El tango es un cuento muchas veces repetido,
hasta hacerse muchas veces triste.

Quizá el haber escrito en estos días sobre Borges en el trabajoso cuento Borgestrasse, con su tejido de pasos agobiantes moviéndose entre diferentes tiempos y personajes, con sus esclarecimientos y lobregueces, y con sus choques en cualquier esquina, de sorpresa en sorpresa, me haya inducido a este desplazamiento hacia otras inquietudes y vivencias en el recuerdo de mis visitas a Buenos Aires. Y es gran experiencia estar en dicha ciudad, con sus calles adoquinadas y sus extraordinarios ambientes donde nada es pequeño para que sobren los espacios y los brazos puedan gesticular en libertad.
En Buenos Aires, aún siendo una ciudad rápida, se puede respirar de una manera diferente y más amplia que lo usual. Igual sucede en Mar del Plata. Y para mí, decir Argentina y decir Buenos Aires es recordar a José Hernández y su Martín Fierro, y al soberbio Almafuerte con sus Sonetos medicinales, y a Güiraldes y Don Segundo Sombra. Y es sentir que por allí caminó Cortázar, y que allí vivió y amó Alfonsina, y que allí sufrió y murió el selvático Quiroga, junto con ella y con Lugones, por muy uruguayo que fuese.
Y recordar a Buenos Aires es revivir los quejidos de los fuelles del bandoneón y las caricias y acordes de las guitarras en la noche tanguera y de tragos de un soñado arrabal, escuchando la voz cantante de mi entrañable amigo “el negro” Argentino Ledesma con su “Fosforera” y su “Cuartico Azul”. Y es asistir al Teatro Colón para escuchar el concierto para violín y orquesta de Tchaykovsky interpretado por Ruggiero Ricci; y es andar por Florida y Laballe, y por Corrientes; y por la Boca; y es escuchar los tangos y zambas y milongas, y sobre todo, pero ésta más que otras cosas por historias personales, no perder nota del siempre evocador tango “El último café” de Stamponi y Castillo. Y ya se entenderá con lo poco dicho que este relato es sencillo y por lo tanto nada filosófico.
El concierto de Ricci en el Colón fue en el año del Mundial de fútbol, 1978, y el inmenso teatro había sido remozado a su máxima plenitud. Reventaba de oros y de terciopelos rojos. Y se sobraba con una audiencia de colmena murmuradora de personas elegantes a la antigua, de voz baja y andares despaciosos, la mayoría viendo a la redonda, observando para ver si eran mirados, luciendo y bebiendo sus copas de champán nacional entre sorbos y notas de risas perfectas. Las mujeres, sofisticadas, de vestidos largos, y de pieles y collares bajo los altos peinados y los muchos humos altaneros, pero muy elegantes, y los hombres hasta de sombreros de copa y monóculos, opinando sobre el concierto, y sobre la orquesta y el Director como verdaderos conocedores del género. Todos con la desenvoltura certera y con los gestos repetidos del destiempo de vivir en otro siglo.
Pero de fútbol, que corría simultáneo en el Mundial a unos pasos de allí, con la absurda mayor importancia que el Aniversario del Gran Teatro y que la vida toda, y que impregnaba y daba color a todas las atmósferas de la ciudad, para mí, no nada, gracias, como inexistente. La fiebre del fútbol, para muchos ineludible, nunca la he tenido. Me imagino que se debe a que soy caribeño y profundo admirador de Borges, a quien ese deporte le resultaba execrable en extremo. Con la imaginación hice esa alianza. Pero escuchar ese tango “del último café”, que es el núcleo de esta historia, siempre ha sido a lo largo de los años, desde mucho antes de aquellos días, volver a vivir lo imposible que la muerte impone y que es el estar con “el negro Ledesma” una vez más en un desteñido y umbroso cafetín de una barriada porteña, compartiendo una noche de linda despreocupación para escuchárselo cantar entre amigos y parrandas.
Y allí agradecérselo, en un ambiente de bohemia de otro siglo también, quizá igualmente una caricatura ideática para armar y ambientar un sueño propio de una época alimentada por el cine, que se añora con demasiada intensidad, entre gente de trajes ceñidos y oscuros, y bufandas, y sombreros calados casi hasta las cejas, y que son siempre copias pero a veces aproximaciones bien acertadas de la actitud y la pinta del idolatrado Gardel. Y esto a todos los niveles. Y dejar pasar las horas, para terminar la noche tomando un brandy y otro brandy más para seguir en calor, y ver y escuchar a mi amigo Ledesma riendo y cantando con aquella simpatía y naturalidad tan suyas.
