Resulta casi imposible, después de haber leído Pedro Páramo, leer Cien años de soledad sin retrotraerse continuamente a aquélla.
Entonces surge el interrogante de si es la obra de Gabriel García Márquez una versión más extendida de la novela de Juan Rulfo.

Aunque a esto no lo podemos tomar literalmente, ya que son obras diferentes y cada una de un reconocido valor literario universal, tampoco se puede correr la mirada del asunto y negarlo de manera radical.

En este ensayo se pretenderá analizar la particular familiaridad que se plantea entre ambas obras en lo referente a lo simbólico, y cómo se refleja con esto a Latinoamérica. Nos deja así, la sensación de influencia considerable que tuvo el mexicano sobre la obra maestra del colombiano.

Se comenzará por analizar el concepto de intertextualidad y las implicancias que éste tiene.
Miguel Vitagliano ()[1] sostiene que junto a la biblioteca material, todo lector (y, por supuesto, todo escritor) lleva, además, consigo inscripta en la memoria, otra biblioteca, ya no material, sino formada por sus preferencias y rechazos, de estéticas admitidas, desafíos y prohibiciones decretadas. Una biblioteca que le va a trazar la perspectiva de lo que puede leer (y escribir); y  esa biblioteca expresa en su funcionamiento lo que ese lector entiende por literatura.
Por su parte, Julia Kristeva ([2]) afirma que cada texto está constituido como un “mosaico de citaciones”, lo que implica el reconocimiento de la intertextualidad como un fenómeno que se encuentra en la base de todo texto literario. Es decir, todo texto es la absorción o transformación de otro texto.
De esta manera, se puede decir entonces que todo texto es, en mayor o en menor medida, producto de la influencia de otros, de
Las otras lecturas con las que el autor ha entrado en contacto.
A partir de esta base teórica, se van a desarrollar dos puntos de encuentro (desde el punto de vista simbólico o arquetípico) entre

Pedro Páramo y Cien años de soledad, que establecen un fluido diálogo entre ambas y que se pueden establecer a partir de los escenarios y los personajes. Además Comala y Macondo construyen símbolos a partir de la realidad ([3]) latinoamericana.

El primer indicio de intertextual que se presenta entre las obras es el paralelismo que se puede establecer entre los escenarios donde transcurren las historias donde percibimos, desde el inicio, una acabada semejanza entre los pueblos de Comala y Macondo (inclusive hasta en la sonoridad de sus nombres), como si al momento de imaginarla, García Márquez estuviera evocando a aquél lugar del cual es originario Pedro Páramo.

Lo más significativo en la semejanza que se establece entre los pueblos es desde este punto de vista, el hecho de que ambos están aislados (al menos en algún momento de su historia) geográficamente. Ésta es una condición con la que también se puede establecer un paralelismo entre los pueblos de las novelas y la historia de Latinoamérica toda. Una tierra que permanece aislada del resto del mundo, hasta que se produce el “descubrimiento civilizatorio”. Esto está expresamente dicho en Cien años de soledad:

“El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. […] Primero llevaron el imán” ([4])

Pero también son pueblos aislados temporalmente; negados a trascender más allá de sus habitantes, con un origen y desaparición ligados fuertemente a sus protagonistas (y jefes) porque Macondo es  a los Buendía, lo que Comala es a Pedro Páramo. Así estos poblados desaparecen al mismo tiempo que sus habitantes aunque trasciendan sus almas. Cuando muere Pedro Páramo, muere Comala; y lo mismo sucede con Macondo, que se extingue junto al último de los Buendía.

Otra de las similitudes que se puede establecer en la concepción de estos pueblos es la simbología que refiere al aspecto meteorológico; de suma importancia en ambas obras  y su influencia en la población. Donde el agobiante calor y las altas temperaturas sumen a los habitantes en un letargo soporífero, que hace suponer, desde un punto de vista simbólico, estar a las puertas del infierno.

“-Hace calor aquí –dije.
-Sí, y esto no es nada –me contestó el otro-. Cálmese. Ya lo sentirá más fuerte cuando lleguemos a Comala. Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí mueren, al llegar al infierno regresan por su cobija.”

Así, apreciamos el valor arquetípico que representan estos pueblos, corroídos por las pasiones y las enemistades, como representaciones del mundo entero (en especial de América Latina) y de sus habitantes.
Comala y Macondo son, cada una por su lado, “el ombligo del mundo”, el centro de todo, aislados de otras civilizaciones, con sus propias génesis y destrucciones. En El mito del eterno retorno ([5]), se formula al simbolismo arquetípico de la figura del “centro” como un lugar sagrado (montaña, templo o ciudad) que es considerado como el punto de encuentro entre el cielo, la tierra y el infierno, que se encuentran sobre el mismo eje. De aquí, que en ambos pueblos, los muertos y los vivos transiten por el mismo lugar e interactúen entre sí.

