Dentro de las ciencias sociales se ha despertado un gran interés por las producciones de la imaginación referidas al orden social y político, los imaginarios sociales”. En ellos puede advertirse un doble juego: por un lado, el poder político hace uso de representaciones y emblemas mediante los cuales ejerce su dominio simbólico sobre la sociedad intentando legitimar su poder.  Por otro, la misma colectividad designa su identidad elaborando una representación de sí misma: marca la distribución de los papeles y las posiciones sociales, expresa e impone ciertas creencias comunes, fija modelos formadores como el del “líder”, el del “militante”, el del “combatiente”, el del “intelectual comprometido”.  En esa elaboración tienen fundamental importancia el Estado y los intelectuales.

Como una de sus funciones es la organización y el dominio del tiempo colectivo sobre el plano simbólico

se tuvieron en cuenta los aspectos referidos a la memoria y se los contrastó con el concepto de historia al que se adhirió en el presente artículo.

El concepto de historia como disciplina que se sostiene, se adscriben a los principios enunciados por la historia “científica” en el sentido de Michel de Certeau (1993) para quien las proposiciones formuladas debían aspirar a un status de “verdad” y verificabilidad.  Se introdujeron, además, algunos principios de la etnohistoria,  disciplina que pretende conocer la concepción que los pueblos se forjan acerca de su propia historia. De este modo se puede comprender el funcionamiento de las relaciones con los demás, de las relaciones de poder y de las relaciones con el mundo. Para ello debe interrogarse también sobre la calidad y credibilidad de los testimonios y sobre la significación de ésta o aquella modalidad particular de memoria, cómo pueden interrogarse los silencios, los olvidos, las deformaciones y las manipulaciones (Augé; 1996: 11-30)

Coincidentemente, Chartier (1999: 242-247) advierte sobre la necesidad de resistir a la tentación de identificar historia y memoria, construyendo historias particulares vinculadas a los deseos o las expectativas de las comunidades pues, si bien esas aspiraciones pueden ser legítimas, no por ello la historia que produzcan va a estar libre de mitos o falsificaciones que la historia como ciencia debe poner al descubierto.

El término “memoria” tal como se lo entiende en este trabajo tiene el sentido que se le da en la teoría de la información y en la cibernética, o sea la facultad que poseen ciertos sistemas de conservar y acumular información.

La cultura es la que conserva, olvida, resignifica, selecciona, traduce, interpreta la historia en el sentido de experiencia humana y también como disciplina.

Habrá entonces un duelo de versiones encaminadas a conservar, pero también a constituir una memoria y,  en el caso de las historias nacionales, “constituir esa memoria supone trazar una perspectiva, hacer un diseño de valores, operar una selección, formular interpretaciones (explícitas o implícitas), poner en actividad la capacidad de recordar tanto como la de olvidar” (Dorra; 1998: 185-204).

El período analizado, en especial el Peronismo del 70, constituyó el preludio a la represión política más sangrienta vivida en Argentina.  Esta, si bien encontró sus justificaciones en el accionar de la guerrilla armada, desató la violencia sobre toda la sociedad y sus instituciones: escuelas, universidades, representantes políticos, fábricas.

Para muchos intelectuales, la posdictadura significó no sólo la denuncia y búsqueda de justicia, sino  la necesidad de revisar  lo actuado durante la etapa anterior. La mirada hacia el pasado reveló la importancia de reconstituir la sociedad sobre un nuevo pacto al advertirse cuanto de autoritario, antidemocrático, faccioso  y sectario había tenido el comportamiento político de la sociedad argentina.

Para Vezzetti (2002: 21-54), la nueva memoria sobre la cual construir un nuevo contrato en la sociedad, debía asociarse a la instauración del imperio de la ley, ya que era su preeminencia simbólica la que autorizaba a caracterizar al crimen como tal. En caso contrario, además de dar pie para la repetición de situaciones similares, la lectura del pasado no permitiría ver sino alternativas de una lucha política o de una guerra que se situaba por encima de la ley y justificaba el asesinato como una vía legítima de la práctica política.

