¿Tiene la responsabilidad límites? No. No cuando el horror de una acción salvaje acaba con la vida de seres humanos inocentes e indefensos en su desconocimiento absoluto de la iniquidad de algunos, primero y luego de todos nosotros.

Este atentado sucedido hace diecisiete años ya y que aún no encuentra justicia; como todo atentado contra la persona humana, nos atañe y convoca a nuestra responsabilidad primera e intransferible. De lo contrario, con nuestra aprobación como con nuestra resignación o prescindencia, convalidamos esos hechos porque ellos mismos son, en esencia, un rasgo de la sociedad en la que vivimos y actuamos.

Nada de lo nuestro, nos es ajeno. No podemos alegar desconocimiento o menos aun, que es asunto de otros porque poco nos faltaría, luego, para decir que en algún sentido, algo deben haber hecho. Eso ya lo vivimos, escuchamos y sentimos en nuestra interioridad.

Porque el atentado a la AMIA nos remite, quiérase o no, a lo que hoy llamo el factor Auschwitz. Nuestra sociedad occidental hace mal en olvidar parte de sus raíces, porque ante todo, provenimos de dos fuentes: Atenas y Jerusalén. Dos tradiciones, una abierta y la otra que intentamos muchas veces olvidar u ocultar, recordando a Hannah Arendt cuando hablaba de la “tradición oculta”.

No podemos seguir ocultándonos tras las celosías de una ventana cuya casa fue demolida por los hechos y las flagelaciones al espíritu humano, comenzando en Auschwitz mismo, como complejo carcelario, aquel universo de concentración del que no debemos olvidar una sola mota de polvo siquiera.

Ahora tenemos y seguiremos teniendo con nosotros al factor Auschwitz como símbolo de nuestras miserias más nauseabundas pero que aun podemos encontrar en cada uno de nosotros al permitir desde la acción o desde el silencio, su permanencia en todo atentado que la persona humana recibe por imperio de la necrofilia de unos, esas larvas humanas que perviven en las cloacas de las ciudades.

La llamada “cuestión judía” de la que tanto en algún momento hablaba Sartre, no es una cuestión de algunos, sino que es la cuestión del hombre moderno la llamada “cuestión del otro” o filosofía de la alteridad que no habla de otra cosa que del diferente, el extranjero, en suma, nuestro reflejo, o el reflejo de nuestras iniquidades en ese otro que aun ni conocemos y mucho menos vimos y percibimos.

Tan fácil es transferir nuestras culpas, tan cierto como que nos deshumanizamos al hacerlo, perdiendo identidad y sentido en tales acciones. Ante ello, solamente cabe ir en pos de ese otro, no como prójimo, sino como otro que es, con cuya complementariedad y conocimiento, lograremos reconocernos y ser personas. Porque no es otro el modo, el que tiene el ser humano en devenir persona sino en el compromiso primero e intransferible de nuestra responsabilidad para con el otro.

La exclusión y el desvío de la mirada ante situaciones como la que hoy nos convoca a la reflexión, solamente nos hará perder, reitero, identidad y sentido, proyección y trascendencia. Porque no basta el saber sino lo traducimos en un saber trascendente y este tampoco ameritaría el justificar una vida humana si no deviene en actitud de vida traducida en la escucha atenta al llamado del otro, en su comprensión y corresponsabilidad en su destino.

La AMIA, desde el clamor de los ochenta y seis inocentes asesinados, hoy somos todos, porque todos sin exclusiones tenemos grabado en nuestra conciencia al factor Auschwitz.

No hay que ser judío para sentirse conmovido y llamado a hacer algo en pos de la verdad, basta con ser humano. El día en que nos olvidemos de ello, seremos también cosificables por las larvas que generación tras generación, buscan reptar en el muro de la ignominia para tratar de entrever lo que su misma condición les impide: elevar la vista al cielo.

¿Cómo podemos sentirnos y estar ajenos a esta brutal condición humana de unos pocos que, desde el poder y con la razón del Estado pudieron hacer y deshacer, matar e incluso luego inculpar a otros o recrear una historia hasta fabular otra, volviendo a matar a quienes mataron en el primer acontecimiento, acompañados del sufrimiento de todos quienes en vida conocieron a aquellas víctimas bien, como de cualquier otro ser humano que, sensible a esto, sufriera a la par de los otros, el mismo e intransferible dolor?

