La connotación negativa del término “intelectual” durante este período proviene de su vinculación con la civilización liberal que habría atentado contra las raíces de la patria. La prédica del “nacionalismo popular” durante los años 40 y luego durante el peronismo, sirvió para condenar a los intelectuales, desde Sarmiento hasta la Reforma, pasando por Sur y La Nación.
El advenimiento del peronismo constituyó una mutación cultural en la historia argentina. Caracterizado por un antiintelectualismo pronunciado, su política cultural se limitó a una gestión autoritaria que se manifestó rápidamente en su decisión de no compartir el control de los medios masivos (radio, cine, prensa). La alternativa entre “libros y alpargatas” tan en boga en su momento, tenía su raíz y su fundamento en la pertenencia mayoritaria de los intelectuales a la tradición liberal. Ellos se opusieron de manera abierta a casi todo lo que el peronismo venía a encarnar, y que verbalizaron como “engaño”, segunda tiranía, demagogia.  La universidad corrió una suerte similar a la de los medios de difusión;  se las intervino para frenar su abierta oposición al régimen y se impusieron ideas fuertemente conservadoras y nacionalistas (Sigal; 1991: 42-48).   El gobierno excluía toda oposición política abierta, pero se contentaba generalmente con signos exteriores de lealtad. En lo esencial, la docencia se abrió al pensamiento católico más reaccionario o a profesores sin otra legitimidad que su profesión de fe política, los  “flor de ceibo”. El gobierno no impuso en los círculos de la cultura docta una verdadera sujeción ideológica, sino que requirió pasividad en el plano político.
A pesar de algunos encontronazos con el régimen, Sur y el suplemento literario de La nación aparecieron regularmente; revistas como Realidad o Imago Mundi, ofrecían líneas de una política cultural alternativa.  El Colegio Libre de Estudios Superiores adquirió un rol importante pues profesores que habían dejado la cátedra estatal universitaria siguieron enseñando allí.  Así, durante la década peronista, se mantuvo y diversificó una vida intelectual extra estatal a menudo sobre la base de instituciones preexistentes.
El peronismo por su parte, no creyó necesario colocar en puestos de decisión a aquellos intelectuales nacionalistas que apoyaron el golpe de 1943, salvo a Gustavo Martínez Zuviría, Héctor Llambías y Bonifacio del Carril.  Lo cierto es que el peronismo frustró a muchos ideólogos  militantes que invocaban a las Fuerzas Armadas esperando un César popular y católico y convocó sólo a algunos conservadores tradicionales o próximos a la Iglesia, integrándolos a la universidad y al aparato judicial.  El puñado de hombres de tendencia nacional-populista (FORJA) que adhirió inmediatamente al peronismo, quedó relegado a los márgenes del movimiento y del poder.
Como “movimiento revolucionario” el peronismo postuló una cierta aspiración hacia la totalidad de la nación,  hecho poco conciliable con el  normal funcionamiento pluralista de partidos. La formación de unas no muy definidas franjas ideológicas de izquierda y de derecha en los bordes del peronismo, parecía atentar contra la posibilidad de sintetizar las diversas aspiraciones en una confluencia coherente y duradera.  Sin embargo, a través de la figura de Perón y de su esposa, la gran mayoría de sus seguidores se sintió identificada con la amalgama de elementos nacionalpopulistas, sindicalistas y socialcristianos que constituyó el núcleo de su doctrina.   Había reorganizado las fuerzas sociales  y su movimiento había constituido un nuevo protagonista: el pueblo/trabajador.
Desgarrando los principios de  la cultura política preexistente, había levantado contra él un frente heterogéneo, que se extendía desde el Partido Comunista hasta los grupos conservadores. Izquierda/derecha, nacionalismo/liberalismo; laicismo/ catolicismo.  Casi todos los códigos que regían la cultura política saltaron en pedazos en 1945.  La Unión Democrática y el antiperonismo intentaron reunir las piezas de las configuraciones ideológicas anteriores.  El resultado fue un rompecabezas cuya fuerza provenía, tanto de la reacción frente al autoritarismo gubernamental, como de la resistencia a la nueva ciudadanía popular y se cimentaba sobre bases análogas a las que mantenían unido al movimiento populista: el significado de la pareja Perón-Eva Perón.  Popular y autoritario, el régimen forzaba a sus adversarios a definirse en función suya. (Sigal; 1991: 52-53).
¿De dónde provenía el principal apoyo social del régimen?
