El negro Tadeo Santos Moreno, como orgullosamente proclamaba que era su nombre completo, siempre de camisa abotonada hasta el cuello y sobrada de larga por fuera de los pantalones, se ufanaba de ser hijo legalmente reconocido y de llevar sus dos apellidos como constaba en la Partida de Nacimiento que guardaba doblada tras el vidrio y la foto de sus padres, grismente colgada de un clavo en su habitación. Y así lo atestiguaban los negros viejísimos que lo habían conocido y lo vieron llegar de tierra adentro en los tiempos en que se sumaron y vieron nacer el caserío. Negros contadores de cuentos, sentados a la sombra de árboles y tímidos portales, que con ojos amarillentos y el paserío blanco aún vivían y conservaban un algo de memoria de la historia de esos padres cuando jóvenes. Podían hablar con detalles del vivir de los dos Moreno, en la misma choza en que después fueron tres, casi sin pertenencias y sin mudanzas ni restos de familia.

Además, este último Negro Moreno, como lo conocían con cariño, presumía de haber aprendido cuando niño a leer y a escribir, pero se perdía cuando intentaba explicar que con los años lo había olvidado y ya no podía hacerlo, y que, aunque era incapaz de leerlo en el Registro del pueblo, sabía perfectamente que su padre se llamó como él Tadeo Santos y su madre Domitila Moreno. “Y a mucha honra. Y que Dios los tenga en su Gloria”, añadía. Y decía también de haber sido el primero en el caserío en tener lápices y en ver la televisión allá en el pueblo cuando ésta la mostraron en la casa grande de los Portales.

Y de esa manera, y con esos decires y con sus pocas realidades aceptadas con graciosa miseria, vivió por siempre este Tadeo en aquel barrio negrero donde se movía como una vara oscura y seca por los senderos y el camino principal con su camisa por fuera y sus gastados botines de futbolista que tanto cuidaba. Los mantenía acomodados con improvisados remiendos, y prefería, cuando llovía, quitárselos y andar descalzo por el monte y por el fango para no dañarlos más de lo que estaban

Ese barrio, donde desde la nada él siempre respiró y soñó

que antes había sido un desparrame de casuchas desencajadas regadas entre platanales y arboledas unidas por trillos que luchaban apisonados contra la maleza que no cesaba de crecer, con el tiempo fue abarcado por la expansión del pueblo vecino, una casa ahora y otra después, entre aburridos y somnolientos paréntesis de pocos ladrillos y muchas tablas y planchas de zinc que le daban ventajas al tenaz rascabucheo y al sofocante calor. El baño, para la mayoría, podía ser una palangana en un rincón de la casa o en un escondrijo a la intemperie entre los frutales y las matas de plátano que fueron, junto con los gallineros y los puercos, el sustento y venta a menudeo con que sobrevivieron varias generaciones del caserío. Las putas, poco a poco dejaron de ser itinerantes de visitas semanales para a la larga establecerse y convivir entre los clientes y no ejercer como antes sus menesteres al aire libre. Pero conservaron la costumbre de anunciarse con vestidos baratos de vivos colores, moviendo sus nalgas grandes y apretadas por las callejuelas del vecindario en caminatas excesivas, con sus bembas pintadas y sus aires de mulatas gozadoras empedernidas.

Sesenta años bien contados tardó el pueblo en duplicarse para acercarse hasta contener al barrio y mejorarlo con casas, calles y frágiles cañerías, para poco a poco conceder baños y agua corriente y para llegar hasta el río, que antes había sido una refrescante y lejana aventura y ahora era una suciedad más donde se acumulaban los desperdicios propios y los arrastrados por la vagabunda y silenciosa corriente.

Entre esos cambios y ese tiempo, el Negro Moreno, que no lidiaba con las putas ni con mujer alguna, a paso lento también alcanzó sus setenta y seis años de existencia, sin conseguir casa nueva ni perder la suya, sin tener un baño, pero durante la mayor parte de los mismos conservando su imposible y respetado sueño de llegar a ser, y de haber sido, un gran futbolista de fama mundial.

Sólo él era capaz de sostener esa dualidad de pasado y presente en su cabeza de neblinas y fáciles recuerdos siempre repetidos.

Y así lo contaba e intentaba demostrar en los grupos que durante los días largos de la pereza más que acostumbrada, envueltos por las necesidades y el calor, se formaban sobre bancos y taburetes en los dos ruidosos chinchales del barrio, en los que reinaban el juego de dominó y de damas, el olor del café recién colado para mantener las conversaciones despiertas, y la omnipresencia del humo del tabaco y los bien soportados tragos de aguardiente.

