¿De qué manera el estado llega a ejercer el poder?
Lo hace a través de diversas capacidades: haciéndose reconocer como unidad soberana por otros estados; manteniendo bajo su control los medios organizados de coerción; extrayendo recursos de la sociedad civil; y lo que ahora nos interesa, internalizando en la sociedad una determinada identidad colectiva. Mediante la creación y difusión de valores, conocimientos y símbolos, refuerza sentimientos de pertenencia y solidaridad social a fin de legitimar el sistema de dominación establecido.
El Estado, a través de la penetración ideológica que lleva a cabo mediante la sociedad civil,  intenta convertir la dominación en hegemonía, el beneficio particular en interés general.  En este proceso cobra fundamental importancia la participación de los intelectuales, actores centrales del combate cultural que se libra en la lucha por el consenso y la conquista de la hegemonía.
¿De qué manera participaron los intelectuales antes del Peronismo?
Los sectores “ilustrados” del siglo XIX, fundamentalmente los pertenecientes a la Generación del 37, animados por el Romanticismo, generaron a través del periodismo, la literatura, el derecho, la conducción del Estado, los principios fundacionales que sirvieron de base para construir la Nación. Definieron bajo qué condiciones las personas podrían participar de la vida social en el territorio que se estaba constituyendo, y cuáles los valores seleccionados como orientadores de vida.  A partir de ese momento,  la frontera  civilización-barbarie, que les había servido de clave de lectura para la interpretación de la realidad, se convirtió en una herramienta de exclusión social cuya influencia, aunque diluida,  permanece todavía como rasgo de la “identidad nacional” actual.
Los intelectuales del Estado Oligárquico, siguiendo las preocupaciones de la Generación del 37, retomaron la operación fundacional “civilización vs barbarie” con la que se había abordado la cuestión del “otro”, y la aplicaron al nuevo esquema de organización social. A partir de comienzos del siglo XX, mediante el discurso seudocientífico  del positivismo legitimaron inclusiones, y sobre todo, exclusiones del ámbito social.  El negro, el indio, el inmigrante, eran los sujetos que encarnaban una “diferencia” problemática de elaborar, y a partir de la cual se continuaron y profundizaron los discursos racistas de la colonia.  Los estereotipos y generalizaciones se articularon discursos racistas que fueron legitimados por instituciones educativas, jurídicas, sanitarias y militares. Paradojalmente, como la presencia del aluvión inmigratorio procedente de espacios y etnias descalificadas parecía amenazar el orden instituido, los intelectuales del Centenario convocaron desde el pasado cercano al gaucho, al gran derrotado de la Organización Nacional, para que representara al “espíritu de la raza”.
La capacidad del Estado Oligárquico para generar una identidad colectiva se apoyó en la situación económica excepcional de las primeras décadas del siglo, que llevó a la creencia en un porvenir predestinado al “éxito”. Se colocaron, de ese modo, las bases de la futura “Argentina Potencia”, exhumada durante la última presidencia de Perón, y cada vez que se necesitó inyectar optimismo sobre el curso de la realidad argentina. La hegemonía cultural de la burguesía se manifestó en la adscripción a sus valores por parte de algunas clases auxiliares: el refinamiento aristocratizante, el ocio, la moda, el apellido, la concepción rentística de ganar dinero.
Así como el nacimiento del Estado–nación estuvo signado por la participación política plena de los intelectuales, la llegada de los radicales al poder en 1916, trasladó el lugar que habían ocupado los intelectuales de la elite política, a la clase política argentina. Cuando la dirección del Estado pasó a los grandes partidos, los intelectuales entraron en un relativo ostracismo político: ni los grandes partidos nacionales, ni los sindicatos, ni el Estado, ni los militares creyeron necesario darles un lugar en tanto tales, y menos a quienes se encontraban en el cruce de la herencia liberal y la expansión de las izquierdas.  En cambio, no sucedió lo mismo con algunos intelectuales del nacionalismo ya que fueron invitados a participar de los gabinetes de gobiernos militares.