“Cuando por fin lo identificó, asombrado de que también envejecieran los muertos, José Arcadio Buendía se sintió sacudido por la nostalgia. Prudencio –exclamó-, ¡cómo has venido a parar tan lejos!”(5)

De esta manera, se puede apreciar también esa comunicación entre vivos y muertos. Algo que será una constante entre ambas obras: los muertos se comunican con los vivos (aunque en Pedro Páramo lo hacen entre sí) con tanta naturalidad que ese hecho no escapara a las coordenadas  de lo que llamamos “normalidad”. Y es que en éstas novelas lo fantástico se interpola con la realidad cotidiana y hasta lo más extraño o insólito adquiere verosimilitud propia.  Esta característica va ser muy explotada en la narrativa latinoamericana para representar al continente. Algo que Alejo Carpentier ya había marcado en el prólogo de su obra El reino de este mundo (“La magia y la realidad conviven a cada paso en Latinoamérica…”).

En ambos escenarios reina el tiempo mítico ([6]) sobre el cronológico. Algo que pasará a ser una constante de mucha de la narrativa actual, y no sólo entre estas obras. Se quiebra el tiempo cronológico actual y el pasado se alterna con el presente y con el futuro. Avances y retrocesos van creando un aparente caos argumental.

En Pedro Páramo, el autor nos sitúa la acción fuera del tiempo, y así destruye el signo más notable de la vida humana. Todo se relativiza y no existe la frontera entre la vida y la muerte. En el principio de la obra asistimos a la llegada de Juan Preciado a Comala, vivo. Pero, poco a poco, el uso de diferentes expresiones temporales nos va señalando continuos saltos en el tiempo, hasta lograr la inexistencia del antes y el después.

De esta forma, nos adentramos en un tiempo mítico o ucronía, es el “no tiempo” de las evocaciones de los muertos de Comala (y Macondo) nacidas en el interior de sus conciencias atormentadas.
Éste es también un tiempo circular que se inicia en un futuro respecto del pasado.

A su vez, en Cien años de soledad, el tiempo se presenta como una “rueda giratoria” en la que los hombres (y mujeres) y los acontecimientos se repiten indefinidamente: aquí, el tiempo determina un eterno retorno en su devenir cíclico y los personajes reinciden en actitudes y hasta en los mismos nombres de sus antepasados. Es, al igual que en la obra de Rulfo, un tiempo mítico.

Esto es puesto en palabras de los mismos protagonistas en la novela de García Márquez; y es Úrsula Iguarán quien primero lo advierte:

“Ya esto me lo sé de memoria –gritaba Úrsula-. Es como si el tiempo diera vueltas en redondo y hubiéramos vuelto al principio.”

Aquí tampoco hay indicaciones temporales precisas. Sin embargo, la variedad y la similitud de episodios no atentan contra la idea de un tiempo paradigmático; no registrable en medidas terrenas, sino que apuntan a subrayar su sentido simbólico. Esto es un paralelismo con la historia latinoamericana, donde todo parece repetirse y no parece avanzar, sino que se estanca en un círculo vicioso a través del tiempo.

El tiempo de la obra es también representativo del tiempo de la historia americana y el de la humanidad.  Así, Juan Rulfo crea un tiempo que no es presente ni pasado; que luego será explotado en la narración de García Márquez. Es un tiempo donde no sucede nada, pero sí es un tiempo donde predomina la evocación.

Hombres y mujeres de Comala y de Macondo producen una historia de poder. En ambas obras se señala un nivel de paralelismo entre el simbolismo de sus personajes y el tema del poder (con su consecuente abuso) característico de los gobiernos totalitarios de Latinoamérica.

En las dos novelas, son los hombres sobre los que cae la responsabilidad del origen y la extinción de la sangre. Desde José Arcadio Buendía hasta el último Aureliano y desde Pedro Páramo hasta Juan Preciado, los hombres son nacimiento y fin de los pueblos y, por lo tanto, son ellos los poseedores del poder.

Desde los primeros hijos de la pareja inicial, quedan determinados los caracteres que distinguirán a los sucesores varones que reiteren sus nombres respectivos.

“Mientras los Aurelianos eran retraídos, pero de mentalidad lúcida, los José Arcadio eran impulsivos y emprendedores, pero estaban marcados por un signo trágico.”

Los hombres representan, en ambas obras, el poder.
En Pedro Páramo, en el mismo protagonista, surge la presencia de su figura como cacique brutal y calculador capaz de dominar a Fulgor Sedano; de casarse para liquidar una deuda y de mandar colgar a Toribio Aldrete para borrar otra. Pedro Páramo domina Comala. Todos viven y mueren de él y bajo él.

“-Y sin embargo, padre, dicen que las tierras de Comala son buenas. Es lástima que estén en manos de un solo hombre. ¿Es Pedro Páramo aún el dueño, no?
-Así es la voluntad de Dios.”