La última vez que estuvimos juntos en Buenos Aires, (nos hubimos de conocer en Caracas), ambos con muchos tragos entre pecho y espalda, después de alucinantes visitas a varios locales en rondas y más rondas por la ciudad, en tan enloquecidos recorridos que se montaba muerto de risa en las aceras con las ruedas del carro, acompañado de guitarras en esa ocasión me cantó mi tango en el llamado bar de Pichuco, un histórico local en un oscuro barrio porteño. Las guitarras y él llenaban plenamente el espacio.
Aún puedo escucharlo con su hermosa y potente voz superando las rutas del tiempo y superando también con el mejor gusto de interpretación la letra y la melodía de la hermosa canción: “Del último café,- que tus labios con frío,- pidieron esa vez,- con la voz de un suspiro,- recuerdo tu desdén,- te evoco sin razón,- te escucho sin que estés,- lo nuestro terminó dijiste en un adiós de azúcar y de hiel…”. Maravilloso, sin una simple mácula.
Y esa misma noche, ya tarde, se presentaron Alberto Cortés y Edmundo Rivero, ajustados al espíritu porteño en ropas y actitud y con deseos de que la noche no terminara nunca. Y también cantaron. Rivero cantó “Sur”, entre otras, parado junto a nosotros, tan enorme como era, con el acompañamiento acostumbrado del local y Cortés con su hermosa guitarra, sentado a la mesa, cantó lo mejor de su repertorio a petición del negro y tan sólo para que los tres se acompañaran y gentilmente me halagaran con sus canciones y tangos y zambas.
Y allí nos quedamos, aferrados a las solapas de las altas horas de la madrugada, reteniéndola, para que se detuviese renegando del sol y no desmayara con intención de retirarse, y para que no naciera el cansancio, y para que no se agotaran los tragos y la música. Hasta un enorme bombo legüero apareció como una presencia de encantamiento colgando en el pecho de un hombre pequeño y liviano, y narizón, que no dijo una palabra en horas de estar allí, con cara de un eterno trasnocho en la incipiente barba y en las ojeras hundidas entre sus facciones agudas y las cejas muy pobladas y renegridas, cual un siciliano desperdigado, que parecía estremecerse junto con el cuero cuando lo hacía retumbar con sus golpes en el escaso local de difusa luz. Se sentía el espíritu, y el latir, y el ritmo y la armonía de Tucumán y de Santiago del Estero, con la Argentina toda en cada golpe que el seco pequeñín daba con el mazo contra el cuero del tambor para recordarnos también las Pampas, y los gauchos y la Tierra del Fuego.
Pero nada de esto sería trascendental, ni digno de contar, si no fuese porque después, mucho después, y muy significativo para mí, a miles de millas y de costumbres de distancia, no sucediera que separándome de mi última compañera, viviendo en otra noche mi propio tango de tristeza, y la perversa emboscada de una conversación espinosa de inevitables reproches y reclamos en otro cafetín, estando sentados a una mesa ante el ineludible colofón y suspenso de ruptura que se había abierto ya hacía algún tiempo, pero que no se terminaba de aceptar, se dijo como en la letra del tango de marras “lo nuestro terminó”.
Pero esta vez las palabras se enfrentaban como cortadas por navajas sobre una mesa vacía, sin tazas, sin azúcar y sin café, sin recuerdos agradables, sin mi acostumbrado trago, pero sí con mucha hiel y más desdén y altanería de lo esperado flotando en el espacio. Y no me sentí “morir de pie”, ni nada por el estilo, ni por aproximación, como también dice el tango. No, sentí que una corriente desconocida me bajaba por el pecho y me aligeraba el vivir. Pero sí me alcanzaron los zarpazos y los gestos de una a medias mentida indiferencia que no quería mostrar ni aceptar sus heridas.
Y era sencillo. Hería el presente y no el pasado. Hería la manera y no lo que estuvo en el fondo. Y aprendí de los límites de la impiedad y del frío más despiadado que latían en esos gestos y esas mentiras que nunca antes pude percibir como posibles y que durante años respiraron a mi lado. Y de mi parte, agradecido de tanta liberación, sentí bruscamente el alivio de vivir la muerte de un posible y orgulloso rencor que nunca llegó a asentarse más adentro, por un instante presente pero al final brotando en un aliento de fuerza sedosa desde el centro del pecho, para quedar de una vez seco de esa pasión y de su equivocadamente esperado padecimiento. Pude ver la verdad en un instante de una mirada que lo dijo todo sin pretenderlo. Seguramente mi actitud fue similar y habló en el mismo idioma para que ella llegase a iguales conclusiones. Ojalá que haya sido así. Todo tiene dos orillas.