La aplicación del voto obligatorio conllevó la necesidad de transformar a los habitantes en ciudadanos y activó la preocupación por construir la nacionalidad y el desarrollo de mecanismos de identificación e integración de la sociedad en torno del estado.  Después de la Primera Guerra, ante la crisis del consenso liberal fundado en la certeza del progreso indefinido, y el estallido de la Revolución Rusa, se fueron consolidando corrientes de intelectuales que darían respuestas a estos nuevos planteos.   La cuestión de la nacionalidad se fue tornando cada vez más conflictiva a causa del panorama sombrío producido por las huelgas y manifestaciones, que ‘naturalmente’ debían estar dirigidas por ‘anarquistas’, ‘extranjeros’ y a veces por ‘judíos’. Hacia los años 20 la etapa del nacionalismo cultural integrador planificado desde el estado parecía haberse agotado, y surgieron otras tendencias que reclamaron para sí la representación de la patria.
Así como en etapas anteriores las exclusiones se habían centrado en aspectos étnicos  y culturales, a partir de este momento y en consonancia con los procesos autoritarios que se registraban también en Europa, a esa discusión sobre la legitimidad de la ciudadanía se agregaron las diferencias de índole ideológica y política. El exacerbado orgullo argentino basado en la bonanza económica, sufrió una primera herida narcisística con la crisis del 30. El retorno de los conservadores mediante la sistematización del fraude produjo un retroceso de las ideas liberales, y la vieja clase política, negando parte de sus propias raíces, se fue clericalizando gradualmente a lo largo de la década, buscando en el apoyo de la Iglesia la fuente de legitimación que el sufragio no le garantizaba.  Paralelamente, se fueron fortaleciendo las ideas excluyentes del nacionalismo, muchas de las cuales habían surgido en coincidencia con las de la Iglesia.
El “uriburismo” que se había hecho cargo del poder era una fuerza política heterogénea, cuyo común denominador era el antiliberalismo y la crítica de la democracia. La tesis que funcionó como dogma político central, y que habría de tener muy larga vida en el nacionalismo fue el desarrollo de la imagen del enemigo único. Se negaba la existencia de una multiplicidad de problemas y adversarios, para afirmar en cambio la existencia de un solo enemigo, capaz de manifestarse bajo muy variadas formas. El “otro” que quedaba excluido de la nación estaba constituido por la variedad de las izquierdas convencionales, los liberales, los masones. Esta representación fue recargándose cada vez más hasta adoptar la tesis de la conspiración universal y el antisemitismo.  El programa judío tendría sus agentes e instrumentos: por un lado, el oro y el liberalismo; por otro,   “demagogia,  masonería y revoluciones”, además del reformismo universitario y la campaña contra la propiedad.
Desde mediados de los 30, el término “nacionalismo” permitió distinguir una corriente “restauradora”, que reunía grupos de tendencia reaccionaria y “oligárquica”, y otros antiimperialistas, mejor dispuestos a las formas democráticas de gobierno; y la corriente “populista”, representada por FORJA,  fundada sobre los valores de la independencia económica y la soberanía popular. Paralelamente, la revisión de la historia nacional cuestionó la interpretación realizada desde lo que esta historiografía llamó “el liberalismo”. Propusieron un panteón paralelo al elaborado por la tradición anterior y rescataron un pasado nacionalista y autoritario, de carácter populista y extasiado con la hispanidad, cuyo modelo encontraron en Rosas. Como estas visiones del pasado argentino no lograron integrarse en un campo historiográfico de reconocimiento mutuo, se convirtieron en objeto de enfrentamientos políticos e ideológicos.
El descrédito de las instituciones y de la clase política había favorecido la difusión del pensamiento de la Iglesia, que supo captar a tiempo el carácter nuevo de la cuestión social y de la modernización de la estructura económica. A través de periódicos como El Pueblo o Criterio expresó su profunda discrepancia con el liberalismo, tanto hacia su doctrina como hacia la clase política que la representaba, y se arrogó el derecho de ser la base de la “idiosincracia nacional” a punto tal de que cualquier discrepancia con sus valores conducía a la “desargentinización” de los ciudadanos. La peculiaridad del catolicismo de los años 30 radicó en su concepción totalitaria de nación más que de estado, donde la idea de nación católica se aceptaba como límite para la tolerancia de las ideas y de su misma legitimidad.