La memoria tradicional como memoria ideológica había sido determinante en la construcción de los sentidos que llevaron a la experiencia política de los años previos a 1976; de allí que la condición parecía ser cierto borramiento del estado anterior de la memoria, con el objetivo de permitir el nacimiento de una memoria nueva y ejemplar para la construcción de la democracia. En ese sentido, Vezzetti criticó la autocomplacencia de la memoria montonera cuando afirmaba su identidad y la continuidad de tradiciones y creencias sin haber realizado un trabajo reflexivo sobre esa experiencia y debatido los programas, las acciones y las figuras de la radicalización revolucionaria.

¿En qué consiste esa memoria ejemplar?

La memoria ejemplar usa el acontecimiento como modelo para abordar y pensar otros acontecimientos y permite convertir el pasado en lección, en principio de acción en el presente. Para eso se debe ir más allá del testimonio acrítico que no problematiza el pasado, y acudiendo a la inteligencia, se lo debe interrogar sobre las condiciones, las acciones y las omisiones de la propia sociedad. En ese punto la memoria y la historia como disciplina de conocimiento establecen una relación necesaria e intrincada.  Se debe “recordar”  el pasado  incluyéndolo en una red más abierta de sentido, para discutirlo o convertirlo en punto de partida de un nuevo encadenamiento de recuerdos, ideas, propósitos de modo que puedan surgir nuevas preguntas capaces de renovar el pasado.

El análisis de la desmesura de la dictadura permitió ver que reflejaba “como un cristal deformado y roto”, ciertos rasgos presentes en la sociedad: conflictos empujados hasta el antagonismo irreconciliable, multiplicación de las luchas, disposición paranoica a colocar afuera y en el otro la responsabilidad de todos los males, soberbia autorreferencial en la consideración del propio lugar y los medios disponibles, predilección por los atajos y las vías ajenas a las normas, escaso apego a las formas institucionales, como se advirtió en el manejo de la Guerra de Malvinas.

Esa preocupación de Vezzetti (1997: 3-8) por contribuir a la “memoria ejemplar” fue seguramente la que lo movilizó para cuestionar el impacto que Santa Evita había producido en los medios, al instalar un tema “que se toca con eso que Freud llamó la universal inclinación hacia la credulidad y la milagrería.”  Ansioso por interrogar al mito de Eva Perón desde el metalenguaje de la crítica, si bien se molesta con Martínez por la vía utilizada para recrear estéticamente el mito, pareciera olvidarse que en la novela también está inscrita lo que él considera una interrogación fundamental, “la relación que en la sociedad argentina se ha ido constituyendo entre la política y la muerte”.

Mientras Vezzetti defiende la postura  cartesiana mediante la cual podrá interpretar el mito, Martínez se empeña en mostrar de manera “extrañada” justamente lo contrario: una Argentina donde se acumulan acciones y pensamientos que transgreden el campo de lo habitual para dar paso a lo siniestro como componente esencial de la política en el período seleccionado. Se embalsaman cuerpos para su veneración; el embalsamador se enamora del cadáver; todos aquellos que entran en contacto con la momia de Evita “terminan mal”; presidentes y vicepresidentes hacen desaparecer el cuerpo al que condenan a un accidentado peregrinaje porque “muerta”, “esa mujer es todavía más peligrosa que cuando estaba viva”; militares que proyectan su miedo a la horda y suponen motines en las fábricas, asaltos a la CGT para “llevarse a la mujer” y  “bajar con ella por el río Paraná para sublevar a los pueblos de las orillas” (1995: 24-25).

