Este artículo tiene como objetivo recuperar las principales operaciones ideológicas que fueron produciendo los intelectuales durante el exilio de Perón. Estas transformaciones, impensables al momento de su caída, no sólo proporcionaron los argumentos para que la juventud movilizada de los ‘70 apoyara la violencia y el surgimiento de los grupos armados, sino que posibilitó el regreso de un Perón remozado, esbozado a la manera de otros líderes continentales.

Los circuitos recorridos por los principales referentes intelectuales recuperaron un conjunto de conceptos provenientes de la cantera nacionalista de 1930 y del revisionismo histórico, y prepararon el camino para su utilización por parte de los militares autoritarios de las décadas del ’60 y ‘70. Se convirtió en un “espíritu de época” la creencia de que los derechos individuales, o la realización de una ciencia que se atuviera a las exigencias del campo propio de la disciplina, constituían un lujo para países dependientes, cuyo primer deber se encontraba frente a un sujeto concreto que carecía de lo mínimo indispensable para subsistir. Desde distintas posiciones argumentativas muchos intelectuales desdeñaron la libertad y la democracia como representativos de un sistema que se hundía, la democracia burguesa.

 

Caminos del antiperonismo

Luego de la caída de Perón en 1955, quedó en claro que las interpretaciones formuladas para comprender las adhesiones de los sectores populares hacia el régimen, eran insuficientes para dar cuenta de ese fenómeno. Al estallar el mito  que se obstinaba en relatar que el peronismo era un fenómeno de carácter provisorio y promovido por la demagogia implementada desde el Estado, se generó una profunda fractura que terminó por afectar a todo el espectro político.

Las lecturas que los intelectuales produjeron para reinterpretar al peronismo se fueron modificando al compás de las circunstancias históricas

y la revelación más trascendente fue la obcecación de las masas en seguir reconociéndose peronistas. Esta realidad, más la pregunta sobre cuál era el lugar del intelectual dentro de la sociedad, reestructuró el campo intelectual. Arrojó hacia los márgenes ciertos proyectos ideológicos, y colocó en el centro nuevas hegemonías.

La fracción liberal tradicional que se expresaba en Sur, la revista dirigida por Victoria Ocampo, fue uno de los ejemplos más notables de pérdida de hegemonía. Su incapacidad para interpretar la experiencia peronista, de la que no percibió sino “engaño o simulación”, le valió el desplazamiento por otras lecturas más críticas. Más tarde, su crítica a la revolución cubana, fortaleció el distanciamiento con la franja intelectual de izquierda.

Por otro lado, pero también dentro del campo liberal, Sábato y Martínez Estrada fracturaron el frente marcadamente antiperonista.  El primero, en El otro rostro del peronismo. Carta abierta a Mario Amadeo (Sábato, 1956: en Sarlo, 2001: 136 -140) rescató tópicos provenientes del nacionalismo popular: el divorcio entre los letrados y el pueblo; el rescate de “los Artigas, los López y los Facundos”; “el proletariado platónico que se encuentra en los libros de Marx, y un proletariado grosero, impuro y mal educado que desfilaba en alpargatas tocando el bombo”.  Su estrategia consistió en separar al “tirano” de las “masas desposeídas” para las cuales su gobierno significó una época de justicia.

El segundo, Martínez Estrada (1956: en Sarlo 2001: 148-151) personalizaba en la figura de Perón todos los males de la Argentina, pero a su vez, compadecía al pueblo que había sido traicionado por el gobernante. Ambos intelectuales, aunque desdeñaban la figura de Perón y sus métodos políticos, admitían algunos aspectos positivos del peronismo, o por lo menos de esas masas recién descubiertas. Comenzaba la asimilación del peronismo dentro de la vida pública argentina, a pesar de los esfuerzos que se habían hecho por negarlo.