Las condiciones generadas por el impacto de la crisis de 1930, se tradujo en el paulatino desarraigo de  los habitantes del interior quienes, poco a poco fueron dejando el campo en busca de trabajo a centros urbanos. Muchos de aquellos sectores que se consideraban los dueños legítimos de las ciudades y que no habían percibido aún claramente que éstas estaban siendo rodeadas desde sus márgenes por esa población, se sintieron amenazados ante la ocupación de los espacios públicos por una masa tan diferente en aspecto y costumbres a quienes Perón dotaba de voz y presencia. El interior del país había ganado La Plaza y al hacerse “visible” a los ojos de los otros, destruyó el mito de una Argentina que sólo descendía de “los barcos”.  “Los cabecita negra”, cuya diferencia cultural y “racial”, -por su color más oscuro-, que coincidía con la diferencia de clase, era percibido por el “nosotros” porteño, como un “ellos”.  En sus lugares de procedencia, serían “esos negros faltos de cultura, resentidos, que ahora se creían otra cosa y se negaban a ocupar el lugar que les correspondía”. Se avivó la fractura fundacional y nuevamente se dividieron los bandos que agitaban banderas que enfrentaban la “civilización” con la “barbarie” de esta masa recién descubierta.
El Peronismo, que construyó su imagen fundamentalmente durante la Primera Presidencia, reaccionó a través de Eva Perón contra los principios de “la oligarquía”. La revalorización de las clases subalternas movilizadas, representada por “los descamisados” y  los “humildes”, tanto desde el discurso, como desde la acción estatal, produjeron en el imaginario social una conmoción revulsiva por un lado, una nueva conciencia de sí, por otra. Las fronteras internas de la Argentina, desterradas de la imagen idealizada de nación y representadas por los “humildes”, alcanzaron status de persona y disputaron un espacio dentro de las clases medias argentinas, para preocupación de vastos sectores que no se acomodaban a la idea de esta súbita materialización social.
Los intelectuales sintieron que se avivaba la fractura de la Fundación y que los cimientos de la identidad imaginada se conmovían ante la presencia de la “barbarie” de estos actores antes ignorados.  La escritura, que había servido en su momento para lograr la conexión “imaginada” de la Nación, amplió su influencia a los primeros años escolares, conectando la figura del líder y su esposa con los principios de la nueva Nación.  Asimismo, la oralidad  adquirió un nuevo status con la difusión de la radio, y la conexión de Perón y su esposa con las masas a través del contacto directo que se generaba entre el “balcón” y la “plaza”.
Algunos de los principios que estructuraban la imagen del enemigo en el peronismo de la primera fase eran el “capitalismo”, “el imperialismo económico” y la “oligarquía”. Se designaba como capitalismo a los sistemas económicos caracterizados por una débil intervención estatal en la vida económica; de allí que el objetivo expresado condujera a convertirlo en un capitalismo “humanizado”. El imperialismo económico se materializaba en la política exterior de EEUU, que dominaba a los países dóciles mediante presión económica y amenaza política.  El enfoque de la encíclica “Rerum Novarum” sobre las fuerzas hostiles al cristianismo parece haber influido en los argumentos que usó Perón. En aquella descripción, los forjistas y peronistas de los años 40 podían ver en ella la imagen de lo que ellos denominaron la “oligarquía”, que englobaba la clase alta y los dirigentes de los partidos tradicionales.
La conciliación de clases, el anticomunismo, la tercera posición, las jerarquías dentro de la “comunidad organizada”, completaban el discurso peronista. Sin embargo, luego de la caída del régimen y, ante la convicción de que las lecturas realizadas por los intelectuales liberales tradicionales no podían dar cuenta de la complejidad del fenómeno, la generación más joven inició un vasto proceso de discusión  y revalorización del discurso nacionalista de Perón.  Durante la década del 60 y al calor de los procesos de la descolonización y la Revolución Cubana, muchos intelectuales dieron un giro de 90 grados; lucharon por conquistar a la masa peronista a cuyo entender se encontraba “vacante”; influyeron a vastos sectores de la clase media y, como se analizará en el apartado que sigue le adjudicaron a Perón una ideología que llamaron “socialismo nacional”.

Bibliografía

Perón, J.D. (s/f). La comunidad organizada.  Buenos Aires. Cepe.
Sigal, S. (1991) Intelectuales y poder en la década del 60. Buenos Aires. Punto Sur.
———– y E. Verón. (1986). Perón o muerte. Las estrategias discursivas del fenómeno peronista. Buenos Aires. Legasa.
Terán, O. (1991).  Nuestros años sesentas. La formación de la nueva izquierda intelectual argentina. 1956-1966.  Buenos Aires.  El cielo por asalto.

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Liter-aria. Revista de escritura

María del Pilar Moreno Martínez es profesora en Letras, egresada de la UNT. Comparte su actividad como escritora de relatos y poemas con la producción de ensayos. Publicó en diversas Antologías . LA RAMA DORADA , POEMAS Y MUROS COMO PUENTES y DE RESTOS Y DE RETOS son TRES de sus libros publicados hasta ahora. Además creó y administra desde 2009 esta revista literaria en internet, LITER-ARIA, www.liter-aria.com.ar, que difunde escritura de jóvenes y adultos de nuestra provincia y del exterior. Fue Coordinadora de Talleres de Expresión y comparte su tarea escrituraria con la dirección teatral. Creó y coordina el grupo de arte EL CANDIL.