Para Zelarayán (1998) el personaje de Eva Perón determina un vínculo entre la historia “inmediata” y la ficción e implica una escritura de la historia que bordea lo testimonial por la cercanía de los hechos considerados y las técnicas empleadas, por ejemplo  las entrevistas y la incorporación de lo que denomina los aspectos “socio-antropológicos”: la figuración de deseos, mitos, sueños utópicos, desesperanzas, problemáticas de distintos sujetos sociales, especialmente populares que encarnan en lo individual, la colectividad.  Es justamente la autorreferencialidad de Martínez y la inclusión de testimonios y precisiones documentales donde se exhiben  aspectos mágicos, lo que molesta a Vezzetti porque ello supondría la aceptación de los acontecimientos que cuenta como verdades lisas y llanas.

En cierto modo, la hipótesis de Vezzetti sobre la recepción de Santa Evita es correcta. Tomás Eloy Martínez, en el artículo “Evita: la construcción de un mito” (1999: 346-362) explica que en un museo del peronismo se inscribió como perteneciente a Eva la frase inventada por él: “Coronel, gracias por existir” que aparecía en La novela de Perón. Redactó un artículo al respecto pero no pudo convencer a los devotos de Evita que ella no lo había dicho.  La frase forma parte ahora de la historia porque la fuerza del referente era tal que se tomó como verdadero lo simplemente verosímil. ¿Sucedió lo mismo con el “cadáver que escapa de cualquier encierro para recibir la ofrenda de sus fieles mientras ejerce su madición” como escribe Vezzetti (1997)? Es probable, pero esa recepción hablaría sobre todo de las características de la sociedad que lee de esa manera, no tanto por lo que dice el texto, sino por las creencias previas de los lectores y su desconocimiento acerca de los pactos de lectura.

En dos artículos referidos a sus novelas sobre el peronismo, Martínez comparte con el lector las vacilaciones en las que incurrió al encarar la elección del género.  El carácter histórico de los personajes elegidos y el conocimiento exhaustivo de las fuentes lo inclinaban hacia la biografía,  pero los límites del género le resultaron muy estrechos para expresar los deseos y proyecciones de los partidarios y oponentes de Evita, y las incertidumbres y contradicciones que surgían de las contrastaciones con los datos. Por ejemplo, en el caso de Perón,

de no haber contado con la ayuda de personajes imaginarios no hubiera podido exponer la imagen de un país derrotado

y pauperizado a merced de “astrólogos, presidentas bobas, caudillos decrépitos y bufones, inconcebibles en un país que se ve a sí mismo como cartesiano” (2004: 125-134).

De todos modos, aunque eligió la novela como género, reflexiona también sobre cómo influyeron en su obra las concepciones vigentes sobre la Historia al momento de la escritura. En un caso, el discurso de la historia al que adhería sostenía  que: “donde hay una incertidumbre, debe instalar una verdad y donde hay una conjetura, debe acumular datos a los fines de probar la veracidad de lo que está afirmando” como expresa en el artículo “Perón y sus novelas” (2004: 125-134).  Escrito entre 1988 y 1994 reflexionaba  que al momento de escribir La novela de Perón  estaba influido por las certezas absolutas de los años  ’60 y ’70, cuando escribir novelas sobre la historia significaba moverse dentro de un campo donde verdad y mentira eran conceptos adversarios, debido a que se insistía en la manipulación oficial de la historia y la necesidad de encarar “un duelo de versiones”.

En cambio, como explica en el artículo mencionado más arriba “Evita: la construcción de un mito”, aúna la ficción y la historia cuando escribe la novela de ese nombre porque parte de una concepción de historia diferente. Observa que las certezas de la objetividad del discurso histórico tradicional se han visto erosionadas por Foucault y Derrida, por los conceptos de narratividad y representación de Hayden White y los ataques de Roland Barthes.  Haciéndose eco de los que piensan que la historia es otro género literario más, dice que “ya no hay fronteras” y que las diferencias entre ficción e historia se han ido tornando cada vez más lábiles; que en la actualidad ya no se piensa en una versión que se oponga a la oficial, sino en muchas versiones o, más bien en “una versión que va cambiando de color según quién es el que mira:

Al escribir Santa Evita tejió una ficción “sobre un bastidor en el que hay hechos y personajes reales” invirtiendo deliberadamente la estrategia del “nuevo periodismo” de los años ’60 donde se contaba un hecho real con la técnica de las novelas. En el texto se cuentan hechos ficticios como si fueran reales, empleando algunas técnicas del periodismo.  Por ejemplo, donde dice: “yo vi”, “yo estuve”, “yo revisé tales fichas”, “ese yo es un yo de la imaginación que aparece como testigo ficticio para conferir verosimilitud a sucesos que a veces son inverosímiles.”  Compara los efectos que ejercen las novelas y los relatos ficticios sobre el lector con el discurso de la historia y concluye diciendo que los primeros “son una provocación porque tratan de imponer al lector una representación de la realidad que le es ajena”.  Ello fue así en el caso de Vezzetti al que se hacía referencia más arriba, aunque también podría ocurrir lo contrario con algún cultor de Evita que acepte como verdaderos ciertos presupuestos que atienden al mito.

A favor del borramiento de las fronteras propone a la literatura “dialogar con la historia no como verdad sino como cultura, como tradición”.  Luego de apropiarse del imaginario y las tradiciones culturales de la comunidad, el novelista –añade- puede transfigurarlos de otro modo para “tratar de saber quiénes somos o que hay en nosotros de Algún Otro”. Dice que las mejores lecturas de su obra provinieron de  los historiadores quienes: descubrieron los hilos con los que yo había separado cuidadosamente verdad y verosimilitud y descifraron la trama no tan secreta con que, a partir de un cuerpo ya mítico, el cuerpo de Eva Perón, fui dibujando otro mito, el del cadáver nómade que de algún modo simboliza también la errancia de la Argentina (1999: 347).

 

Santa Evita, calificada como posmoderna por Francine Masiello, como novela gótica por Beatriz Sarlo, como “extraña” por Vezzetti, como perteneciente a lo “fantástico político, la versión local del realismo mágico latinoamericano”, para Martínez es el inventario de un mito argentino pero a la vez es también una confirmación y una ampliación de ese mito.

Su postura de “traductor bilingüe” lo ha llevado a la misión totalizadora de revisar el mito desde varios “lados”.

Tanto desde la “milagrería” de los sectores populares que sostienen que “si no la traen, Evita va a venir sola”, hasta la locura de los militares implicados en el cuidado del cadáver, para quienes se realizan los milagros siniestros: “ahora sabía que el enemigo no lo perseguía.  Era peor que eso. El enemigo adivinaba cuál iba a ser su próximo destino, y se le adelantaba” (1995: 182). De la narración que obsesivamente sigue las huellas del cadáver pasa a la reflexión no sólo sobre el mito y su posible relación con el mundo político sino a la propia construcción de la novela.  Es por eso que fue revelando las fuentes reales o falsas de la ficción histórica a medida que la ficción avanzaba y confesó de dónde iba brotando cada elemento del relato, para compartir “con el lector el laboratorio secreto de cada fragmento.” Situándose en una línea que entronca con los intelectuales del liberalismo de Fundación añade que las operaciones de escribir y reflexionar sobre lo escrito, han sido producto de una tensión en América Latina donde hasta la historia y la política nacieron como ficciones.

Ajeno al peronismo pero persuadido de la importancia del mito para comprender no sólo a la Argentina, sino a él mismo dice: “Si no trato de conocerla escribiéndola, jamás voy a conocerme yo” (1995: 390), o nunca va a saber cuánto del “otro” se encuentra presente en él. Como intelectual que no hizo el recorrido peronista radicalizado de los ’70, pero interesado en las propuestas populares y acicateado probablemente por el exotismo que significaba acercarse desde esa posición a la realidad del “culto de Evita”, se propone el objetivo de “traducir” a lenguajes diversos el “misterio” Eva Perón.  Para ello rastrea en su vida, adopta puntos de vista ajenos, modifica su inicial representación de Eva como “una mujer autoritaria, violenta, de lenguaje ríspido, que ya se había agotado en la realidad”  (1995: 79).