Desde el sector nacionalista que se había sentido traicionado por Perón, Mario Amadeo (1956: en Sarlo, 2001: 129 – 135) proponía “un peronismo sin Perón”, como forma de capitalizar la adhesión de unas masas consideradas “vacantes”, mientras denunciaba a la izquierda antiliberal y marxista que pretendía apoderarse de ellas ante la ausencia del líder. También la revista católica Criterio coincidía en pensar sobre la “disponibilidad” de las masas peronistas y la posibilidad de que pudieran ser capturadas por la izquierda.  Esa ilusión, que en algún momento compartió también el PC, se tradujo en gran preocupación cuando se creyó notar que la antigua rivalidad entre peronismo y comunismo se iba atenuando (Terán; 1991: 48).  Pero la preocupación desapareció cuando los católicos establecieron nuevamente puntos de contacto con el peronismo.

La importante cantidad de votos en blanco, consecuencia de la proscripción del peronismo en la votación de 1957, llevó a algunos sectores de intelectuales a reconocer la subsistencia de la identidad peronista en amplísimos sectores populares. Esta constatación llevó a nuevas redefiniciones políticas y culturales y conformó uno de los rasgos centrales del nacimiento de la nueva izquierda, desilusionada ante la política de la Revolución Libertadora.

En la tradición progresista del antiperonismo, (Sigal, 1991: 122), se fueron separando dos zonas de actividad intelectual.  Una de ellas, la de los intelectuales “progresistas”, se gestó dentro de las clases medias universitarias, inspiradas por el espíritu de la Reforma Universitaria. Al contrario de otros intelectuales en Argentina, no se convirtieron en productores de “mitos unificadores”, y solo tuvieron influencia en la universidad.  A la caída del peronismo, las universidades argentinas estuvieron animadas por un proyecto que combinaba principios reformistas y planes innovadores.  Sin embargo, luego de  diez años tal proyecto comenzó a desplomarse, mientras  se consolidaba un estudiantado nutrido por las transformaciones ideológicas forjadas en círculos intelectuales extra o para universitarios que cuestionaban por “cientificista”  la gestión de los profesores reformistas (Sigal;1991:73-87).

La otra zona de actividad intelectual se llevó a cabo en obras, publicaciones periódicas y formas efímeras de organización, donde se situaban las autocríticas, las dudas y las revisiones explicitadas en Contorno, revista dirigida por los hermanos Viñas, David e Ismael. Estos temas anunciaban, en abierto contraste con la franja modernizadora, la búsqueda de una identidad sobre los restos de la que fuera quebrada por los cambios.

 

Textos “propios” y “ajenos”.  Genealogía de un conflicto

 

¿Cuál es el sentido de calificar de textos “propios” o “ajenos” a las elaboraciones de los intelectuales?

Para la semiótica de Lotman la cultura es una memoria colectiva, un mecanismo de conservación y transmisión de textos y de elaboración de otros nuevos. El contacto con textos “ajenos”, -considerados así porque provienen de territorios alejados en el espacio, u “olvidados” en el tiempo, o pertenecientes a otras zonas de la cultura-, tiene la virtud de producir una gran aceleración en los cambios.

Los cambios generados por el peronismo dentro del sistema social pueden pensarse como “explosión”  porque lo que estaba olvidado en la periferia –la problemática social de las masas- pasó a formar parte del centro. Esta situación descolocó las posiciones jerárquicas, y generó sentimientos de injusticia y resentimiento entre aquellos que se sintieron desplazados de los lugares hegemónicos. El desbaratamiento simbólico de ciertas formas de jerarquía de índole social, como la ocupación de puestos de prestigio en el gobierno por personas que no lo tenían; o la participación de la mujer del presidente, duramente cuestionada por su origen y su accionar, se vivieron como verdaderos actos de insolencia. Estas experiencias, que causaron la identificación y la admiración del pueblo, hablan de la fijación de cambios sin retorno.

