Se seleccionó el término “mística peronista ” para aludir a las representaciones mediante las cuales los miembros del movimiento “sentían” que formaban parte de una experiencia más amplia que los contenía: eran parte constituyente de la nación y se sometían a la conducción del líder quien, por principio interpretaba sus deseos.  La utilización del término no es arbitraria pues ha sido empleado por aquéllos que intentaban nombrar los aspectos del peronismo que sirvieron como aglutinantes y permitieron generar identificaciones que trascendían lo meramente racional para centrarse en la emoción y el sentimiento.

Entre los aspectos de mayor relevancia para la configuración de esta “mística” se encuentran los siguientes:  los íconos de Perón y Evita; la retórica discursiva de Perón, cuyas expresiones se acuñaron como principios de verdad política; los relatos en relación con el cumplimiento de los pedidos a la fundación Eva Perón; los rituales periódicos donde se plesbicitaba el régimen y que consistían en las convocatorias multitudinarias de Plaza de Mayo en ocasión de fechas históricas como el 17 de octubre, día de la lealtad o el primero de mayo.  Mientras el primero podría considerarse como expresión del mito “de nacimiento” del peronismo, cuando las masas surgieron al conocimiento público y construyeron su “mismidad” tomando como referencia al líder, el primero de mayo perdía su valor de lucha para convertirse en un día de fiesta porque era el momento en que Perón “se encontraba”  con su pueblo y establecía un diálogo con él para llevar a cabo sus deseos y aspiraciones.  En La razón de mi vida, Evita explicitó esta unión del líder con el pueblo y se presentaba a sí misma como un nexo, un puente entre las necesidades y los deseos y la certeza de la realización.

terés se ha desplazado atrayendo la curiosidad de los investigadores y la fascinación de los artistas que ven en ella la posibilidad de afinar sus interpretaciones sobre la realidad política argentina o plasmar sus necesidades estéticas como en el caso de Tomás Eloy Martínez.

El “fenómeno” Eva Perón ha trascendido la devoción de sus seguidores

y el repudio de sus oponentes políticos inmediatos y su inLa capacidad de Eva en renacer como mito corre pareja con la capacidad de transformación de la que fue capaz en la vida real, tal como lo reveló en la metamorfosis sufrida como actriz de segundo orden, la “rea”, para convertirse en la “reina”, la Jefa espiritual de la nación, “la Abanderada de los humildes”; “ la “Dama de la esperanza”. El propio Tomás Eloy Martínez cuando se refiere al modo de contar su historia, utiliza la imagen clásica de la metamorfosis biológica: iba a relatarla tal como la había soñado: “como una mariposa que batía hacia delante las alas de su muerte mientras las de su vida volaban  hacia atrás” (1995: 78).  A lo mismo se refiere en el siguiente párrafo:

 

No parecía la misma persona que había llegado a Buenos Aires en 1935 con una mano atrás y otra adelante.  Era entonces nada o menos que nada: un gorrión de lavadero, un caramelo mordido, tan delgadita  que daba lástima Se fue volviendo hermosa con la pasión, con la memoria y con la muerte.  Se tejió a sí misma una crisálida de belleza.  Fue empollándose reina, quién lo hubiera creído (1995: 11-12).

 

“Belleza”, “pasión” y “muerte” fueron los términos que utilizó también Beatriz Sarlo (2003) para encarar la explicación del mito. “Memoria”, agregó Martínez, incluyendo el paso del tiempo que llenó con otros deseos, otras interpretaciones, el recargado espacio ocupado por Eva.

