El viejo Lucio estaba leyendo la carta cuando Berta le avisó desde la cocina que se

sentara a la mesa. Haciendo caso omiso dobló el documento, lo introdujo en el sobre y

lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta. Colocó la descalzadora a los pies del

armario, se quitó los zapatos y subió a ella con sumo cuidado. Abrió las puertas del

altillo y extrajo un maletín de cuero agrietado. Lo echó sobre la cama. Empapado en

sudor alcanzó el suelo y lo abrió con aflicción.

–¿Te falta mucho? Se va a enfriar. –Berta se asomó tras la puerta entornada y Lucio

dio un brinco–. ¿Qué es lo que ocurre?

Dudó unos instantes y le entregó la carta temblando. Berta la leyó en dos ocasiones.

–¿Tiene que ser ya mismo? –Lucio asintió compungido. Como un resorte, Berta le

abrazó con todas sus fuerzas ocultando las lágrimas. –Entonces no hay tiempo que

perder.

Berta abrió el ropero y sacó algunas camisas, pantalones y varias mudas.

Mecánicamente las fue ordenando en la maleta, dejando suficiente hueco para el

neceser, el pequeño transistor sin el que no lograban conciliar el sueño y una fotografía

que se hicieron en un atardecer de Benidorm hacía una eternidad. Lucio usó su pañuelo

de tela para secarse la cara y atravesó a Berta con ojos vidriosos. «Has hecho de mi vida

un don, en lugar de un accidente». Berta sonrió sin mostrar los dientes. Agarró su mano

y le acompañó a la puerta asfixiada por un nudo en el estómago.

El viejo Lucio no echó la vista atrás. Esperó en la parada con la boca reseca y la

mente en blanco, apoyando el peso en su bastón hasta que apareció el autobús gualda y

rojo. Subió las escalerillas procurando no perder el equilibrio y se presentó ante el

conductor, que cogió la lista doblada sobre el salpicadero y tachó su nombre. Era el

último. Atravesó el angosto pasillo atragantándose con un silencio crudo, notando las

miradas de los pasajeros clavándose en su nuca. Se fijó en el hueco libre al fondo, junto

a la ventanilla. El ocupante contiguo se levantó para cederle paso y Lucio tomó asiento

torpe y aprisionado, colocando de pie la garrota y el maletín sobre sus doloridas

rodillas.

–No quiero ver cómo nos alejamos –se excusó el compañero de viaje–. Si lo hago,

puede que salte en marcha.

Pero el viejo Lucio se había quedado prendido de la panadería en la que compraba

cada mañana, el colorido de la pequeña tintorería de la señora Paquita, el parque de

chopos por el que hacía sus ejercicios vespertinos que, progresivamente, se desplazaban

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a mayor velocidad hasta desvanecerse en cuestión de un suspiro. Cuando de su antiguo

barrio tan sólo quedó la sombra apretó los párpados, respiró hondamente y valoró lo

único que no le habían arrebatado aún: la memoria.

–¿Cuántos años tiene? –le preguntó su acompañante desviando su atención–.

Perdone, no se ofenda. No he cumplido los cuarenta. Al principio pensaba que sólo lo

hacían con los viejos, viejos como usted. Pero me llegó la carta. No podíamos creerlo,

¿sabe? Porque una cosa son las pensiones de jubilación o minusvalía y otra somos los

desempleados. Yo soy joven, tengo dos manos para trabajar y estoy dispuesto a todo

con tal de sacar adelante a mi familia y a este país.

El viejo Lucio observó de arriba abajo a aquel hombre que no dejaba de decir

incongruencias. Escuchaba su voz monótona desde la lejanía procurando ser respetuoso,

no cayendo en los brazos del sueño a pesar de la modorra que le estaba abatiendo.

–¿Disculpa? ¿Has dicho que te parece bien que nos metan en el mismo saco que a los

viejos? –repentinamente se levantó el pasajero del asiento de delante salivando como un

perro de presa. Tenía un muñón por brazo izquierdo y las pupilas inyectadas en sangre.

Lucio trató de contener la risa mientras su compañero se tornaba pálido y empequeñecía

en la butaca. – ¿Crees que porque sea un tullido merezco estar aquí? ¡Fue en acto de

servicio, salvando la vida de un ególatra como tú! Pero esa no es la cuestión. Seguro

que no tienes la mitad de mi formación, ¡yo podría serle a este país de mayor utilidad!

El ronroneo del motor se vio ahogado por una ola de murmullo incesante que

chocaba contra el malecón entremezclando críticas con vejaciones a medida que

aumentaba de volumen. El viejo Lucio contempló un bosque de pinares mecidos por la

presteza del huidizo, abrió su maleta y extrajo la fotografía sosteniéndola con firmeza.

«¡Qué felices fuimos durante aquella época!».

El trayecto no se hizo tan largo como preveían. Cuando los rayos de sol sucumbieron

a la oscuridad y las pastillas de freno chirriaron ante los rastrojos de un trigal yermo el

mutis sepulcral y uniforme volvió a masticarse por los pasajeros. El viejo Lucio miró de

reojo a su compañero, que se tornó cadavérico cuando el conductor del autobús se puso

en pie y les pidió disculpas en una voz apenas audible. El llanto desconsolado de una

mujer que sostenía la funda de una viola se escabulló entre las puertas mecánicas a

medida que el conductor bajaba las escalerillas y se cerraban de nuevo.

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–Esto no tiene sentido, ¡no deberíamos estar aquí! ¿Quién lo ha decidido? –el

ocupante lisiado golpeó la ventanilla con el codo y se alzó ante la sombra cabizbaja de

los pasajeros.

–Muchos de nosotros aún somos válidos –murmuró al cuello de su camisa el

compañero mortecino–. ¿Y ahora qué?

El viejo Lucio apretó la fotografía contra su pecho y esbozó una sonrisa envuelta

sosiego.

–Ahora nada.

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Liter-aria. Revista de escritura

María del Pilar Moreno Martínez es profesora en Letras, egresada de la UNT. Comparte su actividad como escritora de relatos y poemas con la producción de ensayos. Publicó en diversas Antologías . LA RAMA DORADA , POEMAS Y MUROS COMO PUENTES y DE RESTOS Y DE RETOS son TRES de sus libros publicados hasta ahora. Además creó y administra desde 2009 esta revista literaria en internet, LITER-ARIA, www.liter-aria.com.ar, que difunde escritura de jóvenes y adultos de nuestra provincia y del exterior. Fue Coordinadora de Talleres de Expresión y comparte su tarea escrituraria con la dirección teatral. Creó y coordina el grupo de arte EL CANDIL.