Esta figura de “cacicazgo” la obsevamos en la novela de García Márquez, (aunque no de forma tan brutal) en la figura de los hombres Buendía. Los más destacables son: primero José Arcadio, patriarca del pueblo, quien lleva las riendas del mismo y determina su progreso, y luego, por supuesto,  el Coronel Aureliano Buendía, quien logra trascender con su poder el pueblo de Macondo, pero que también termina, como su antecesor, desgastado y acabado en su lugar de origen.

Es decir. Los hombres representan el poder, pero un poder efímero, que luego se les escapa de las manos.
Aparece en las obras, tanto en el personaje de Pedro Páramo, como en los de José Arcadio y el Coronel Aureliano Buendía, la perfecta representación de los gobiernos totalitarios de Latinoamérica y la intolerancia e impunidad de sus actos.

“El Coronel Aureliano Buendía promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos. […] Llegó a ser comandante general de las fuerzas revolucionarias, con jurisdicción y mando de una frontera a la otra, y el hombre más temido por el gobierno…”

Estos hombres (en especial Pedro Páramo) gobiernan a través de la violencia, como algo inherente al hombre latino y su condición. Así, Pedro Páramo y los Buendía, se convierten en los arquetipos del macho latino y de sus gobernantes.

De esta manera, después de acercamiento a estas dos obras, se puede decir que ambas  presentan una marcada y sobresaliente relación en cuanto a su escenario y las historias que plantean.
Ambas novelas, a través de la magia y el simbolismo, constituyen una metáfora de la condición humana y en especial de América Latina. Son, desde este punto de vista,  una reflexión acerca de nuestra cultura al retratar la inutilidad de las guerras civiles y lo negativo de la extrema violencia. Presentan la realidad como  una “rueda giratoria”, en la que los hombres (gobernantes) y situaciones se repiten indefinidamente hasta conducirnos al caos. Es la representación de la América Latina de los autores (de revoluciones y dictaduras) y es la América Latina actual, que sigue en los totalitarismos disfrazados de democracia

Bibliografía

Aguinaga, Carlos: “Realidad y estilo de Juan Rulfo” en La nueva novela latinoamericana I, Paidós, Bs. As., 1969.

Eliade, Mircea: “Arquetipos y repetición” en El mito del eterno retorno, Alianza Emecé, Bs. As., 1972.

Eufracio, Patricio: “Influjos, apariciones y presencias de Comala a Macondo” en Espéculo, Revista literaria, Internet, 1999.

García Márquez, Gabriel: Cien años de soledad, De Bolsillo, Bs. As., 2009.

Rivera de la Cruz, Marta: “Intertexto, autotexto. La importancia de la repetición en la obra de Gabriel García Márquez” en Espéculo, Revista literaria, Internet, 1997.

Rulfo, Juan: Pedro Páramo, Editorial RM, Chile, 2006

Vitagliano, Miguel: “Concepciones de la literatura, teorías literarias y crítica” en Lecturas críticas sobre la narrativa argentina, Minist. de Cultura y Educación de la Nación, Bs. As., 1998.

Zorrilla de Rodríguez, Alicia M.: “Hacia la nueva narrativa hispanoamericana” en Las letras en la América Hispana, Estrada, Bs. As., 1993.

[1] Miguel Vitagliano: Profesor de Enseñanza Media. Profesor de Teoría Literaria, Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA).
[2] Julia Kristeva: Crítica literaria búlgara, residente en Francia. Discípula de Roland Barthes.
[3] Susana Rivarola en su “Teoría y análisis del texto literario” sostiene que la realidad no es sólo el conjunto de todo lo realmente acaecido hasta un momento dado, sino también un conjunto de posibilidades de las que pueden resultar facta.
[4] Ésta y las otras citas corresponden a Cien Años de Soledad,  edición 2009, Editorial De Bolsillo.
[5] Cien Años…
[6] Según Mircea Eliade, el tiempo mítico corresponde a una “sucesión de eternidades”, que se manifiesta una y otra vez por medio de rituales. Es un tiempo sagrado

Written by

Liter-aria. Revista de escritura

María del Pilar Moreno Martínez es profesora en Letras, egresada de la UNT. Comparte su actividad como escritora de relatos y poemas con la producción de ensayos. Publicó en diversas Antologías . LA RAMA DORADA , POEMAS Y MUROS COMO PUENTES y DE RESTOS Y DE RETOS son TRES de sus libros publicados hasta ahora. Además creó y administra desde 2009 esta revista literaria en internet, LITER-ARIA, www.liter-aria.com.ar, que difunde escritura de jóvenes y adultos de nuestra provincia y del exterior. Fue Coordinadora de Talleres de Expresión y comparte su tarea escrituraria con la dirección teatral. Creó y coordina el grupo de arte EL CANDIL.