Pero el Negro Moreno no fumaba ni bebía. Y apenas jugaba al dominó y a las damas. Él partía todos los días en las primeras horas para vender sus plátanos y huevos, y conversaba, mucho que conversaba. Y no fumaba ni bebía porque seguía siendo un gran atleta, un gran jugador de fútbol que aún entrenaba para mantenerse en perfectas condiciones físicas y al cual le sobraban los contratos en el mundo entero. Y con esas palabras lo hacía saber a la gente, dejando los plátanos y huevos en el suelo mientras se esforzaba a la vista de todos en cortas carreras de ida y vuelta en las que simulaba golpes de cabeza y de rodillas a una pelota invisible en busca del gol. Y no lo hacía tan mal.

El ya casi inútil balón forrado de lona que le regalaran cuando joven, milagrosamente conservado con varios parches, y cientos de veces vuelto a inflar con una bomba de bicicletas que le prestaban en el taller, aún daba tumbos dentro de su penumbroso y escuálido cuarto donde lo ponía a rodar de una patada al pasar a su lado. Miles de goles anotó con esa pelota en esa habitación, sin gradas ni portería, pero golpeando con fuerza las tablas de las paredes con ella y cuidándose de no romper el cuadro con la foto de los “viejos” ni los recortes amarillentos de periódicos que conservaba de decenas de reseñas futbolísticas que sus amigos le traían de los otros pueblos donde sí llegaba la prensa.

Y en esas jugadas, inevitablemente, contaba cómo fue secundado por los mejores futbolistas del mundo, que sin frenar las carreras y atentos a las señales que les daba se pasaban la bola entre todos en las rápidas filigranas con que adelantaban las líneas de juego de los más dignos rivales. Di Stefano, Pelé y Maradona lo acompañaron y todavía lo acompañaban a gusto en la defensa, en el mediocampo y en la delantera, en cientos de partidos que habían jugado y que todavía jugaban en minutos vertiginosos al ir pregonando para vender sus plátanos y huevos por las calles, o estando en su cuarto junto a la estrecha cama de metal y bastidores de sonoros muelles que no conocían el silencio de su voz y su entusiasmo. Todas las noches durmió en ella con su descolorido y dispar uniforme de un equipo que nunca existió bajo la almohada y con los botines colocados parejitos al pie de la cama, donde sin despertarse podía descansar la noche entera. Dormido o despierto, para él las gradas estaban siempre repletas.

Y cada vez que tenía una oportunidad contaba que en sus buenos tiempos fue reconocido como el Di Stefano negro, el Pelé del platanal, y en los últimos partidos como el Maradona Incansable del barrio Nuevo de Yaracuyay. Y tenía fotos de periódicos de los tres monstruos, como los identificaba con alegría, ordenándolos por épocas en las paredes y en la carterita de bolsillo que quizá era tan vieja como él. No necesitaba leer sus nombres, los reconocía a la perfección.

Pero pregonaba que el Rey Pelé fue por siempre su jugador preferido.

“Es el más grande. El más monstruo. Es un fenómeno” decía. Y se desdoblaba en elementales elogios con su voz profunda y gutural realmente emocionada. Y se ponía a narrar un pedazo de partido de cualquiera de los que había jugado junto a Pelé, viéndolo esquivar a los contrarios con magia y engaños, saltando y corriendo más que todos, hasta lograr el gol y casi entrar a la portería con pelota y todo. Otras veces era él quien lo lograba, y entonces detallaba el proceso de penetración en el “campo enemigo” y cómo fueron sus amagos y sus cambios de dirección, y sus engaños y paradas, y a duras penas accionaba la carrera y la jugada en su demostración de cómo había sido todo, tropezando y casi cayéndose sin equilibrio, pero sin fallar su cuento hasta meter el gol. Después, tras una pausa de respiración agitada, en la que se reía con satisfacción mostrando sus dientes completos y blanquísimos, explicaba que cuando lo hacía él la euforia del público era mayor aún. Nadie lo superaba. Ni tan siquiera Pelé.

Y contaba que una vez, vestidos con sus uniformes, Pelé con el de la Selección Nacional del Brasil y él con el mismo casi harapiento que siempre había lucido en el pueblo, recorriendo la grama en el Maracaná, con las gradas hasta el tope, los aplaudían todos de pie, incluidos los jugadores rivales, gritando sus nombres a coro, mientras se repetían las olas de inclinaciones y tributos y sonaban sambas y trompetas.

