La vorágine es la única novela que escribió el colombiano José Eustasio Rivera, y se conjuga como el prototipo de la novela de la selva, pero la adscripción de la mencionada obra, en el canon del Modernismo es una de las discusiones más complejas que se han dado dentro de la crítica colombiana e hispanoamericana. En este sentido, son varios los especialistas, según observa Germán Espinoza que debaten en torno a este tema. Sin embargo, no hay que olvidar que la literatura latinoamericana constituye un campo contradictorio, cuyo desarrollo acompaña los procesos de modernización de los respectivos países de origen de las obras. Este el caso de Colombia, cuyo campo cultural se articula conforme se consolida el país como productor de materias primas respecto del mercado mundial.

La vorágine pone en evidencia las formas con que se articula la producción de caucho y en la narración se asienta en una profusa descripción del llano colombiano, especialmente donde se lleva a cabo la explotación de heveas brasiliensis.

El criterio que rige la construcción del texto

El criterio que rige la construcción del texto se articula en torno al conocimiento que el propio autor posee de la geografía como consecuencia de su participación en sucesivas comisiones gubernamentales, especialmente la referida a la demarcación de los límites nacionales.

Una de las discusiones que se desarrollaron en el ámbito colombiano respecto de la pertinencia de la obra de J. Rivera a un movimiento literario resulta zanjada por G. Espinoza, al afirmar que “…no es aconsejable observarlo en términos de vertientes o de movimientos literarios nacionales…”[1] Su ámbito es más vasto y se define a partir de la instancia en la que se produce la publicación de la obra (1928), en cuya situación convergen las exquisiteces narrativas de Rubén Darío, como la prosa de Leopoldo Lugones, exponentes del modernismo, pero más especialmente hay que tener en cuenta la influencia de Rudyard Kipling y Horacio Quiroga, quienes comparten su fijación por la selva como medio y personaje de lo narrado. Ambos autores resultan exponentes del simbolismo, cada cual con los matices propios de las culturas originales. De H. Quiroga deriva el realismo lírico que caracteriza la narración de La vorágine y, especialmente, el conocimiento acabo sobre la materia narrada. En la diegesis de Rivera emerge el seguimiento del Decálogo del buen cuentista de H. Quiroga, especialmente determinante de la estructura de la novela, lo cual la aleja de la displicencia estructural que define al modernismo.

Esto es particularmente observable, dada la escasa producción novelística del modernismo, la cual no se sostiene en consagrados novelistas como Stendhal o Maupassand, sino más bien de Baudelaire u Oscar Wilde. J. Rivera, en realidad, conjuga las formas de la modernidad en el sentido estricto de la precisión descriptiva, de lo cual deriva una estructura, cuyo ritmo narrativo expresa una capacidad de estructurar fundada en un estilo plástico que determina las grandes masas estructuradas: una, el relato de la fuga de Arturo y Alicia, concordante con la de Franco y Griselda; otra, en la que se pone en evidencia la explotación de los caucheros; y, una tercera, en la cual se inscriben las voces secundarias de Helí Mesa, Clemente Silva y Ramiro Estévanez, por medio de las cuales emerge la cultura de los sectores sociales implicados en la narración.

De lo expresado, puede decirse que la escritura de J. Rivera es moderna, no modernista, especialmente porque da cuenta de la influencia de la escritura científica y de la necesidad derivada de ésta por establecer textos estructurados según su lógica.

A esta forma particular de articular el discurso narrativo

A esta forma particular de articular el discurso narrativo debe agregársele los aportes del simbolismo, en la medida en que la selva y las prácticas contenidas en ella se pueden “leer” como instancias que connotan las auténticas condiciones de vida de los sectores caucheros y por medio de la cual se percibe un sesgo de realismo social.

Al afirmar que la escritura de J. Rivera es moderna, se enfatiza la cristalización de un conjunto de escrituras, cuyos orígenes pueden observarse en la apelación por el exotismo propia del Romanticismo, cuyos fundamentos son reactualizados por el simbolismo. La selva como sujeto compone un campo significativo por medio del cual se objetiva la falta de desarrollo de los países de Latinoamericana. En este sentido, la precisión propia de Quiroga sirve para canalizar una metáfora propia del romanticismo latinoamericano, por medio de la cual la selva trasmuta en barbarie, del mismo modo que la metonimia expresada en la novela de Rómulo Gallegos. La selva opera como un sujeto en tanto asume características propias de un ser viviente por medio de calificativos como “devoradora”, lo cual le confiere condiciones de animación por medio de resistencia a la tarea del hombre. A mismo tiempo, también se articula como espacio, en el cual se ponen de relieve los caracteres autobiográficos que se filtran en la obra a través de la vida de Arturo Cova, una creación como personaje al estilo de Dickens o Dostoiewsky, lejos del tipo creado por el modernismo.

 

[1] Modernismo y modernidad en La vorágine. Introducción. La vorágine. Panamericana Edit. Bogotá, 2000.

 

Eduardo Luna, Profesor en Lengua y Literatura

Estudiante de la Licenciatura en Letras

Facultad de Humanidades de la UNSE

Universidad Nacional de Santiago del Estero – Argentina

thepretorian_79@hotmail.com

 

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Liter-aria. Revista de escritura

María del Pilar Moreno Martínez es profesora en Letras, egresada de la UNT. Comparte su actividad como escritora de relatos y poemas con la producción de ensayos. Publicó en diversas Antologías . LA RAMA DORADA , POEMAS Y MUROS COMO PUENTES y DE RESTOS Y DE RETOS son TRES de sus libros publicados hasta ahora. Además creó y administra desde 2009 esta revista literaria en internet, LITER-ARIA, www.liter-aria.com.ar, que difunde escritura de jóvenes y adultos de nuestra provincia y del exterior. Fue Coordinadora de Talleres de Expresión y comparte su tarea escrituraria con la dirección teatral. Creó y coordina el grupo de arte EL CANDIL.