Sin embargo, desde el punto de vista del conocimiento, se produjo una “desaceleración” o por lo menos una asimetría si se lo compara con los aspectos sociales y simbólicos.

Los años posteriores a la caída de Perón, a pesar de la obturación política ejercida por los militares, se caracterizaron por un acelerado proceso de modernización donde confluyeron fenómenos muy diversos, que iban desde la renovación del periodismo, las políticas desarrollistas, el boom de la literatura latinoamericana.  En el ámbito internacional, los movimientos de liberación nacional de los países del Tercer Mundo y la Revolución Cubana, potenciados por la discusión social que estaba atravesando la Iglesia en el mundo desde la preparación del Concilio Vaticano II y la difusión de la encíclica Mater et magistra y la Populorum Progressio, de 1967, impactaron sobre la producción intelectual y sobre el contexto social, produciendo otra “explosión”, de carácter ya “imprevisible”.

¿Qué criterios permitieron distinguir textos “ajenos”, de “propios”?

En realidad, tanto lo “propio” como lo “ajeno” se convirtieron en una zona de disputa entre los mismos intelectuales.  El nacionalismo, que había tenido su auge durante la década del ’30, y el revisionismo, reclamaban para sí el monopolio de lo “propio”.  Obviamente esta cuestión de lo “propio” tiene una amplia vinculación con el tema del peronismo, que se consideró a sí mismo como la representación de lo nacional, y fue una de las banderas que se agitaron durante el período presidencial.  No obstante, y aceptando como “propio” del peronismo su asimilación de los procesos de masas europeos, está claro que lo “ajeno”, como le echó en cara el peronismo “ortodoxo” a la Juventud Peronista en los años ‘70, fue su paulatina vinculación con lo que ella llamaba “socialismo”. La lucha por alcanzar la legitimidad que garantizaba lo “propio” fue una de las obsesiones de militantes e intelectuales que no querían ser considerados la “antinación”.

Los ejes de lo “ajeno” se vinculan a dos categorías principales: el marxismo y el liberalismo. La adhesión al marxismo encontró sus enemigos más peligrosos dentro de las Fuerzas Armadas.

Para ellas, “la destrucción de la Nación, de la Patria y sus esencias permanentes, es el objetivo de este mortal enemigo” (Villegas, 1962: en Altamirano, 2001: 359 –361).   A partir de allí, palabras y frases como apátrida, extranjerizante, subversión, ideología antinacional, infiltrado, se convierten en los rótulos oficiales. Las versiones “propias” del marxismo, fueron las del PC o el Partido Socialista, cuya larga data en la tradición argentina, si bien las había expurgado de combatividad, no les había garantizado, sin embargo, mayor peso dentro de las clases que decían representar. En este período van a saltar en pedazos, tanto por los vaivenes de la política exterior de la URSS, como por su interpretación del peronismo.

Mientras tanto, el desarrollo de la Revolución Cubana imprimió la impronta de lo “propio” al marxismo.  Se había generado en América Latina, Ernesto Guevara propulsaba el foquismo, mientras avivaba las esperanzas de constitución de la Patria Grande y de “Nuestra América”. Sartre, Gramsci, Trotsky, Mao, la doctrina foquista, Vietnam, son los nuevos interlocutores de los intelectuales de izquierda quienes, rescatando los fragmentos de sus partidos procuran además establecer el “verdadero marxismo”, aquel que conduce a la posesión del “verdadero saber”.

El otro eje de lo “ajeno”, el liberalismo, soporta interpretaciones que cuestionan directamente a la Fundación.  Si bien existen variantes al respecto, son “los orígenes mismos de la nacionalidad” lo que se ataca.  En algunos casos  se los desplaza hacia atrás estableciendo continuidad con la colonia, la religión católica, y el respeto de las jerarquías.  La denuncia de los nacionalistas no católicos se emprende en contra del Imperio Británico, productor de la “balcanización” americana, la instalación de una estructura ferroviaria dependiente del puerto etc.

