. Corre entonces sobre caminos de dura piedra, sube laderas, penetra en el bosque y, vencida por un repentino agotamiento, cae de bruces. Algo se ha roto dentro de ella. Todavía aturdida, y con la boca llena de tierra, intenta levantarse, pero las piernas se niegan a sostenerla. Se arrastra pesadamente hasta la tumba; mas no la encuentra desierta y triste, como sospechaba, sino gloriosamente engalanada de flores vivas.

—¿Acaso has preparado para mí esta alegre bienvenida? —dijo Sirama.

Sintiéndose reanimada, se levanta; un extraño gozo la invade al sentir la invisible presencia de su muerto… pero de repente cae, abraza la tumba y se queda quieta para siempre. Entonces, algo así como el eco moribundo de una flauta se va desvaneciendo en la misteriosa inmensidad del bosque.

Nelson Zuluaica

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Liter-aria. Revista de escritura

María del Pilar Moreno Martínez es profesora en Letras, egresada de la UNT. Comparte su actividad como escritora de relatos y poemas con la producción de ensayos. Publicó en diversas Antologías . LA RAMA DORADA , POEMAS Y MUROS COMO PUENTES y DE RESTOS Y DE RETOS son TRES de sus libros publicados hasta ahora. Además creó y administra desde 2009 esta revista literaria en internet, LITER-ARIA, www.liter-aria.com.ar, que difunde escritura de jóvenes y adultos de nuestra provincia y del exterior. Fue Coordinadora de Talleres de Expresión y comparte su tarea escrituraria con la dirección teatral. Creó y coordina el grupo de arte EL CANDIL.