Y de paso aprendí en esta experiencia, como un mazazo, que no se debe llorar por quien nunca podrá llorar por ti. Y entonces no lloré. Y después, tampoco. Lo vi muy claro en la reciprocidad de las miradas y en la dureza de la voz. Y aunque era muy poco lo que quedaba, cual raíces también secas, allí sucumbió ese resto de amor que en mi pecho a esas alturas no causó tormento alguno. Quizá el vacío del desengaño que sentí fue más profundo y liberador que la aparente pérdida de una mujer tan bella, con la que culminaba un adiós tan hondo en ese instante de separación por mi parte sin encono.
Después ya no supe más, ni quise saberlo, ni me interesaba, ni busqué explicaciones. Ni hoy me interesa. Después tan sólo necesitaba una mayor distancia y un no saber nunca más de esa piel, ni de esa boca, ni de inventar excusas, ni de reproches, ni de reencuentros. Ya después, poco tiempo después, no necesitaba el agua de ese manantial y hasta la magia de ese sexo rechazaba. Ese querido tango, de verdad latiendo y dando voces dentro de mí por tanto tiempo, afincándose, enseñándome, dando campanadas, me había preparado el camino sin yo saberlo ni presentirlo para superar con calma ese momento que había imaginado como un golpe muchísimo más duro de lo que nunca llegó a ser. Sentía los hombros ligeros y el agobio había volado hacia una nada.
La veía entre penumbras, y me fui, tras una última mirada de despedida y asentimiento que la recorrió de pies a cabeza en la posición en que estaba sentada a la mesa vacía, junto con la noche y el espíritu del movimiento de ese otro cafetín y de su callado bullicio que simulaba desplazarse como una burla en cámara lenta. Las bocas hablaban sin soltar palabras. Los instrumentos sonaban sin música alguna. Las parejas bailaban al compás de la memoria.
Y me fui sin decir otra palabra, tranquilamente, caminando sin voltear a verla “una vez más” como la mente pedía, como sería lo normal cuando algo se pierde y duele. No, me alejé aliviado con mi cigarrillo y las manos en los bolsillos. Y me fui, como condescendiendo y entregándole la razón, no queriendo más enfrentamientos, interpretando a un hastiado culpable que ya no quería herir ni que lo hirieran más. Y salí. Y me alejé, sin apuro, por una estrecha acera, sintiendo en la cara el fresco de la noche, hasta entrar en otro local más que conocido, en la misma calle, a tres cuadras, ahora sí a tomar un café a la salud de mi querido Ledesma y de los compositores del excelente tango que tanto me había marcado y preparado. En mi caminar por la acera no dejaba de tararearlo entre irónicas sonrisas. “El ultimo café, lararí laralára”.
Y después, recostado a la barra del nuevo cafetín, frente a la taza, y observando el ambiente, no muy distinto a los de tantos otros que he conocido, que resultó ser un punto de partida hacia otra vida, sin aquel lastre de emociones que tanto pesaba y que dejé atrás, disfruté cual si fuese un néctar de alivio ese otro café que no fue amargo y que ni remotamente sería el último.
Y así hasta que más tarde, sonriendo satisfecho, con ese sabor del café puro en la lengua, y en el placer de la mente, ir a la puerta y salir de nuevo a la noche de la ciudad y a las posibilidades que trajera el viento. Y afuera seguía el movimiento de mi ciudad. Sin lugar a dudas que la vida no se había detenido. Tan sólo la noche no era tan oscura y la niebla era para mí menos espesa. Y me alegré al sentir mirando hacia atrás, y ver los desperdicios, que ya no se podrían recoger ni juntar los pedazos que quedaron regados y perdidos en el camino si acaso alguno pretendiera rehacer una destruida armazón de pasiones y desengaños y mentiras que por suerte nunca más regresaría. Todo estaba pisoteado y en ruinas. Y aprendí algo más: después de la mortandad nada de lo ocurrido tenía la menor importancia. El alma sabe cicatrizar. No la tenía ella. Ni la tenía yo. Ni lo que ambos habíamos perdido. Quedaba abierto el espacio de la libertad para nuevas ilusiones, que sí la tenía.
Nunca más nos hemos encontrado. Quizá algún día sucederá, si es que acaso llega a leer este relato y alcanza a reconocerse. Pero lo dudo, pensará que se trata de otra historia y de otro tango. O ella tendrá por su lado otra canción. Como yo tengo la mía. Que es la misma de antes, la de Ledesma. Que aún no me he cansado de entonar a mi manera: “Del último café, que tus labios con frío, pidieron esa vez, con la voz de un suspiro…”

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Liter-aria

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