Se consideraba que toda la civilización burguesa, incluida la  democracia liberal, estaba en crisis.  Por ello era preciso abominar de los debates parlamentarios y confiar en la debacle del capitalismo, creencia que se completaba con una voluntad de sistema que demandaba respuestas totalizadoras y contundentes. Esa noción de totalidad contribuyó a conceder a las doctrinas una presunta autoconsistencia que trabó las posibilidades de un debate plural y permisivo.

La política cultural de la URSS había terminado por desalentar cualquier autonomía o iniciativa de independencia de los intelectuales ligados al Partido Comunista.  En cambio, bajo los parámetros ideológicos del existencialismo sartreano y el marxismo nació una franja intelectual de denuncia cuyo objetivo consistió en asumir la situación nacional. Esta decisión desembocó entonces, en la problematización del fenómeno peronista.

¿De qué modo se podía conciliar la exigencia ideológica de compromiso con la realidad sociopolítica emanada desde los principios marxistas y sartreanos y la comprobación de la existencia de una clase obrera adherida masivamente a la ideología y práctica peronistas?

A la crisis de identidad generada por esta realidad, le siguió una “puesta en disponibilidad” de esos intelectuales, hecho que condujo a la búsqueda de nuevas combinaciones ideológicas capaces de proporcionarles un lugar en la sociedad y en la política. El existencialismo sartreano, que expresaba el malestar de la cultura generado por la crisis de valores de la posguerra y, que en la Argentina resultaba particularizado por la situación de estos intelectuales en el período peronista, buscó conectar al hombre con lo concreto, con la “búsqueda de la realidad” (Terán; 1991:18).

La revista Contorno se convirtió en un medio de expresión de los intelectuales politizados, que se separaron tanto de los escritores liberales nucleados alrededor de Sur

como de los que analizaban en tono profético las maldiciones que pesaban sobre el destino del país, al estilo de Martínez Estrada.  Estos “parricidas”, llevaron a cabo una doble ruptura: literaria, oponiéndose a la generación dominante representada por Sur, como al realismo clásico; política, separándose del liberalismo más firmemente antiperonista, pero también de los partidos de la izquierda tradicional, sobre todo del PC. “Herederos de la nada”, se culpabilizaban de haber sido una generación ausente, que no pudo aceptar la mistificación peronista, ni la restauración oligárquica, ni tampoco organizar una oposición revolucionaria (Sigal; 1991:136). Ya en 1954.  Contorno se había propuesto arrancar a los nacionalistas el monopolio del “saber en Historia”. Más tarde y apoyados en el antiimperialismo que las izquierdas señalaron históricamente, se abrieron desde ese lugar a los temas del nacionalismo, que se convirtió en una especie de lengua política dominante.  Los intelectuales de Contorno prologaron una generación que puso en comunicación la reflexión nacionalista y las corrientes de izquierda; que se esforzaron por definir un nuevo lugar para los intelectuales y una nueva relación con la política. Se diferenciaron de la izquierda clásica en que advirtieron el abismo entre el proletariado y los intelectuales,  mientras aquéllos, ignorando esa comprobación, retuvieron la defensa de los intereses obreros sin interesarse en su condición de peronistas.