Como la muerte temprana impidió que la realidad fuera modelándola según sus potencialidades y experiencias, dio lugar a que Montoneros la convirtiera en su bandera como representante de la lucha armada basándose en que, luego de un alzamiento militar ordenara la compra “de cinco mil pistolas automáticas y mil quinientas ametralladoras para que los obreros las empuñaran en caso de otro alzamiento” (1995: 185): “Si Evita viviera, sería montonera.”  Mientras tanto Perón la reemplazaba por María Estela Martínez y ésta llevaba a cabo la ilusión de Evita de detentar el cargo que se frustró en el “día del renunciamiento”.  Obviamente, cualquier proyección cae en el océano de las especulaciones, pero lo que sí pudo observarse en el plano histórico fue que la trayectoria de Perón no lo condujo a crear “la patria socialista” sino a lo que él llamó “la reconstrucción nacional”, una variante del capitalismo con control de precios y acuerdos de salarios, acompañado por una gran voluntad de escarmentar a los jóvenes revoltosos incapaces de aceptar consecuentemente la verticalidad.

En La razón de mi vida Eva Perón ensalzó a Perón

como aquél a quien le debía todo lo que era, de allí que no resultara extemporáneo que se pusiera en boca de ese personaje la idea de que él había hecho a Eva.  El salto de lo novelesco hacia el campo histórico no es muy amplio pues ese mismo pensamiento podría explicar la decisión de elegir a su esposa María Estela Martínez como acompañante de fórmula: del mismo modo que “había creado” a una podía crear a la otra.  La tercera esposa de Perón despertó adhesiones en la línea política que representaba el pensamiento de su esposo, pero una suma de circunstancias le impidió reencarnar la “mística” que éste había construido en compañía de Evita.

Aunque contaba con todo el apoyo de su marido y su propia ambición, no sólo careció de las condiciones internas necesarias para renovar el mito sino que debió enfrentar desde el punto de vista objetivo condiciones externas adversas.  El peronismo se encontraba fracturado y si bien la Tendencia Revolucionaria se esforzaba en disimular sus diferencias con Perón, no hacía lo mismo con “Isabel”, la enfrentaba directamente y contraponía su figura a la de Evita.  Los sectores populares vinculados al sindicalismo ortodoxo acataban la elección de Perón pero los encuentros en la plaza de Mayo que se habían convertido en el centro de disputa con la “Juventud”, luego de la experiencia de Ezeiza estaban mediados cautamente por un vidrio blindado, hecho que significaba que “hasta Perón” podía ser víctima de un atentado.  Para los sectores medios movilizados, la “mística” unión con el líder se rompió el primero de mayo de 1974 cuando éste desconoció cualquier demanda que entrara en contradicción con sus propios deseos y destruyó la fantasía montonera que alentaba las creencias formadas durante su exilio.

A la situación política interna se le sumó la problemática situación internacional que asolaba al mundo capitalista y cuyos verdaderos alcances todavía no se estaba en condiciones de evaluar: la crisis del petróleo a nivel mundial hundiría rápidamente la hipotética reedición del Estado de Bienestar “a la criolla” y se esfumaría en el caos de la inflación.

Hostil con Perón, Santa Evita muestra “fascinación” por el personaje

e intenta reconstruir el salto cualitativo desde la pensión a la Casa Rosada y de cadáver resguardado en la CGT al vagabundeo por década y media cuyo tránsito recorre de manera obsesiva. La novela busca crear la atmósfera adecuada a la transmisión de la “mística” que Evita producía, un sentimiento casi religioso que unía a los “fieles” con ella y con los “otros” en la fe y la esperanza.  Cuando murió y la embalsamaron fue más fácil convertirla en un ícono, una imagen “religiosa” pasible de culto: los peronistas proyectaron sus amores y los antiperonistas sus odios, convirtiendo la santidad en actividad demoníaca. La imagen de  velas encendidas y flores silvestres esparcidas que se reitera en la novela manifiesta las formas usuales de devoción que se utilizan como ofrenda en los cultos a los “santos” populares, pero desliza también el temor ante lo sagrado que se rechaza:

 

Al llegar, el Coronel descubrió una nueva fatalidad. En la vereda junto a la que pensaba dejar el camión ardía una hilera de velas delgadas y largas.  Alguien alrededor, había esparcido margaritas, glicinas y pensamientos.  Ahora sabía que el enemigo no lo perseguía. Era peor que eso.  El enemigo adivinaba cuál iba a ser su próximo destino, y se le adelantaba. (1995: 182)