Cada historia era un partido completo. Los niños, escuchándolo, sentados a su alrededor, y dando saltos, como él, entusiasmados, alborotaban y le insistían en que contase mas jugadas y partidos. Y que les hablase de Maradona, que era a quien más conocían, y de los estadios, y de cómo cortaban la hierba y rayaban las líneas y círculos, y de los árbitros, y de los mejores porteros. Y él los complacía. Y también les contaba que desde joven él nunca lesionó a un portero, ni lo expulsaron de un partido, ni le sacaron una tarjeta, ni amarilla siquiera. Y que todos lo respetaban. Y nadie en el barrio lo dudaba. Y todos lo querían, y se reían junto con él, tanto o más que los ingenuos niños.

Cuando el Negro Moreno murió,  en un día cenizo en que no cesó de llover

y después de pasar la última semana delirando en su camastro y mascullando con misteriosa ver desde la madrugada,y débil insistencia que desde que estaba en cama, Pelé lo visitaba noche a noche para que conversaran. Y predijo, en sus delirios de fiebres y sudores, sin quitar la vista de la ventana cuando apenas lograba erguirse sobre el camastro, que se avecinaba una gran tormenta, que pronto iba a llover muchísimo y que tendrían que agrupar a los puercos que estaban regados por el monte y suspender todos los partidos amistosos hasta la siguiente semana. Y recostándose de nuevo en su debilidad, añadía que a él eso de suspender los partidos no le daba importancia. Que lo llamaran, que su juego no se afectaba aunque el terreno estuviese encharcado; él jugaba como fuese. La última noche, ya más tranquilo, soñando con la cancha, cerró los ojos sin dolor, y muy suave y sonriente dejó de respirar. Inmediatamente se desató un tremebundo y ruidoso aguacero coreado de truenos que parecía poder derrumbarlo todo al desplomarse con insistencia y fragor atroces, sobre los techos de zinc y rellenos de hojas de plátanos. El río renació muy hablador y amenazante y se refrescó con la crecida, echando corriente abajo mucha de la basura acumulada durante tanto tiempo de mansedumbre.

Muerto ya, y regada la noticia, como el agua que seguía cayendo y corría también por las calles, por las zanjas y por los vericuetos, la casa se llenó varias veces de silentes y solidarias negradas. Y la comarca entera se presentó empapada a curiosear y a verlo muerto.

El gastado balón que rodaba por el piso le fue regalado al primer niño que lo pidió.

Y al día siguiente, con la tierra encharcada y barrosa hasta los tobillos, los gallos no cantaron ni se bajaron de los gajos de los árboles, el desaliñado platanal se había venido abajo casi por completo y las gallinas del vecindario no pusieron un solo huevo ni cacarearon. Casi todos los puercos observaban el movimiento estando a buen resguardo y extrañamente silentes en las partes más altas de los cobertizos y chiqueros. Y la puerca mayor, con sus puerquitos mamando retozones, rezongaba tranquila con todos a salvo sobre un nido de paja caliente, deseosa de fango y de camino.

Cuando lo fueron a velar, después que una sombra lo rondó toda la noche, sin que nadie hubiese visto antes esa vestimenta por ninguna parte, el desgastado Negro Moreno apareció impecable sobre la cama, tendido como un santo, vestido con el uniforme verde amarillo de la Selección Nacional de Brasil, luciendo el número 10 en la espalda y calzado con sendos botines nuevos, con los lazos bien amarrados, al final de las gruesas medias y de sus piernas largas y flacas. No hubo explicación alguna, ni se necesitaba. Ante tal desquiciada indumentaria, más que creyentes y acostumbrados a hechizos y brujerías todos en el velatorio se alegraron, aplaudieron sonrientes cuando lo vieron tan bien equipado y nadie se extrañó en lo más mínimo de lo ocurrido. Era justo, decían. No se supo nunca quién se llevó los viejos botines de cuero con las suelas rotas y los tacos partidos que estuvieron durmiendo ese tiempo de espera, compañeros hasta el final, debajo de la cama. Lo enterraron en el monte, junto a sus padres. El aroma del aguardiente se acumuló en el oscuro cuarto y en el aire de la casa entera por toda la temporada de lluvias, que suele ser muy larga.

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Liter-aria. Revista de escritura

María del Pilar Moreno Martínez es profesora en Letras, egresada de la UNT. Comparte su actividad como escritora de relatos y poemas con la producción de ensayos. Publicó en diversas Antologías . LA RAMA DORADA , POEMAS Y MUROS COMO PUENTES y DE RESTOS Y DE RETOS son TRES de sus libros publicados hasta ahora. Además creó y administra desde 2009 esta revista literaria en internet, LITER-ARIA, www.liter-aria.com.ar, que difunde escritura de jóvenes y adultos de nuestra provincia y del exterior. Fue Coordinadora de Talleres de Expresión y comparte su tarea escrituraria con la dirección teatral. Creó y coordina el grupo de arte EL CANDIL.