¿Cómo? ¿Quién? ¿Hasta cuándo? ¿Acaso hemos olvidado quienes somos? ¿Nuestra memoria de qué se compone si no mantenemos ante nosotros la ausencia de justicia como tarea a encarar y operar para que se restablezca lo que nunca debió dejar de suceder, el hacer justicia ante un crimen de lesa humanidad?

Bien dijo Theodor Adorno, que la educación en general carecería absolutamente de sentido si no fuese educación para una autorreflexión crítica. Ese mismo Adorno, que conmoviera al Occidente, despertando conciencias adormiladas cuando lanzó su imperativo categórico; el famoso: Nunca más Auschwitz.

Dijo Adorno: “Finalmente, la educación política debería proponerse como objetivo central impedir que Auschwitz se repita. Ello sólo será posible si trata este problema, el más importante de todos, abiertamente, sin miedo de chocar con poderes establecidos de cualquier tipo. Para ello debería transformarse en sociología, es decir, esclarecer acerca del juego de las fuerzas sociales que se mueven tras la superficie de las formas políticas. Debería tratarse críticamente –digamos a manera de ejemplo- un concepto tan respetable como el de “razón de Estado”: cuando se coloca el derecho del Estado por sobre el de sus súbditos, se pone ya potencialmente el terror.”

Hoy creo que nos estamos cosificando. Estamos perdiendo, día tras día nuestra sensibilidad para con el otro, la voz de la conciencia cada día modula más y más lejos de nuestros oídos. Y debemos ser conscientes de ellos.

Porque siempre estaremos a tiempo de dar vuelta y corregir el rumbo. Y esto no puede ni debe ser tomado como consuelo, ya que nos sirve sólo para constatar lo obvio de las larvas humanas que mejoran con la humanidad de los otros.

Todavía estamos a tiempo. Siempre lo estaremos. Porque somos seres finitos, porque nos espera la muerte, porque luego, tenemos, como dijera Horkheimer, sólo el anhelo: ”no el anhelo del cielo, pero sí el anhelo de que este mundo horrible no sea el verdadero, el anhelo de justicia, no el dogma de que existe un Dios que la lleva a su cumplimiento. Y pienso que este anhelo, y todo lo cultural que se relaciona con él, es uno de los elementos que habría que conservar a lo largo del progreso para que no nos adaptemos solo a los hechos que configuran la marcha de la historia”. Para que seguida y finalmente, agregue lo siguiente:”Mi pesimismo se entiende mejor si se asume con él el pensamiento que yo siempre he expresado (…), el lema: pesimista en la teoría, optimista en la práctica; esperar lo malo, y no obstante intentar lo bueno. Lo que vale también para la teoría crítica: expresar lo malo y tratar de cambiarlo en la praxis.”

Entonces, ustedes y yo, hoy y mañana, y cada día de nuestras vidas, tenemos una tarea: sea por el atentado a la AMIA, o bien sea por la iniquidad humana que fuere, aun sin que ella se produzca: tener en nosotros activo el factor Auschwitz, que nos lleve a un estado de alerta para tales acciones, desde un hacer libre y responsable en consonancia con los otros, sin pensar ni llamar extranjero o diferente al otro.

Por el contrario, debemos estar a la escucha de sus latidos, atentos al servicio solidario y maduro de una persona que, sabiéndose humana, se dispone a estar al descampado para mejor vivir y sentir lo glorioso que nos depara un día cualquiera. Porque ante todo, la vida tiene sentido, sí y sólo sí, es vivida con dignidad.

San Miguel, Invierno de 2011.

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Liter-aria. Revista de escritura

María del Pilar Moreno Martínez es profesora en Letras, egresada de la UNT. Comparte su actividad como escritora de relatos y poemas con la producción de ensayos. Publicó en diversas Antologías . LA RAMA DORADA , POEMAS Y MUROS COMO PUENTES y DE RESTOS Y DE RETOS son TRES de sus libros publicados hasta ahora. Además creó y administra desde 2009 esta revista literaria en internet, LITER-ARIA, www.liter-aria.com.ar, que difunde escritura de jóvenes y adultos de nuestra provincia y del exterior. Fue Coordinadora de Talleres de Expresión y comparte su tarea escrituraria con la dirección teatral. Creó y coordina el grupo de arte EL CANDIL.