Bajo la Revolución Libertadora, la reivindicación más resuelta del peronismo estuvo en manos de lo que Amadeo llamaba “izquierda antiliberal”, cuyos exponentes más marcados eran Jorge Abelardo Ramos y Rodolfo Puiggrós.  El primero expone la hibridación de trotskismo y nacionalismo, que más tarde se denominaría a sí misma “izquierda nacional”; el segundo, en Historia crítica de los partidos políticos argentinos (1956) construyó una de las vías de ingreso para reivindicar la experiencia peronista y entroncarla con un pasado donde los errores de la izquierda argentina se revelaban fundacionales al confrontar con auténticos fenómenos populares y populistas como Irigoyen primero y Perón después. Ramos y Puigrrós coincidían en juzgar el derrocamiento de Perón como una contrarrevolución que detuvo – momentáneamente – el movimiento de liberación nacional que conducía el peronismo, variante argentina de las revoluciones antiimperialistas que se estaban llevando a cabo en Asia y Africa. Este discurso adelantó y contribuyó a la orientación que tomaría el conjunto de la cultura política de izquierda en la Argentina: ruptura con el legado ideológico del liberalismo, componente de lo que se consideraba la tradición progresista hasta los años ’50.   Sus escritos hallaron una audiencia cada vez más grande mientras se incrementaba la matrícula universitaria dentro de las clases medias movilizadas contra Perón hasta setiembre de 1955, y que se empezaban a sentir contrariadas por el rumbo del gobierno de Aramburu.

Esta relectura del peronismo por parte de la nueva izquierda conllevó una revisión de la doctrina y la tradición del liberalismo, a la que consideraba una etapa de la dependencia nacional. Para despegarse de esa herencia seleccionó nuevos interlocutores como Juan José Hernández Arregui y Héctor Agosti.  El primero en ¿Qué es el ser nacional? (1963)  desde un nacionalismo revisionista de derecha entretejido con marxismo, se presentaba como portavoz de un pueblo-nación, al que pertenecían sólo las clases no ligadas al imperialismo. Esta redefinición de la ciudadanía, a la par que excluye a las clases dominantes de la nación, elimina en ese gesto también su historiografía porque son ellas las que han elaborado la historia liberal. Héctor Agosti, un intelectual comunista en El mito liberal y Nación y cultura, ambos de 1959, se esforzó en distinguir entre una tradición liberal y otra democrática en la historia argentina. La tradición democrática se encarnaba en Echeverría, Moreno y Sarmiento, a los que vinculaba con el rumbo jacobino y rousseauniano del ascenso burgués. Al alejarse de esa línea el liberalismo oligárquico se convirtió en una deformación de la democracia. Mientras el nacionalismo reaccionario identificaba al liberalismo con la democracia, Agosti escindía ambos términos al advertir que existía un estrato de índole nacional, mientras otro se emparentaba con el proceso desnacionalizador de nuestra cultura. Fuera de los espacios donde circulaban estas ideas, aunque superponiéndose e intersectándose sobrevivía el marxismo de viejo cuño que iba a ser destinado al desván por los “nuevos marxismos”  que aceptarían como hermanos políticos a los nacionalismos radicalizados.

Las interpretaciones de Ramos y de Hernández Arregui harían furor siguiendo líneas abiertas décadas atrás por el revisionismo.  A mediados de los ‘60 se podía pasar sin problemas de José María Rosa a Puiggrós pues se consideraban mutuamente miembros de un pensamiento nacional, enemigo del liberalismo y del cientificismo norteamericano de la sociología académica.

Se critica el europeísmo promovido desde el liberalismo porque habría obnubilado la percepción de la propia especificidad nacional y habría hecho que Argentina se sintiera fuera de América.

A ello contribuyeron también los partidos tradicionales de izquierda que no habrían comprendido al movimiento peronista ni advertido la recomposición del proletariado, debido a que tomaban como modelo a la “aristocracia” obrera europea y confundieron fascismo con peronismo. Por ese  camino se llegó a temas xenófobos que habían sido en épocas pasadas patrimonio de la elite oligárquica ante los efectos no deseados de la inmigración, o de la reacción espiritualista y nacionalista del Centenario liderada por Manuel Gálvez.  Nada más que en este caso provenía de un intelectual como Hernández Arregui quien impugnaba el papel de las masas inmigrantes a las que veía integrada por “trepadores sociales con los pies en la Argentina y la cabeza sórdida en Europa”.  De ese modo se daba cuenta del “extranjerismo mental” de partidos como el Socialista y el Comunista por el solo hecho de que en su constitución hubieran participado extranjeros  (Terán; 1991: 91).