Mientras Vezzetti se preocupa por la instalación en el imaginario de esta nueva Santa Evita, féretro errante que no aportaría nada a la memoria ejemplar, Martínez desde otra posición teórica acude a la recreación del mito y se acerca al “mundo encantado” que coexiste en el seno de la sociedad con la ideología de la Ilustración. Para Marc Augé (1996) este mundo encantado es un mundo de sospechas, de males que deben interpretarse, conjurar y disipar, un mundo en el que el razonamiento tiene lugar, pero en el interior de un universo donde importa más reconocerse que conocer y cuyo sistema de interpretación está vinculado con una definición del sí mismo entendido como algo inseparable de su ambiente material y social. Agrega que la racionalidad del mito, de la filosofía y de la ciencia no representan el recorrido por el cual se pasa de una irracionalidad primitiva a una racionalidad moderna sino el de una racionalidad turbia que pasa a una clara. El mito dice muchas cosas a la vez, lo mismo que un poema y puede prestarse a lecturas contradictorias; la racionalidad de la filosofía es menos turbia que la del mito, pero también se ocupa de la totalidad; en cuanto a la de la ciencia, apunta sólo a un trozo de la totalidad.

Martínez, a través de la recurrencia al mito político, puso en escena la idea que vastos sectores de la población tenían sobre la función que debían cumplir las figuras políticas: dar cumplimiento a las expectativas, necesidades y deseos como en su momento lo hizo Eva Perón.  Enraizado fuertemente en el imaginario de los argentinos este mundo “encantado” donde los deseos se volvían realidad, no sólo afectó a las clases populares, a intelectuales y clases medias movilizadas sino también a la oposición que encontraron en ese nombre y ese cuerpo el soporte para transportar y canalizar los amores y los odios.

 

Bibliografia

Augé, M. (1996). Hacia una antropología de los mundos contemporáneos. Barcelona. Gedisa.

Baczko. B. (1991). Los imaginarios sociales.  Memorias y esperanzas colectivas. Buenos Aires. Nueva Visión.

Certeau, M. de (1993). La escritura de la historia, D.F. Universidad Iberonamericana.

Chartier, R. (1999). El mundo como representación. Barcelona. Gedisa.

Dorra, R. (1998). “La interacción de tres sujetos en el discurso del pasado”; en: Pérez Sill, J. y R. García, Verena (coord.). Identidad en el imaginario nacional. Reescritura y enseñanza de la historia. México. Inst. de Ciencias Sociales y Humanísticas. BUAP. Puebla

Martínez, T. E. (2004). Las vidas del general. Buenos Aires.  Aguilar.

———- (1999).  El sueño argentino. Buenos Aires. Planeta.

———- (1995). Santa Evita.  Buenos Aires.  Planeta.

Vezzetti, H. (1997).  “El cuerpo de Eva Perón”; en:  Punto de vista. Número 58. Buenos Aires; agosto; p.p.3-8

Zelarayán, C. (1998). Santa Evita: Historia inmediata y utopía a través del plurilingüismo social.  Tucumán. UNT.

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Liter-aria. Revista de escritura

María del Pilar Moreno Martínez es profesora en Letras, egresada de la UNT. Comparte su actividad como escritora de relatos y poemas con la producción de ensayos. Publicó en diversas Antologías . LA RAMA DORADA , POEMAS Y MUROS COMO PUENTES y DE RESTOS Y DE RETOS son TRES de sus libros publicados hasta ahora. Además creó y administra desde 2009 esta revista literaria en internet, LITER-ARIA, www.liter-aria.com.ar, que difunde escritura de jóvenes y adultos de nuestra provincia y del exterior. Fue Coordinadora de Talleres de Expresión y comparte su tarea escrituraria con la dirección teatral. Creó y coordina el grupo de arte EL CANDIL.