La Iglesia había apoyado el fraude a los fines de conservar el orden social y enfrentar el peligro socialista pero luego cambió de estrategia, y cifró sus esperanzas en el golpe de estado. Confiaban en que el ejército  impusiera los principios de la “nación católica”, cuya “democracia orgánica” daba voz a la familia, a los cuerpos profesionales y a la misma Iglesia. La emancipación de las “clases inferiores” debía ser promovida y dirigida desde arriba en el seno de un sistema rígidamente jerárquico, sin revolucionar las “jerarquías naturales”, donde el ingreso de las mujeres a la vida política no estaba contemplado. En el plano político, Iglesia y nacionalismo restaurador coincidían: ambos ambicionaban el estado cristiano, el respeto de las jerarquías sociales, la destrucción de la democracia liberal.  Pero en el plano social y económico, un importante sector de la Iglesia elaboró un nacionalismo “populista”, que partió a descubrir al “pueblo”, sobre todo al obrero. El nacionalismo populista  fue el punto de llegada del catolicismo social: luchó para separar a la Iglesia de su tradicional entorno “oligárquico” y del nacionalismo restaurador. Sin embargo, las jerarquías  eclesiásticas tendieron a integrarlas en un único cuerpo doctrinario.
Durante largos años, el fascismo encarnó la realización del estado católico y antiliberal para los católicos argentinos.  Sin embargo, la entrada en guerra junto con los nazis causó una cierta toma de distancia, mientras sufría cada vez más la competencia de la renacida “hispanidad”, cuyo modelo era el régimen de Franco.  En un mundo dividido por ideologías que se consideraban a sí mismas superiores y absolutas, los católicos proclamaron que la ideología de la hispanidad era la más perfecta de las civilizaciones. A través de ella se realizaría la argentinización del inmigrante y se solucionaría el problema de la identidad nacional; oponerse al hispanismo significaba ponerse fuera de la argentinidad y favorecer la servidumbre del extranjero.
La tutela del catolicismo y de la Iglesia sobre la nación no se ejerció sobre la base de su capacidad para generar consenso a favor de sus objetivos, sino en nombre de un derecho inscripto en la tradición.  Para ello tuvo un aliado excepcional en las Fuerzas Armadas, que se imaginaba a sí misma como base de la nacionalidad a causa de su participación en las luchas por la Independencia y la constitución del territorio. De ahí derivó una simbiosis patológica entre Iglesia y Fuerzas armadas, ya que la custodia de la nación cristiana y de la seguridad nacional terminaron por coincidir y el factor religioso terminó por convertirse en el elemento clave de la seguridad nacional.
Los elementos menos reaccionarios de la Iglesia,  al igual que el nacionalismo ligado a la corriente “populista”, a través de un proceso que se prolongó por lo menos hasta el golpe de Estado de 1943, fueron ayudando a madurar muchos de los elementos de la doctrina y de la organización social que el peronismo habría de adoptar posteriormente. Este movimiento no heredó del nacionalismo populista solamente la doctrina económica y social, sino también la concepción católica de la nacionalidad. La defendió denodadamente, hasta que su ambición de ser él mismo reconocido como realizador de la nación argentina, determinó el conflicto de competencias y el choque con la Iglesia.

Bibliografía
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Liter-aria. Revista de escritura

María del Pilar Moreno Martínez es profesora en Letras, egresada de la UNT. Comparte su actividad como escritora de relatos y poemas con la producción de ensayos. Publicó en diversas Antologías . LA RAMA DORADA , POEMAS Y MUROS COMO PUENTES y DE RESTOS Y DE RETOS son TRES de sus libros publicados hasta ahora. Además creó y administra desde 2009 esta revista literaria en internet, LITER-ARIA, www.liter-aria.com.ar, que difunde escritura de jóvenes y adultos de nuestra provincia y del exterior. Fue Coordinadora de Talleres de Expresión y comparte su tarea escrituraria con la dirección teatral. Creó y coordina el grupo de arte EL CANDIL.