El camino cristiano hacia la politización partió de la preocupación por la cuestión social que no era nueva dentro del catolicismo.  Ya en 1956, la Pastoral Colectiva del Episcopado Argentino (1961: en Sarlo, 2001: 251-255), afirmaba que el fin de la economía nacional consistía en poner al alcance de todos los miembros de la sociedad, las condiciones materiales requeridas para el desenvolvimiento de su vida cultural y espiritual, aunque no podría llevarse a cabo en “una economía impregnada de liberalismo económico”.  Por otro lado, la izquierdización de una fracción del campo cultural católico arrancaba de la experiencia francesa de los curas obreros y en el terreno teórico del personalismo de Mounier y de las obras de Theilard de Chardin. Los cristianos “progresistas” surgieron de la cooperación entre comunistas y católicos europeos.  En la Argentina, durante los años 60 se pasó al diálogo entre católicos y marxistas, lo que dio lugar a un  proceso de traducción, adaptación y transmutación mediante el cual el marxismo dejó de ser un adversario filosófico para convertirse en la “secularización del pensamiento cristiano”

No obstante, el momento metodológico del diálogo catolicismo-marxismo finalizó en 1966 cuando del problema filosófico se pasó al ideológico y  se fue a buscar en el peronismo las masas populares de las que carecía el marxismo.  En ese sentido, los trabajos preparatorios del Concilio Vaticano II llevaron a los católicos sociales a coincidir con una forma de leer la encrucijada que abrió el peronismo (Sarlo; 2001: 53-57). El marxismo se reformuló además mediante otras lecturas, como las propuestas por Mao Tse Tung, u otras que reivindicarían la lucha armada como una metodología política legítima.

 

 

Bibliografía

Altamirano, C. (2001). Bajo el signo de las masas. Buenos Aires.  Ariel.

Amadeo. M. (1956). “Ayer, hoy, mañana”; en: Beatriz Sarlo (2001). La batalla de las ideas (1943-1973) Buenos Aires. Ariel.

De Diego, J.L. (2003). ¿Quién de nosotros escribirá el Facundo? Intelectuales y escritores en Argentina: 1970-86. La Plata.  Ediciones Al Margen.

Lotman. Y (1999.) Cultura y explosión. Barcelona. Gedisa.

Martínez Estrada, E. (1956). “¿Qué es esto? Prólogo”; en: Beatriz Sarlo (2001) La batalla de las ideas (1943-1973) Buenos Aires. Ariel.

Sábato, E. (1956). “El otro rostro del peronismo. Carta abierta a Mario Amadeo”; en: Beatriz Sarlo (2001). La batalla de las ideas(1943-1973) Buenos Aires. Ariel.

Sigal, S. (1991). Intelectuales y poder en la década del 60. Buenos Aires. Puntosur.

Terán, O. (1991). Nuestros años sesentas. La formación de la nueva izquierda intelectual argentina. 1956-1966. Buenos Aires.  El cielo por asalto.

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Liter-aria. Revista de escritura

María del Pilar Moreno Martínez es profesora en Letras, egresada de la UNT. Comparte su actividad como escritora de relatos y poemas con la producción de ensayos. Publicó en diversas Antologías . LA RAMA DORADA , POEMAS Y MUROS COMO PUENTES y DE RESTOS Y DE RETOS son TRES de sus libros publicados hasta ahora. Además creó y administra desde 2009 esta revista literaria en internet, LITER-ARIA, www.liter-aria.com.ar, que difunde escritura de jóvenes y adultos de nuestra provincia y del exterior. Fue Coordinadora de Talleres de Expresión y comparte su tarea escrituraria con la dirección teatral. Creó y coordina el grupo de arte EL CANDIL.