 

Esta y otras expresiones que  Claudia Román y Silvio Santamarina (2000: 49-69)  confinarían al realismo mágico, fueron las que produjeron la reacción adversa de Hugo Vezzetti (1997: 1-8) sobre la ampliación del mito de Eva Perón en Santa Evita. Su propuesta para interrogar el mito exigía “separarse de los efectos de fascinación propios de todo retorno al universo primario de la magia”  y avanzar con respecto a “la relación que en la sociedad argentina se ha ido constituyendo entre la política y la muerte”. La preocupación del crítico se origina, como se pudo apreciar en sus reflexiones sobre la memoria, en la recuperación del mito como “la santa del fusil” por parte de los jóvenes del ’70 y su exaltación actual por parte de algunos viejos militantes de la época.

En el capítulo ocho de la novela, “Una mujer alcanza su eternidad” (1995: 183-205) se reflexiona sobre las razones por las cuales Eva se convirtió en mito y aunque no se actualiza la apropiación narrativa del mito por parte de Montoneros, se expone como segunda razón el hecho de que había muerto joven, “como los otros grandes mitos argentinos”. En ese capítulo Martínez corta abruptamente su “fascinación” por el personaje y apunta de modo muy racional:

 

Si Evita viviera sería montonera”, cantaban los guerrilleros de los años setenta.  Quién sabe.  Evita era infinitamente más fanática y apasionada que Perón, pero no menos conservadora.  Hubiera hecho lo que él decidiera  (185).

 

Evidentemente, la novela y sus efectos mediáticos le sirvieron de disparador a Vezetti para reflexionar sobre el mito en función de sus propias necesidades pero ignora o decide ignorar las exigencias que los planteos tanto estéticos como de “verosimilitud antropológica” imponen a la literatura. ¿De qué otro modo se hubiera podido captar la “mística” peronista sino implantándose en el centro del mito e identificándose con él?

La revisión del mito en los ’90 por Anahí Ballent (1997: 9-14) como consecuencia de la renovación de éste realizada por Alan Parker o los films de Desanzo Eva Perón, con guión de José Pablo Feinmann o de Bauer La tumba sin paz, con guión de Miguel Bonasso, concluye en una afirmación que ya era una sospecha: “todos los misterios de Eva Perón conducen a Juan D  Perón”, una manera discreta de reforzar lo ya dicho por Martínez en su “Quién sabe”…si Evita hubiera sido montonera de haber vivido en los ’70.

 

Bibliografía

Ballent, A. (1997). “Eva Perón y los equívocos de la biografía”; en:  Punto de vista.  Número 58. Buenos Aires; agosto; pp. 9-14.

Martínez, T.E. (1995). Santa Evita.  Buenos Aires.  Planeta.

Perón. E. (1982). La razón de mi vida.  Buenos Aires. Volver

Román, C. y S. Santamarina (2000). “Absurdo y derrota. Literatura y política en la narrativa de Osvaldo Soriano y Tomás Eloy Martínez”; en: Historia crítica de la Literatura Argentina. Volumen 11. Buenos Aires. EMECE.

Vezzetti, H. (1997).  “El cuerpo de Eva Perón”; en:  Punto de vista. Número 58. Buenos Aires; agosto; p.p.3-8

Written by

Liter-aria. Revista de escritura

María del Pilar Moreno Martínez es profesora en Letras, egresada de la UNT. Comparte su actividad como escritora de relatos y poemas con la producción de ensayos. Publicó en diversas Antologías . LA RAMA DORADA , POEMAS Y MUROS COMO PUENTES y DE RESTOS Y DE RETOS son TRES de sus libros publicados hasta ahora. Además creó y administra desde 2009 esta revista literaria en internet, LITER-ARIA, www.liter-aria.com.ar, que difunde escritura de jóvenes y adultos de nuestra provincia y del exterior. Fue Coordinadora de Talleres de Expresión y comparte su tarea escrituraria con la dirección teatral. Creó y coordina el grupo de arte EL CANDIL.